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A Fondo Lunes, 08 de febrero de 2010 | 12:20

“Los riesgos de la alcohorexia”

A nivel mundial y local, crecen los casos de un trastorno que combina anorexia y alcoholismo.
Un nuevo trastorno alimentario preocupa –y mucho– a los especialistas que alertan sobre un creciente número de casos de “alcohorexia”, un mal también conocido como “ebriorexia” o “ drunkorexia” que, según se estima, ya padecen muchos jóvenes en la Argentina. Desde la Subsecretaría de Atención a las Adicciones del Ministerio de Desarrollo Social del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires señalan que se trata de “una moda incipiente, pero peligrosa”.

La “alcohorexia” es un trastorno que combina la patología de la anorexia con un alto consumo de bebidas alcohólicas. “Desde hace ya dos años, nos encontramos con chicas de hasta 25 años que creen que el alcohol fija las grasas, por lo tanto, saltean comidas o no comen nada durante el día para poder beber alcohol en exceso durante la noche –señala Marcelo Bregua, psicólogo especialista en trastornos alimentarios, y coordinador de la Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia (ALUBA)–. Como no tienen intención de renunciar al alcohol, pero tampoco de subir de peso, dejan de comer para poder beber mucho más de lo que deberían”.

En el país, los primeros casos se detectaron durante el verano 2007 en la costa atlántica. “ Las chicas se van con amigas, comparten un departamento y adoptan la siguiente rutina de vacaciones: duermen durante el día, comen sólo alguna fruta en la playa y beben una gran cantidad de alcohol a la noche. Durante el resto del año, mantienen esta conducta los fines de semana que es cuando saben que van a tomar en exceso”, sostiene Bregua.

Si bien no se trata de una cuestión de un solo género, la mayoría de los casos se presenta en mujeres adolescentes. “La alcohorexia afecta, principalmente, a jóvenes de hasta 25 años, en general de clase media o alta (aunque no es exclusivo de este fragmento de la sociedad). En la medida en que se tipifique como patología, podremos hablar de números certeros; por ahora, podemos decir que se trata de un trastorno cada vez más frecuente”, advierte la médica toxicóloga Mónica Nápoli, miembro de la Asociación Toxicológica Argentina (ATA).

Los especialistas coinciden en señalar que quienes sufren de “alcohorexia” no son necesariamente alcohólicos. “Es probable que, en muchos casos, no presenten síntomas de abstinencia ni tengan la necesidad de beber a diario, sino que lo hacen en el marco de una salida con amigos. Tiene más que ver con un consumo social que con uno individual. La ‘alcohorexia’ acompaña una tendencia a tomar en exceso que se volvió una moda, como los cuerpos perfectos”, comenta Olga Ricciardi, titular de la cátedra Desórdenes alimentarios, bulimia y anorexia de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y directora del Centro Especializado en Desórdenes Alimentarios (CEDA).

Las consecuencias de este fenómeno van desde trastornos intermedios –como gastritis, patologías psicológicas y enfermedades hepáticas– hasta el coma alcohólico e incluso, en casos extremos, la muerte. “Se suman los efectos de la desnutrición y los trastornos psicológicos propios de la anorexia, a la toxicidad del sistema nervioso central y el aparato digestivo que, en estos casos donde las personas están mal nutridas, resultan aún más afectados”, explica Nápoli.

A ello hay que agregarle el riesgo que supone el consumo excesivo de alcohol a corto plazo: inhibe, gradualmente, las funciones cerebrales, y afecta emociones, procesos de pensamiento y juicio. Asimismo, altera el control motor, las reacciones y la capacidad de concentración, aumentando la posibilidad de sufrir accidentes.

