santafe
Lunes 20 de Julio de 2015

Cuando la obesidad puede poner en riesgo la vida de los más chicos

Datos, análisis de especialistas y reflexiones, tras el caso de un niño de cinco años, internado en el Alassia, que pesaba 116 kilos.

Un niño de cinco años que pesaba 116 kilos, internado de urgencia en el hospital Alassia de la ciudad porque peligraba su vida, pone en evidencia que algunas cosas han fallado.
Por un lado, la propia estructura familiar para registrar la gravedad del asunto, naturalizando una cultura y hábitos de vida y alimentarios que todos sus miembros comparten (los hermanos también tienen obesidad aunque más leve). 
Por otro, el Estado, que permitió “dejar ir” a ese niño que, como tal, no decide sobre sí mismo, en su paso fugaz y errático por el sistema público de salud, con la excusa de que sus padres firmaron el “alta voluntaria”. (¿Puede hablarse de alta “voluntaria”cuando el paciente es un menor?)
Otros interrogantes: ¿a ninguna persona de las tantas que tuvieron contacto con él y con sus familiares se les ocurrió buscarlos? ¿ O articular una intervención en terreno atento a la gravedad del caso, haciendo uso de las redes y mecanismos que para ello existen? La responsabilidad por la garantía de la salud de las personas, ¿se desvanece cuando éstas cruzan la puerta de salida de un hospital?
 Si la salud de un menor está en riesgo, por acción u omisión de su entorno inmediato, ¿nadie pudo o puede denunciar o intervenir? Los organismos estatales encargados de velar por los derechos de los niños, niñas y adolescentes, ¿nunca se enteraron de este caso? (El derecho a la salud es un derecho humano inalienable, y el Estado su garante).
Dicen que hubo una “denuncia” y que cayó en saco roto. Nada confirmado. 
No es el objetivo, ni el momento, de buscar “culpables”, sino de interpelar y llamar a la reflexión a quienes trabajan en estos espacios en donde es posible y deseable pensar y poner en práctica estrategias intersectoriales eficaces, para asegurar la salud integral de las personas. 
Porque el de este niño es solamente un (dramático) emergente: toda generalización es peligrosa, y fundamentalmente injusta. Además, en muchas áreas de la red de salud hay trabajadores comprometidos que hacen una búsqueda activa de las personas en riesgo. Y los medios no destinan el mismo espacio para contar esas experiencias. 
La “culpa” de la familia
Muchos han dedicado apasionados comentarios a condenar a los padres del niño. Frente a ello, cabe decir que en un entorno socioeconómico de privaciones, con escasos recursos materiales y simbólicos, es difícil reflexionar sobre las consecuencias de un modo particular de alimentarse. Porque –además– la familia toda tiene un problema, que debe ser entendido y abordado en su complejidad. 
Y no se trata solamente de un obstáculo para acceder a los –cada vez caros– alimentos saludables: frutas, verduras, lácteos y carnes magras. También, en los sectores medios y altos el nivel de consumo infantil y adolescente de comidas y bebidas hipercalóricas (chatarra y gaseosas azucaradas) es creciente. Y causa tanta obesidad como en los sectores más postergados. 
Trece chicos de cada 100
Yendo a la problemática global que se reinstala en la agenda a partir del caso puntual, en la provincia de Santa Fe, la prevalencia de niños y niñas de seis a 60 meses (cinco años) con obesidad es de 13,3 por ciento; según los últimos datos disponibles (2006) de la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud. Es la más alta del país.
Por otro lado, la prevalencia para el grupo que va de los 13 a 15 años en la provincia es del 5 por ciento en el caso de la obesidad, y del 28 por ciento en el caso del sobrepeso, según la última Encuesta de Salud Escolar realizada en 2012.
El dato mundial más reciente (2014) sobre la prevalencia de la obesidad es el que informa la OMS: “En los países en desarrollo con economías emergentes (clasificados por el Banco Mundial como países de ingresos bajos y medianos) la prevalencia de sobrepeso y obesidad infantil entre los niños en edad preescolar supera el 30 por ciento”. Y alerta el organismo que se está en los albores de “una nueva pandemia”.
