santafe
Domingo 30 de Agosto de 2015

Carina Kaplan: “El alumno ideal nunca existió”

La pedagoga se refirió a la necesidad de que los docentes defiendan la escuela pública y piensen una educación de calidad para todos. Además habló del lugar de la familia. 

“Se puede tener una escuela de calidad para todos y todas”, aseguró Carina Kaplan, doctora en educación e investigadora del Conicet. La pedagoga estuvo en Santa Fe para participar del VI Congreso Pedagógico Provincial de Amsafé –que se desarrolló el 21 y el 22 de agosto–, donde disertó sobre “La escuela pública ante los desafíos políticos y culturales actuales”.
En su paso por la ciudad se refirió a la necesidad de que los maestros dejen de pensar en el alumno modelo y que busquen estrategias para construir el conocimiento dentro del aula contemplando los saberes que los estudiantes pueden aportar. “Las infancias y las juventudes portan una experiencia social muy rica que la escuela debe poner en valor”, aseguró. 
Además se refirió al rol social central que tiene la escuela pública y remarcó que es necesario defenderla y que la institución no debe ser neutral sino militante en la cotidianeidad de las prácticas para alcanzar mayor igualdad y justicia escolar. Kaplan también señaló que los padres deben ser respetuosos de la formación de los docentes porque son ellos los que deben definir el camino que debe seguirse en las escuelas. “El gran reto de las escuelas es albergar a todos sin distinciones de clase ni de origen étnico ni de identidad de género”, sostuvo.
—¿Cuáles son los principales desafíos que enfrenta hoy la educación pública en la Argentina?
—Hay que seguir defendiendo la escuela pública, hay que trabajar en contra de todos los proyectos que hay de privatización de la escuela o de mercantilización de ese bien público. Por supuesto que hay muchas cuestiones para trabajar hacia el cambio cultural en la escuela; aunque hemos avanzado mucho. Pero hay que tener en claro que la escuela pública es el mejor lugar para que estén los niños y los jóvenes. 
—¿Qué consecuencias quedan todavía de la crisis que enfrentó la escuela pública en la década del 90?
—Ese período fue en el que los maestros y profesores debieron sostener el sufrimiento social de los sectores populares y del pueblo en general en un Estado que quedó ausente y los dejó a la deriva. Creo que costó mucho tiempo, años, recuperar la confianza en el Estado y que el Estado se haga cargo de aquello que había recaído en los maestros. De hecho, cuando uno recorría las escuelas en la década del 90 se daba cuenta de que ese era el último eslabón de lo público, las familias acudían a ella como el único refugio que les quedaba frente a tanta devastación social. Hoy en día hemos logrado que bajen los niveles de pobreza e indigencia.
“Nuestra sociedad –agregó– ha dado un paso muy importante al decretar la obligatoriedad de la educación desde la sala de 4 años hasta la secundaria. En términos históricos hemos avanzado pero queda mucho trabajo pedagógico al interior de las instituciones educativas para que las escuelas logren sumar a esos sectores excluidos”.
—Si la docencia cumplió un rol tan central en los 90 –y lo volvió a hacer cada vez que fue necesario, como en las inundaciones en Santa Fe–, ¿por qué hoy los maestros no tienen un reconocimiento social acorde? 
—El valor del docente lo da su tarea cotidiana. Invito a todos aquellos que tienen un discurso desvalorizante de la docencia a recorrer las escuelas de todo el país para observar cómo se construye allí lo común, una idea del nosotros, la patria que queremos ser. En la escuela, los niños aprenden matemática y también sobre la convivencia democrática.
—Cuando se habla del proceso de inclusión muchas veces se hace referencia a la pérdida de la calidad educativa. ¿Eso es así?
—Yo creo que es un discurso el de la baja calidad; y como todo discurso, hay que contrarrestarlo. Para mí no son antagónicas la inclusión y la calidad. Se puede tener una escuela de calidad para todos. El problema es que a veces se piensa la calidad para pocos. Es mucho más fácil trabajar con pocos seleccionados, que tienen condiciones que los favorecen de entrada, que con sectores que no tienen esas herramientas desde el origen y que la escuela necesita igualar. Entonces inclusión y calidad van juntas, es una calidad con inclusión democrática.
