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Martes 01 de Marzo de 2016

"Eran unas niñas muy tranquilas", dijo la dueña del hostel donde se hospedaron

Las dos mendocinas asesinadas en Ecuador fueron recordadas por la mujer que los alojó y por varios turistas que las conocieron. "Ellas eran gente súper tranquila, alejadas de cualquier vicio, de cualquier situación de conflicto", dijo un bonaerense que estuvo con ellas en Montañita, Ecuador.

Las conocían por sus ensaladas de fruta y por las hamburguesas. Para sumar unos 'pesos', Marina y María José acostumbraban venderlas en la playa, al final de la calle de los cócteles, en Montañita-Santa Elena. Ahí pasaban, del lado del acantilado, donde suelen reunirse los argentinos que visitan esta balneario.
Así lo recuerda Mati, un bonaerense que vive en esta comuna desde hace tres meses. La mañana de ayer (29 de febrero del 2016), luego de una lluvia continua que se extendió desde la madrugada, la playa amaneció desolada. El día estuvo nublado y Mati aprovechó para dar una vuelta. A esa hora, todos hablaban del asesinato de las dos chicas, de cómo fueron halladas, cómo la noticia se había dispersado por todos los rincones. "Ellas eran gente súper tranquila, alejadas de cualquier vicio, de cualquier situación de conflicto", dice Mati.
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Sus vacaciones en Ecuador, país al que llegaron el 22 de enero, eran parte de las cortas conversaciones que las chicas mantuvieron con este y otros argentinos que estaban de paso por Montañita.
La mañana de ayer, algunos compatriotas de las jóvenes las recordaban en las calles, copadas por locales rústicos y coloridos. "Cuando me enteré que eran esas pibas, yo caí; porque las había visto uno o dos días antes", le contó Mati a un compañero. "No, y aparte, siempre vendían en la playa boludo", le respondía.
Marina y María José compartían una habitación en un hostal ubicada cerca de la Casa Comunal de Montañita. Pagaban USD 10 por día y por un cuarto angosto, con ventana a la calle, con una cama sencilla cubierta con sábana de flores y un pequeño lavamanos que estaba pegado a la pared.
Y tenían libre acceso a la cocina, donde preparaban hamburguesas y otros platillos que vendían casi a diario. Aquí, mientras preparaban los alimentos, las pudo conocer un poco más la administradora del hostal, que más bien parece una casa familiar.
"Hablaba más con la alta, la de cabello negro. Pero eran unas niñas muy tranquilas. Por aquí ha pasado mucha gente que viene a perderse, a buscar alcohol, diversión desmedida... Pero ellas eran diferentes. Todos los días llamaban a sus familias y se sentaban aquí para hablar con ellos". Y señala a una pequeña sala, con algunos sofás amontonados junto a la puerta de entrada.
Después de 11 días en este lugar, María José y Marina se despidieron, tomaron sus mochilas y dejaron el hostal al mediodía del lunes 22 de febrero. "Nunca me dijeron que no tenían dinero -dice la administradora, sentada detrás de la puerta-. Si era así, hubiera dejado que se quedaran unos días más, como ya hemos hecho con otros huéspedes que esperan hasta que les hagan una transferencia".
La tarde de ese día otro comunero las vio. Ayer, durante una reunión en la Casa Comunal, el hombre canoso, dueño de otro hostal ubicado al pie de la Ruta del Spondylus, contó a la multitud que las vio en la carretera, frente a un bar, cerca de las 15:00. "Estaban haciendo dedo, pero nadie las llevaba (...). Del bar salió uno con otra persona y les hablaron. Yo imaginé que las llevaban a la esquina, porque podían coger el carro más rápido".
Se refiere a las dos personas arrestadas. Uno de los detenidos trabajaba como guardia de la comuna desde hace cuatro años. Alquilaba una vivienda ubicada en el barrio Nuevo Montañita, a unos 600 metros del centro de la población. Aquí les darían alojamiento hasta el siguiente día, cuando retomarían su viaje en bus hasta Lima (Perú).
La mañana de ayer el lugar de paredes amarillentas estaba acordonado, rodeado por policías y moradores temerosos. Adentro encontraron un palo, cuchillo, colchones y ropa manchados de sangre. Cerca hallaron una mochila y un teléfono celular que era de las jóvenes.
Nueva Montañita es un sitio desolado. Por aquí vieron a las jóvenes con vida por última vez. Caminaron en medio de la oscuridad -no hay alumbrado público ni otros servicios básicos- desde la casa donde vivía el guardia hasta la tienda de Esperanza del Pezo, a dos cuadras. Eran casi las 20:00.
"Aquí estuvieron menos de 10 minutos. Una de las chicas, la de cabello negro, pidió un jugo de USD 0,50 centavos. Me pagó con un billete de USD 10 y me dijo que era lo único que le quedaba. La rubia estaba preocupada, porque les habían robado. Y el otro hombre, que nunca lo habíamos visto por aquí, pidió una botella de agua. Él dijo que las iba a ayudar, porque no tenían dónde quedarse; pero estaba mareado", contó detrás del mostrador.
Fuente: Diario El Comercio

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