La fuerza de la palabra

El origen de la alcohorexia es complejo. “El problema no es con el cuerpo ni con un objeto de adicción como el alcohol –explica Bregua–. Nosotros creemos que la raíz de este problema, como en el resto de los trastornos alimentarios, se encuentra en la comunicación de los afectos y en la búsqueda de reconocimiento dentro del grupo de pertenencia de una persona. En ese marco, están la familia, la sociedad y los medios, pero ninguno de estos factores causan un trastorno alimentario por sí solos. Lo que tenemos que hacer es develar la incógnita. Esta persona es un ser en el mundo. Tiene su biología, sus vicisitudes y necesita decir algo. Por lo tanto, hay que buscar la forma de que lo pueda expresar”.

Ricciardi agrega que “los trastornos alimentarios tienen un correlato psíquico. El vacío de comida es un vacío de palabra. Es una patología del acto sin palabra. Las chicas hoy tragan palabras en forma de comida y vomitan en forma de palabras. Ocurre algo similar en el lenguaje: cuando uno no expresa algo dice ‘me lo tragué’, y cuando dice todo lo que le pasa, asume que ‘lo vomita’. Cuando cierran la boca para no comer, están cerrando la boca para no hablar”.

Tratar la alcohorexia es complejo; se trabaja en conjunto con médicos toxicólogos, nutricionistas, especialistas en trastornos alimentarios y psicólogos. El tiempo de recuperación depende de cada persona. “Se trabaja, fundamentalmente, con grupos reunidos por edades para propiciar la expresión –sostiene el coordinador de ALUBA–. Allí, se intenta poner en palabras lo que está sucediendo y, para ello, no sólo recurrimos a psicólogos y clínicos, sino que realizamos, también, talleres de expresión artística, como la danza, el dibujo o el psicodrama. Se apunta a la comunicación verbal y no verbal. Que no salga en síntomas, sino en la expresión”.

El tratamiento comprende, asimismo, un trabajo con el grupo familiar y los amigos. “Tratamos de formarle una red de contención. Una red formada por los afectos, con el fin de provocar un cambio de conducta y reestablecer los vínculos fundamentales para la persona”, agrega Bregua.

Los factores sociales inciden en este trastorno. “No se puede negar la influencia de la presión social por conseguir modelos de estética imposibles de lograr saludablemente y la estimulación a ingerir alcohol –reconoce Nápoli–. Son tendencias que complejizan un conflicto psíquico que ya existe”.

¿Cómo se previene?

Los especialistas coinciden al señalar a la familia como factor fundamental en la prevención de este tipo de patologías. “La prevención es efectiva en tanto se logre trabajar a nivel familiar. A nivel individual es muy difícil”, advierte Ricciardi. “Muy pocas familias le prestan atención a estas problemáticas y muy pocas reconocen el trastorno –y su magnitud– porque a los padres les cuesta mucho aceptar que un hijo está enfermo. La negación, en estos casos, funciona como mecanismo de defensa; como si al negarlo, el problema dejara de existir”, agrega.
Las autoridades sanitarias ya están alerta. “Logramos detectar algunos casos a partir de las consultas de padres que toman conciencia y de profesionales que están atentos a esta patología cuando atienden a jóvenes y adolescentes”, asegura Nápoli.

“Hay una gran aceptación del consumo de alcohol entre los jóvenes, y por eso muchos padres no lo consideran un factor de riesgo o un motivo para preocuparse, y así, no controlan la ingesta –s eñala Marcelo Bregua–. Es muy común que la ‘previa’ de una salida sea beber en la casa de alguien. Allí es cuando los padres pueden notar que hay un problema con el consumo de alcohol, ya que, seguramente, encuentran en algún lugar de la casa, una gran cantidad de botellas que no se corresponden con un consumo habitual. El hogar es el espacio donde es más factible la prevención.

Después, cuando hay un accidente o un coma alcohólico, ya es demasiado tarde. Los medios nos están advirtiendo de manera muy clara el fenómeno y se ignora el problema. Si se hubiera atendido antes el consumo excesivo de alcohol entre los jóvenes, no tendríamos que hablar de un trastorno instalado. Lamentablemente, ya no basta con hacer prevención desde los medios: hay que abrir los ojos dentro de casa, sino, en muy poco tiempo, volveremos a tener noticias al respecto”, concluye Bregua.
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