—¿De qué manera se debe medir la calidad educativa?
—De hecho si los estudiantes van avanzando en el sistema educativo, si van aprendiendo lo que estamos esperando, si cada vez son más los que aprenden y nosotros mejoramos nuestras formas de enseñanza con autoevaluación institucional, estamos ante la calidad educativa.
—¿El docente se está preparando para atender la diversidad que hay hoy en las aulas?
—Es complejo. Los docentes tienen una imagen idealizada del alumno y, en realidad, hay que saber que no nos vamos a encontrar con ese alumno ideal que, por otra parte, nunca existió. Sino que nos vamos a encontrar con una diversidad y pluralidad de niños y jóvenes que viven vidas distintas, a veces muy sufridas, y la escuela puede ayudarlos a tramitar ese dolor social. No nos olvidemos de que hay sectores que están atravesados por el sufrimiento social. Por eso no tenemos que tener una escuela neutral sino una escuela que milite pedagógicamente por los niños que sin ella estarían a la deriva.
—¿Qué hay que hacer con los docentes que plantean que los alumnos deben llegar a sus estándares y no se preocupan por los que no pueden hacerlo?
—El docente no es un enseñador de materias; es un pedagogo. Y como todo educador tiene que tener en cuenta las condiciones sociales, culturales y políticas de su tiempo y, además, las condiciones concretas de la enseñanza. Uno no enseña a niños en abstracto ni a jóvenes que vienen como tabula rasa sin saberes previos. En ese diálogo entre los saberes que traen los niños y el saber que el maestro considera que necesita enseñar, para que esos niños tengan mayores oportunidades simbólicas de moverse en la sociedad, está la clave. Creo que hay que pensar a la pedagogía como un diálogo y encuentro entre maestros y alumnos, no se le puede enseñar a quien no se le tiene confianza, a quien no se ama.
Reivindicaciones
Kaplan también se refirió a la relación de la escuela con el resto de la sociedad, en particular con las familias y con los medios de comunicación. E insistió en la importancia de que el mensaje que se dé sobre la institución, en particular de gestión pública, sea el correcto para no sostener discursos mercantilistas sobre la educación de calidad.
—¿Cuál es el rol de la familia en esta nueva escuela?
—Es interesante que la familia participe pero también hay que reivindicar la autoridad académica que tienen el maestro y el profesor. Autoridad que se ha ido transformando, por cierto. Por supuesto que hay que seguir formándose y actualizándose como en cualquier profesión pero lo que sucede con la escuela es que como todos los padres, o la gran mayoría, fueron a la escuela consideran que conocen sobre la escuela y en realidad no es así. Los pedagogos, los maestros, son los que conocen esa escuela con la que sueñan y en todo caso los padres pueden participar de algunas instancias. Pero hay que dejar que los maestros construyan pedagógicamente las mejores escuelas. El saber pedagógico es el producto de una historia y una memoria social de la docencia que tiene que ser puesta en valor. 
—¿La mala imagen que, a veces, tiene la escuela es producto de ese conocimiento que los padres creen que tienen sobre la institución?
—La mala imagen es producto de lo que los medios a veces muestran de la escuela. Cuando uno recorre las escuelas de manera cotidiana se da cuenta de que hay muchos sectores que, si no fuera por la escuela pública, no tendrían oportunidad de estudiar. Y la escuela pública no es un reservorio para los pobres. Es un espacio público que garantiza el derecho a aprender. 
“Es una falsa antinomia pensar que la escuela privada es buena y la pública mala –alertó, finalmente, la especialista en educación–. Eso es producto de un discurso de mercado porque la escuela no es solo para quien pueda pagar, justamente es una institución que tiene que compensar aquellas desigualdades que están en el origen social. La escuela es una de las instituciones más significativas que nuestras sociedades han sostenido para ayudar a curar las heridas del origen social”.
Victoria Rodríguez / Diario UNO
 

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