Ovación
Miércoles 08 de Abril de 2015

Como un regalo del cielo

Braian Romero le abrió las puertas de su casa a Ovación y contó su historia de vida, que estuvo signada de innumerables problemas antes de disfrutar de este presente. “Estuve un año y medio sin jugar, porque me detectaron un problema en los huesos y los doctores me dijeron que no iba a poder jugar más”, contó  

“Antes de venir a Colón había estado un año y medio sin jugar, me dijeron que no podría jugar más al fútbol y eso sin dudas fue uno de los golpes más duro que sufrí. Me detectaron un problema en los huesos que me afectaba el nervio ciático. Eso sucedió en el 2013 después que perdimos una final jugando para Acassuso. Luego de eso, jugué cuatro partidos más y ahí surgió la enfermedad. Estuve 15 días internado en el hospital sin poder moverme, no me podían cambiar la sábana ni darme vuelta. Estaba absolutamente inmovilizado, vivía llorando del dolor. Luego me dieron el alta sin tener un diagnóstico, me hicieron todo tipo de estudios y no salía nada. Tardaron seis meses en detectarme que tenía un problema en los huesos que me afectaba el ciático. Por lo cual estuve tres meses para volver a caminar y cuando lo hice, caminaba como un anciano, daba pasos muy cortos como arrastrando los pies. Me atendía el médico de la Selección argentina Jorge Vega que es un muy buen reumatólogo. Un día se reunieron el presidente de Acassuso, el capitán del equipo, mi mamá, mi señora y varios médicos y me dijeron que por cuestiones de salud no iba a poder jugar más al fútbol. Todo el viaje hasta mi casa me fui llorando. Yo siempre digo que recibí un milagro de Dios y el propio médico cuando me vio jugar nuevamente me dijo que no podía creer cómo había cambiado mi cuerpo. Hasta el pelo se me caía, por eso hoy disfruto tanto de este presente”.
El protagonista de esta particular historia es nada menos que Braian Romero, el goleador de Colón, que llegó proveniente de Acassuso y que hoy se ganó un lugar en el equipo, en base a su desparpajo y atrevimiento para jugar y pedir el balón. Una vida llena de sacrificios, que hoy le permite entrar a la cancha y disfrutar, más allá del partido y el escenario que sea. Él sabe que el partido más difícil ya lo ganó y fue precisamente volver a pisar un campo de juego, cuando todos le pronosticaban que jamás podría hacerlo.
Luego del gol ante Olimpo que le permitió a Colón obtener el primer triunfo del campeonato, el volante sabalero le abrió las puertas de su departamento a Ovación para charlar de manera extensa. En este caso, el fútbol pasó a un segundo plano y el diálogo se centró en sus años de anonimato cuando corría detrás de una pelota sin saber si llegaría a jugar de manera profesional.
“Hasta fines de 2012, aparte de jugar, tenía que trabajar, porque lo que se gana en los equipos del ascenso cuando tenés un primer contrato no te alcanza para vivir. Yo estoy casado y tengo una nena y por eso mi papá me abrió las puertas de su verdulería para que pueda trabajar. Y eso me ayudaba para acomodarme con mi familia, a la mañana entrenaba en Acassuso,  después iba al colegio de 14 a 17 porque era un secundario acelerado y después salía de ahí y me iba a la verdulería y me quedaba hasta el cierre que era a las 21”, contó.
Respecto a sus comienzos en el fútbol, detalló: “Estuve en Chacarita en novena división, pero luego me dejaron libre con el pase. Decían que era muy petiso y que iba a tener problemas de crecimiento. Por eso me dejaron libre, entonces me fui con el pase en mi poder a Tigre. Estuve entrenando en edad de octava, pero no fiché porque a mi papá no le gustaba y entonces medio año después dejé, porque el lugar en donde entrenábamos era complicado. Ahora Tigre se modernizó mucho, pero en aquel entonces las condiciones no eran las mejores para ir a entrenar”.
Y siguió: “Con el nacimiento de mi hermano tuve que dejar el fútbol porque mis papás están separados. Mi mamá tenía su marido y es ama de casa, pero ella tuvo que salir a trabajar y entonces mi hermano y yo nos hicimos cargo del más chiquito. Le daba la mamadera, le cambiaba los pañales, lo que hice con mi hija, lo había hecho antes con mi hermano. Después me desanimé un poco, porque los sueños de jugar al fútbol se me desmoronaban y encima todos me decían que podía llegar lejos porque tenía condiciones”.
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—¿Y cuándo se produjo ese clic en el que comenzás a dedicarte para  llegar a ser futbolista profesional?
—Apareció un desconocido que hoy es mi amigo y me dijo “vos tenés que jugar y yo voy a hacer todo lo posible para que eso suceda”. Se llama Cristian Rompani, es un amigo del barrio, que junta futbolistas y mientras tanto los hace entrenar en un campo de deportes. Y después te lleva a probar a algún club. Yo en ese entonces tenía 17 años y llegué a Acassuso en donde estuve un mes a prueba, porque había muy buenos jugadores y se hacía difícil ya que el técnico tenía su grupo de jugadores con los cuales venía trabajando desde hacía tiempo. En 5ª división estuve sin jugar tres o cuatro meses, ni siquiera iba al banco y estaba más desanimado que antes (risas), por ahí tenía la posibilidad de estar en un plantel, pero quería dejar porque no jugaba. 
—¿En quién te apoyabas cuando atravesabas esos malos momentos?
—Estoy muy agradecido a mi amigo (Cristian) que me apoyó en todo momento. No tengo más que palabras de agradecimiento, porque si hoy estoy jugando es gracias a él. Por suerte, después de no jugar cambian el técnico en 4ª división y ahí empecé a tener continuidad. Jugué casi todo un año en 4ª y de un fin de semana al otro me dijeron que iba a debutar en Primera y no lo podía creer. El entrenador era Fabián Nardozza y jugué los dos partidos que faltaban para terminar el año 2012. Después se fue Nardozza y llegó Marcelo Espina, le fue mal, lo echaron y después llegó Cachín Blanco y ahí tuve la continuidad necesaria.
Dedicatoria. En el festejo del gol ante Olimpo, Romero hizo con sus manos un corazón para su mujer que estaba en la platea. Foto: José Busiemi / Uno Santa Fe

