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Viernes, 16 de julio de 2010

Ocho de cada diez argentinos padecen estrés

Si bien alcanza su pico máximo entre los 45 y 55 años, ahora empieza a dispararse a los 25.

Tal vez, consciente o inconscientemente, usted ya haya percibido alguno de sus síntomas. La tensión muscular que no da tregua, los inconvenientes gastrointestinales que surgen de imprevisto, las alteraciones de ese sueño indomable, la ansiedad avasallante, el malhumor que todos odian, los dolores de cabeza que no cesan o la sensación de ahogo que aparece cuando se le antoja.

No es ni más ni menos que la visita del estrés. Pero no se aflija, ya que no se encuentra solo en esta cruzada. Según la consultora D´Alessio IROL, ocho de cada diez argentinos lo padecen diaria o semanalmente. Sí, la cifra alarma. “El estrés es un problema de salud pública mundial y, en particular, de las grandes ciudades y de las sociedades con cambio socioeconómico acelerado. La situación no es nueva, pero se agrava paulatinamente. ¿Por qué sucede esto? Porque cambió el ritmo de producción, porque las distancias entre el trabajo y el hogar son mayores, porque las jornadas laborales son más extensas y porque, a veces, se requiere del pluriempleo para sostener la estructura familiar o el acceso a diversos bienes que hacen a la calidad de vida”, opina Roberto Sivak, médico psiquiatra, psicoanalista y director del Instituto Estrés Trauma Buenos Aires (IETBA).

El fenómeno no atañe solo al ámbito local. Marcela Muñoz, médica pediatra y asesora de Bayer, aporta el dato –proveniente de un estudio de la Fundación Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y Trabajo–, que indica que el 28% de los trabajadores europeos tienen estrés. “El ritmo de vida actual nos obliga a mantenernos activos, agitados y, en reiteradas ocasiones, en tensión. Todo ocurre muy rápido y uno tiene que adaptarse a esos cambios, que son los que, en definitiva, pueden producir estrés. Etimológicamente hablando, ‘stress’ deriva del latín ‘strictus’, del verbo ‘ stringere’, que significa ‘provocar tensión’ –aclara Muñoz–. El estrés es consecuencia de una presión psicológica frente a situaciones a las que no podemos hacer frente o que nos desbordan. Cuando estamos estresados, nuestra presión arterial aumenta y, con ella, la posibilidad de transitar enfermedades cardiovasculares. El trabajo, sin dudas, es uno de los principales causantes del estrés. Está demostrado que los individuos que afrontan obligaciones de manera más relajada, sufren menos enfermedades cardiovasculares que aquellos que lo hacen exaltados o inquietos. Es de vital relevancia la forma en la que nos sentimos, ya que si estamos tranquilos psicológicamente, el riesgo de caer en anomalías cardiovasculares disminuye”.

Muñoz sostiene que, en el campo de la medicina, los orígenes del estrés datan del siglo XIX. Primero, desde la fisiología; después, desde la endocrinología en referencia al estrés fisiológico. Desde 1960, tanto la Organización Internacional del Trabajo (OIT) como la Organización Mundial de la Salud (OMS) le prestan suma atención al tema para prevenir sus efectos nocivos (en especial, en los trabajadores).

Selye y el “síndrome de estar enfermo”

La utilización que se hace en la actualidad del término “estrés” tiene su antecedente en la Teoría de la Adaptación, del húngaro Hans Selye, bautizado como el “padre del estrés”. En plena década de los treinta, y con apenas veinte años de edad, Selye, quien cursaba el segundo año de la carrera de Medicina en la Universidad de Praga, observó que los pacientes a los que estudiaba, indistintamente de la enfermedad que padecieran, presentaban síntomas comunes y generales, como ser cansancio o pérdida del apetito. Selye lo bautizó el “síndrome de estar enfermo”. Con el paso del tiempo, fue puliendo el vocablo hasta llegar a “estrés biológico”.

Pero volvamos a los resultados de D´Alessio IROL. La consultora aseveró que las personas que tienen entre 45 y 55 años son las más estresadas y que las mujeres se llevan la peor parte, ya que cuatro de cada diez afirmaron sentirse así a diario, frente a dos de cada diez hombres. Impactante.

“La mujer tiene biológica, psicológica y culturalmente mayor capacidad para percibir el malestar, consultar y reclamar ayuda. El hombre, en cambio, tiende a relativizarlo o a esperar a que los síntomas se agraven. Suele demorar la consulta por pudor, vergüenza o desconocimiento. Afortunadamente, esta última tendencia se está revirtiendo y, como lo hacen ellas, permiten plantearse si atraviesan una situación de estrés. A su vez, en los ámbitos laborales se está legitimando esta problemática que antes solía ser calificada como una excusa o una exageración”, desliza Sivak.

En consonancia con los dichos del especialista, una investigación hecha en los Estados Unidos sentenció que los padres se sitúan en el mismo escalón que las madres, debido a que, cada vez, asumen más tareas y responsabilidades en el seno íntimo.

Pero hay un punto que sorprende todavía más: la edad a la que se dispara el estrés. Los expertos coinciden en que los nervios llaman a la puerta más temprano (léase, a los 25 años). “Los chicos se ven ‘empujados’ por los ideales de los grandes: competir, no fracasar, ser exitosos. En los deportes, sobre todo, se suele privilegiar el rendimiento al placer –analiza Sivak–. Y a las jornadas escolares hay que sumarles las ocupaciones extracurriculares, las últimas modas, la inmediatez de tener muchos ‘amigos’ y los modelos publicitarios exitistas. Los adolescentes no saben bien en qué realidad ubicarse y, por ello, las somatizaciones digestivas o los cuadros de ansiedad son cada vez más frecuentes en edades tempranas”, concluye.

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