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Viernes 21 de Agosto de 2015

Daniel Rabinovich: el recuerdo de un artista irreemplazable

​Adiós. Uno de los más queridos integrantes del famoso quinteto humorístico Les Luthiers tenía problemas cardíacos y falleció ayer a los 71 años. El mundo artístico llora la pérdida de uno de los referentes del humor 

Daniel Rabinovich, integrante del grupo humorístico musical Les Luthiers, falleció este viernes por la mañana luego de sufrir desde hace un tiempo una delicada situación cardíaca que lo mantenía fuera de la actividad artística, según confirmaron allegados a la familia.
La despedida de Rabinovich significa un grave golpe para Les Luthiers, porque él era no solo uno de sus dos puntales junto a Marcos Mundstock, sino porque además de tener una gracia particular, el personaje que solía encarnar lograba un sincero vínculo con la platea.
Si no era “el tonto” era por lo menos el tiro al aire que siempre entendía lo que quería en sus disfrutables diálogos con Mundstock y era capaz de extraer las más sonoras carcajadas con réplicas simples, infantiloides, que en otras bocas no causarían el mismo efecto.
El liderazgo de la dupla se fue asentando con los años. Mundstock y Rabinovich eran “el arco y el violín”, como alguna vez se dijo de Stan Laurel y Oliver Hardy, con el terceto restante –Carlos López Puccio, Jorge Maronna y Carlos Núñez Cortés– en un dignísimo segundo plano.
Efectivo, sí, en determinados números de relleno en los que suelen mostrar sobre todo sus genialidades con los instrumentos, formales e informales, pero siempre en papeles de apoyo en cuanto a las intervenciones habladas.
Desde hace algún tiempo se sabía que la salud del músico-actor no era del todo buena, pero nadie imaginaba que las cosas llegaran a mayores: Les Luthiers tiene dos miembros alternativos, Horacio Turano y Martín O’Connor, que sustituyeron a Rabinovich en su gira por Islas Canarias a principios de marzo, mientras el grupo presentaba Lutherapia.
La llegada de Rabinovich, nacido en Buenos Aires el 18 de noviembre de 1943, a Les Luthiers se produjo en San Miguel de Tucumán, antes de que ese equipo fuera tal, cuando un puñado de universitarios –él era licenciado en Derecho y escribano público– presentó un espectáculo de humor dentro de un festival de coros.
Esa novedad de 1965 era la inclusión de los llamados “instrumentos informales”, con los que habían creado una parodia de concierto ideada por el estudiante de arquitectura Gerardo Masana –muerto prematuramente en 1973- que causó sensación.
Ya con el nombre de I Musicisti –versión jocosa del conjunto italiano I Musici–, el grupo se presentó con un éxito notable en la Sala Planeta de Buenos Aires y en el Instituto Di Tella, que entonces era el no va más de la vanguardia.
Desmantelado I Musicisti, en 1967 nace Les Luthiers con el concurso de Ernesto Acher, que realizó presentaciones cada vez más festejadas en los café concert y en pequeñas salas teatrales de Capital y Mar del Plata.
Con el correr del tiempo, los espectáculos y los discos y videos grabados Sonamos Pese a Todo, Cantata Laxatón, Mastropiero que Nunca, Viejésimo Aniversario, Viejos Hazmerreíres, entre otros, Rabinovich fue perfilando un personaje insustituible, humano y entrañablemente querible.
Es imposible no recordar el segmento sobre el merengue que mantiene con Munsdtock –uno habla del baile caribeño, el otro de un postre– y en el que entre numerosos desacuerdos Rabinovich introduce el nombre de Esther Píscore como elemento de disparate.
Su capacidad actoral excedió los shows del grupo y apareció en el cine desde la lejana Espérame Mucho (1983), de Juan José Jusid, hasta ¿Quién Dice que es Fácil? (2007), de Juan Taratuto; Mi Primera Boda (2011), de Ariel Winograd; Extraños en la Noche (2012), de Alejandro Montiel, y Papeles en el Viento (2015), también de Taratuto, en las que sus apariciones siempre eran festejadas.
Según sus propias palabras, aparecidas en el sitio web de Les Luthiers: “Me crié en el Palacio de los Patos, un complejo de viviendas ubicado en Ugarteche y Las Heras, en Buenos Aires, donde viví hasta los 18 años”.
“Allí había varios folkloristas que me dejaban asistir a sus reuniones y fue donde por primera vez escuché cantar a voces y tocar la guitarra”, añadía.
La página agrega que la música había estado presente en su hogar desde su nacimiento: su madre había estudiado piano y su padre –un abogado penalista que defendió a personalidades como Hugo del Carril y Tita Merello- tenía el hábito de cantar y silbar tangos.

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