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Domingo 12 de Julio de 2015

Cómo ponerse al mando y fijarse límites “sanos”

Aprender a marcar permisos y frenos a los demás es una acción que muchas veces resulta compleja de realizar. Aquí algunas pautas para tener en cuenta y poner en práctica. ​Por Alejandra Stamateas

Lamentablemente, en la actualidad se vive en un clima de violencia permanente que cada día involucra a más ámbitos. En gran medida esto se debe a que muchas personas confunden “establecer límites” con “violencia”. 
Por ejemplo, hay gente que piensa: “Si le doy una trompada, va a aprender a respetarme y no me va a molestar más”. Pero lo cierto es que en la mayoría de esos casos, dichas personas no pudieron ponerle límites a sus emociones y estas se terminaron deformando. 
Es importante saber, entonces, que antes de ponerle límites a los demás hay que aprender a establecer límites sobre uno mismo para poder en consecuencia mostrarle a la gente de qué manera uno quiere que lo traten.
Si por ejemplo se deja de consumir determinada comida porque no es buena para la salud, el mensaje que se está dando a la sociedad es: “Me estoy cuidando porque mi cuerpo es valioso”. Y cuando una persona se considera valiosa le está diciendo al otro que quiere que lo traten bien. 
Algunas personas creen que porque alguna vez han permitido algo en su vida lo tienen que seguir permitiendo siempre. Dicen: “Si yo no puse el límite antes, ahora ya no puedo hacerlo”. Una chica me contaba que su tía la había criticado por su gordura desde que era pequeña. Le decía frases como: “Con esa figura nadie te va a querer” o “Con lo gorda que sos vas a terminar sola en la vida”, pero ella nunca pudo ponerle un límite. 
La joven pensaba: “La tía es buena, ¿cómo le voy a decir que no me diga eso?”. Ella permitía ese maltrato porque consideraba que podía soportar el dolor que le generaban esas palabras haciendo uso de una enorme paciencia. Como dije anteriormente, al no ponerse límites primero a ella misma, esta chica no podía hacerlo con los demás. 
Cada vez que no se establecen límites sobre uno, para los demás se activa internamente un código de sumisión que consta de algunos síntomas que voy a mencionar a continuación:
Sentirse insignificante: este síntoma es propio de aquellas personas que nunca pueden regalarse algo a ellas mismas. Cuando logran algo, el éxito siempre se lo atribuyen a otros porque son incapaces de felicitarse a sí mismas. Además, limitan negativamente su vida. Por ejemplo, cuando reciben un regalo valioso dicen: “Mejor se lo doy a otra persona. Si yo no suelo salir a ningún lado, ¿cuándo lo voy a usar?”.
Por lo general, como estas personas no pueden poner límites, se terminan quedando siempre con la peor parte. Por ejemplo, en una reunión de amigos no soportarían servirse café en la taza más grande, ya que sienten que son insignificantes y que lo mejor siempre debe ser para los demás. 
Ceder siempre ante los demás: la gente que no sabe poner límites se la pasa todo el tiempo cediendo terreno a los demás. Eso se debe en gran parte a que no saben negociar y a que no tienen en claro hacia dónde va su vida. Estas personas suelen dar siempre más información de la que se les pide. Por ejemplo, si a la hora de hacer un trámite les piden el número de documento, no solo le brindan ese dato, sino que además informan su estado civil, la composición de su familia y hasta el sueldo que ganan. Ciertamente, tienen una gran dificultad para diferenciar entre la vida púbica y la privada. Dicho de otro modo, no saben distinguir aquellas cosas que uno le puede contar a todo el mundo y aquellas en las que hay que ser reservado porque forman parte de la intimidad. 
En cierta ocasión una mujer conoció a un hombre quien en la primera cita le contó con lujo de detalles el estilo de vida que llevaba y las experiencias que había tenido en el pasado. Al sentirse comprometida porque dicho hombre le había comentado todos sus defectos, ella depositó su confianza en él y terminó entregándole las llaves de su departamento. Claramente, dicha mujer no supo poner límites ni estableció una diferencia entre el ámbito privado y el público. Eso le ocurre a mucha gente que responde sin dudar a cada una de las preguntas que le hace cualquier extraño respecto a temas sensibles como los conflictos matrimoniales. En reiteradas ocasiones este tipo de personas permiten que el otro tenga un contacto físico con ellas más allá de lo correcto, porque no le pueden poner límites a los demás ni entienden que sus cuerpos son solo de ellas. 
Construir límites falsos: muchas personas creen que ponen límites, pero en realidad se trata de límites falsos. Tal es el caso de la madre que les grita a sus hijos para demostrar su autoridad, pero a los dos días deja de hacerlo y la casa se transforma nuevamente en un desorden. Al no establecer un límite verdadero, aunque griten o se enojen, los demás no van a respetar a estas personas. 
Tras haber cedido siempre ante los demás y permitir que los demás hicieran lo que quisieran con sus vidas, muchas personas se vuelven frías, distantes y prefieren estar solas. Si bien eso implica poner un límite, lo cierto es que se están perdiendo la bendición de relacionarse con el otro estableciendo límites claros.
Se sabe que el comportamiento de los gatos es muy diferente al de los perros. Por ejemplo, si se le pide que se acerque, un gato obedecerá si tiene ganas, en cambio, el perro estará a tu lado ni bien lo llames. Cito este ejemplo para decir que en la vida a veces es necesario comportarse más como el gato que como el perro. Dicho de otro modo, no hay que acercarse a los demás cuando ellos lo ordenan ni permitir que determinen cada paso de tu vida. Por el contrario, es bueno relacionarse con el otro cuando uno lo desee y no cuando se lo imponen. Recordar en tanto que establecer límites no es una opción sino un derecho que tiene el ser humano.
¿Qué se necesita para poner límites? En las próximas líneas compartiré algunas ideas al respecto:
1. Determinación: una persona es determinada cuando está convencida de lo que quiere lograr en la vida, sabe lo que es bueno para ella y le pone límites a lo malo. Cuando no se tiene propósito cualquier palabra, “amigo”, “trabajo” o “pareja” te viene bien. Cuando sos una persona determinada siempre vas a llegar en el momento justo y vas a cosechar aun sin haber sembrado previamente.
2. Estar al mando: ¿quién es la persona que más sabe de tu vida? Vos, porque sos quien más tiempo conviviste con vos misma y por ende conocés a fondo tanto tus capacidades como tus defectos. Tus capacidades no tienen que suprimirse sino que tenés que trabajar para potenciarlas. No te asocies con alguien que te dice: “Ahora voy a hacer todas las cosas por vos”, por el contrario, juntate con gente que te muestra que tenés capacidad para crecer muchísimo más. 
3. No ceder terreno. Quizás te dé vergüenza ponerle límites a los demás y digas: “¿cómo le voy a decir eso a mi esposo?”, “¡no puedo decirle eso a mi hija!”, “hace años que vengo soportando el mal carácter de mi jefe, ahora no puedo reaccionar así” o “¡mi madre jamás soportaría que le dijera que no!”. Sin embargo, es esencial que tengas en cuenta que cuando no establecés límites los demás avanzan sobre tu territorio, tu cuerpo, tus emociones y tus proyectos. Es hora de que pongas límites sin violencia y digas: “No voy a permitir más este tipo de situaciones. ¡Yo tengo una estima de victoria!”. 
Por Alejandra Stamateas / Especial para Diario UNO - redaccion.santafe@uno.com.ar