Actualmente, en el Alassia la mitad de los pacientes que se atienden en el servicio de Endocrinología tiene obesidad.
Algunas causas 
Para la nutricionista santafesina Nadina Scolnik, la obesidad infantil se desarrolla en un complejo contexto de interacción genética, biológica y psicológica, y ambiental (que incluye lo cultural y lo económico, entre otros aspectos).
“La prevalencia de sobrepeso y obesidad está aumentando en todo el mundo, en países desarrollados y en vías de desarrollo, tanto en adultos como en niños y cada vez a edades más tempranas y con formas más severas”, ilustró en ese sentido. 
—¿Qué consecuencias tiene eso?
—El sobrepeso y la obesidad en la infancia tienen un impacto significativo en la salud física y psicosocial (el estrés psicológico como la estigmatización social son tan graves como la morbilidad clínica). La hipertensión, dislipemia (alteración en los niveles de grasas en sangre) y la tolerancia alterada a la glucosa (paso previo a la diabetes), ocurren con más frecuencia en niños y adolescentes obesos (en especial si hay historia de diabetes familiar tipo 2 antes de los 40 años). Más aún, la obesidad es un factor de riesgo independiente para el desarrollo de obesidad en la adultez y existen evidencias de la asociación entre obesidad en la adolescencia y el incremento de riesgos en la salud en la edad adulta.
Por dónde empezar
Consultada Scolnik sobre el modo en que la enfermedad podría o debería ser detectada y abordada, consideró que el pediatra debe estar alerta y usar la información disponible para evitar su desarrollo. “Una vez instalada, la obesidad es una patología difícil y con escasa respuesta al tratamiento”, advirtió.
“Mediante los controles periódicos –prosiguió la licenciada en Nutrición–, el profesional evalúa la evolución del niño en su crecimiento y desarrollo; y ante la tendencia al sobrepeso o antecedentes familiares de obesidad, realiza en un primer momento indicaciones básicas con el objetivo de mejorar la alimentación del pequeño y normalizar la curva de ascenso de peso. La siguiente etapa es la derivación al profesional nutricionista (con prescripción específica de tratamiento nutricional)”. 
“Posteriormente –completó enumerando– podrán tomar intervención diversos profesionales (psicólogo, profesor de educación física, endocrinólogo, entre otros)”
—La obesidad muchas veces convive con la desnutrición encubierta. 
—Sí. Paradójicamente, también hay enfermedades por carencias o déficit de nutrientes que coexisten con los cuadros de sobrepeso u obesidad. Estos originados en la falta de incorporación de determinados alimentos necesarios por su aporte de nutrientes o en el exceso de otros, fuente de calorías vacías (azúcares) o grasas. Esto provoca un desequilibrio alimentario y la aparición de enfermedades por carencias o déficits (desnutrición manifiesta u oculta, como la anemia) o por excesos (sobrepeso y obesidad), entre otras. 
“Pasamos de la desnutrición al sobrepeso”
Para el pediatra santafesino Alberto Simioni, hace más de una década en el país la preocupación central era otra: “Niños con grados extremos de desnutrición que recorrían el mundo y la mortalidad infantil asociada a este problema, que reflejaba la crisis económica que estábamos viviendo luego de la década neoliberal que había azotado a nuestros pueblos”, recordó. “Pero –contrastó– desde hace años estamos viendo que la desnutrición infantil se ha reducido sustancialmente, y hay más casos de sobrepeso u obesidad en edades tempranas”.
Y concluyó: “La ganancia de peso también es un tema cultural. La familia prefiere que aumente por encima de lo esperado, se pone ansiosa, exige la complementación, y en el peor de los casos, suplementa la lactancia con fórmulas especiales”.
Por Mariano Ruiz Clausen - mruiz@uno.com.ar / Diario UNO Santa Fe

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