—Me imagino que a partir de ese momento se fue acomodando tu vida ya que podías vivir del fútbol...
—Sí, en ese momento mi señora ya estaba embarazada y en Acasusso por suerte siempre pagaron a término. Y eso me ayudaba muchísimo. Cuando jugué la final con Nueva Chicago estaba trabajando en la verdulería. Jugamos el miércoles y empatamos 2-2 , el jueves y viernes trabajé en la verdulería. El sábado concentramos y el domingo jugamos la final en la cancha de Nueva Chicago. Después de eso dejé la verdulería y ya me dediqué solo a entrenar y jugar.
—Experimentaste un cambio notable entre jugar en el estadio de Acassuso y hacerlo en el de Colón con 30.000 personas...
—Cuando uno lo veía a Colón por tele, siempre observaba que jugaba a estadio lleno. Y pisar el campo de juego y sentir a la gente es realmente muy emocionante. En Acassuso van 500 personas a la cancha, me conocen todos, pero no es lo mismo que acá en Santa Fe que cuando salgo a la calle te conocen y te saludan. Cuando se conoció la posibilidad de venir a Colón la gente siempre me demostró muy buena onda. Mi familia consume mucho las redes sociales y siempre me mandan las cosas que se dicen sobre mi persona. Y de Santa Fe siempre tuvieron buenos comentarios, que era un pibe con hambre de gloria, que venía del ascenso, siempre con mucho respeto. En cambio, yo antes de venir a Colón tuve la posibilidad de pasar a Independiente y los hinchas me basureaban, me ponían cosas feas. Uno no quiere darle importancia, pero en el fondo te afecta mucho. No conocen tu historia, pero igual hablan mal de vos  y eso te tira abajo. En cambio acá siempre me trataron muy bien.
—Muchos jugadores deben pasar años o varios partidos  para convertir un gol en Primera División, sin embargo en tu casa ya marcaste dos jugando apenas cinco encuentros sin ser delantero...
—El gol ante Olimpo fue algo único, cada vez que me toca convertir se me cruzan por la cabeza todas las cosas que pasé. Y que la gente grite el gol de esa manera es increíble. Además, cuando salí de la cancha y me aplaudieron fue una sensación que no me había tocado vivir, inexplicable. Y otra cosa que me emocionó mucho fue la presencia en la cancha de los Excombatientes de Malvinas y la gente cantando “el que no salta es un inglés”.
—Cuando festejaste juntaste las manos dibujando un corazón, ¿por qué? 
—Se lo dediqué a mi señora que estaba en la cancha, porque ella antes del partido con Central me dijo que iba a marcar un gol y entonces le dije que se lo iba a dedicar. Pero después cuando lo hice de la emoción que tenía me olvidé (risas). Aparte todos mis compañeros corrieron a abrazarme y por eso cuando marqué ante Olimpo cumplí con lo prometido. Por eso me amargué un poquito con la lesión (desgarro) ya que uno quiere seguir demostrando cada día que puede jugar y con la confianza que te brinda la continuidad de partidos.
Mariano Cassanello / ovacion.santafe@uno.com.ar

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