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Domingo 30 de Agosto de 2015

Clan Puccio: una mirada por dentro de la investigación de los crímenes

Marcelo Dengra fue, en la década del 80, prosecretario del Juzgado Federal de San Isidro a cargo de la causa. El allanamiento, la reconstrucción de los hechos y el hallazgo de un cuerpo, relatado en primera persona

El 23 de agosto de 1985 el allanamiento de la casa de una familia de la alta sociedad de San Isidro, en Buenos Aires, derivaba en el desbaratamiento de un “grupo de tareas”, una banda clandestina originada en la última dictadura cívico militar argentina que se dedicaba a secuestrar y asesinar a personas de su propio entorno social. 
 
Con horror, los asiduos concurrentes al Club Atlético San Isidro (Casi), los fieles de la misa de los domingos y hasta Los Pumas –sí, la Selección Nacional de Rugby–;,se sorprendían al descubrir en las noticias los nombres y apellidos de los criminales.
 
El clan Puccio, cuyo jefe era Arquímedes, el padre de familia, estaba también integrado por sus hijos Alejandro (el rugbier) y Daniel (alias Maguila); el militar retirado Rodolfo Franco y sus amigos Guillermo Fernández Laborde y Roberto Oscar Díaz, Gustavo Contepomi y Herculano Vilca. 
 
Hoy, más allá de la cercana efemérides de la tercera década, la historia en pantalla grande (ver recuadro) hizo aflorar datos desde distintos recovecos de la investigación judicial. Muchos de los trabajadores que se involucraron en la década del 80 con la causa revivieron aquellos momentos desde el lugar que los ocupó. Es el caso de Marcelo Dengra, quien se desempeñaba en esos años como prosecretario del Juzgado Federal Nº 1 de San Isidro, a cargo de la causa.
 
“La investigación comenzó por el secuestro extorsivo de una empresaria, Nélida Bollini de Prado, cuando se descubrió que estaba privada de su libertad dentro de la casa de la familia Puccio”, contó Dengra, en diálogo con Diario UNO. “Nos mandaron un exhorto para que allanemos la casa junto con la Policía Federal y la jueza de Capital Federal, que era María Servini de Cubría. La causa estaba radicada en Capital y se empezó a investigar, hasta que se envió a nuestro juzgado. Fueron semanas y semanas sin dormir”, relató.
 
En realidad, ese era el último de los secuestros y ella fue la única de las víctimas secuestradas que sobrevivió al clan. Pocos años antes, la misma familia había secuestrado a tres empresarios: Ricardo Manoukian, amigo de Alejandro Puccio, jugaban juntos al rugby en el Casi –el cuerpo apareció en el Río de la Plata, a la altura de Escobar; negociaban el rescate aun cuando ya lo habían matado–; Eduardo Aulet, también conocido de Alejandro y sobrino de la novia de Díaz –su cadáver se halló años después enterrado en General Rodríguez–; y Emilio Naum, conocido de Arquímedes –asesinado por Fernández Laborde al resistirse a ser secuestrado.
 
—¿Cómo relacionan los secuestros? 
—Fue cuando encontraron a Bollini de Prado en la casa de los Puccio. A uno de los hijos, al que apodaban Maguila, lo encuentran pidiendo el rescate de Bollini de Prado y lo detienen. Al hallar que Alejandro Puccio era amigo de Manoukian y también de Aulet, los dos previos al de Bollini de Prado, se empieza a cerrar la historia. 
 
Tareas investigativas
“Yo estuve en la casa y participé también de la reconstrucción de los hechos. A mí me tocó estar en el baño de la planta superior, que tenía azulejos azules, sentado con las piernas para adelante y las manos en las rodillas, que en esa posición estaba secuestrado Aulet”, describió Dengra.

En cuanto a la vivienda, agregó: “Cuando entrabas, a la izquierda había un comedor con un ventanal; la cocina, a la derecha y al lado de la puerta de la cocina había una puerta que parecía como el ingreso a una dependencia de servicio chiquita. Cuando la abrías, bajabas una escalera y, a la izquierda había un cuartito de más o menos dos metros por dos y medio; con una cama contra la derecha y una mesita de luz. Había fardos de pasto, para desorientar a la víctima y que pensara que estaba en el medio del campo”.

La viuda de Puccio, Epifanía Calvo, siempre negó conocer que Bollini de Prado estaba dentro de la casa. “Era imposible no saber, porque pasabas y la puerta estaba ahí, era una habitación de la casa”, insistió el entrevistado. 
 
En cuanto al entorno de la casa de los Puccio, Dengra resaltó que “en la esquina había un negocio, en ese momento una casa de náutica, pero nadie se daba cuenta; además de que ese inmueble era propiedad de ellos también. La casa era la primera después del local de la esquina, y se extendía hacia el centro de la manzana. Y ellos eran gente muy reconocida, con una apariencia de una vida normal. Arquímedes Puccio salía todos los días a la misma hora a barrer la vereda; para ver si se escuchaba algo de las víctimas”, explicó.
 
Esa descripción de los criminales es la que explica la reacción de la sociedad de San Isidro ante la detención: “Cuando los metieron presos, los del Club Atlético San Isidro los defendían, no podían creerlo. Incluso los jugadores de Los Pumas no creían. Además, ellos, la familia, siempre negaron todo. La mentira formó parte de la defensa”.
 
Entre las pruebas que se identificaron en el allanamiento de la vivienda, había una muy particular: “En todos los casos, el clan trabajó con postas. Llamaban para pedir el rescate y le decían a los familiares que debían llegar a una esquina determinada donde iban a encontrar una lata de gaseosa pintada de negro y, adentro, las instrucciones de cómo seguir para pagar. Cuando se hizo el allanamiento encontramos como 200 latitas de esas”, expresó Dengra. 
 
El cadáver de Aulet
El trabajador judicial participó también de un momento crucial de la investigación: el hallazgo del cuerpo de Aulet. “Díaz no contó nada sobre el caso Manoukian porque no había participado, pero sí lo de Aulet. Él nos orientó para encontrar el cuerpo, en General Rodríguez. También fue Herculano Vilca quien hizo el pozo para enterrarlo. Este último era un boliviano que decía que no hablaba español y andaba siempre con una Biblia bajo el brazo”, relató Dengra.
 
Y continuó: “Fuimos con el equipo de Antropología Forense, que nos orientó para no arruinar la escena del crimen. Díaz nos había dicho que lo habían enterrado detrás de una montañita. Hacía años que estaba enterrado. La viuda estaba ahí y reconoció la camisa a cuadrillé marrón y blanca que tenía puesta. Incluso no se había deteriorado el plástico que sostenía armado el cuello de la camisa. Por supuesto que después se determinó científicamente que era él”.
 
Por último, Dengra concluyó: “En esa época no existía la tecnología que hay ahora para investigar, pero fue una investigación exitosa desde todo punto de vista, porque pudimos descubrir por completo toda la trama. Con la confesión de uno de los imputados se terminó de confirmar todo lo que sospechábamos”.
Soledad  Mizerniuk / smizerniuk@uno.com.ar

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