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Domingo 12 de Junio de 2016

Construir la propia identidad para no focalizar en otros

Todos los seres humanos necesitamos creer en algo. Algunos más, otros menos. Tenemos esta necesidad porque creer nos brinda certezas sobre el mañana y nos ayuda a “ver” el futuro, lo cual nos llena de tranquilidad ante la incertidumbre. Es por ello que la idolatría (la admiración excesiva por una persona o una cosa) está revestida de cierto poder.
El hecho de tener un ídolo es una conducta típicamente adolescente, más allá de la edad de la persona. 
Para vivir en este mundo, todos debemos construir una identidad: quién soy, qué es lo que creo y hacia dónde me dirijo. La famosa revolución que viven los adolescentes se debe precisamente a dicha construcción. Por lo general, cuando una persona ha construido su identidad, se convierte en alguien seguro de sí mismo y ante los otros que no precisa idealizar a nadie. Aquel que no ha construido su propia identidad probablemente se dedique a juzgar a los demás.
Si yo no soy capaz de ver lo que me falta interiormente, buscaré un factor distractor que en la mayoría de los casos es mirar la vida de alguien más. Esta actitud, muchas veces inconsciente, tiene como única finalidad no ver lo que yo debería emplear para construir mi identidad. Una identidad firme nos aleja de criticar y juzgar a otras personas, conducta distractiva de “nuestros” problemas de identidad. 
Hoy en día somos testigos de tanta gente que vive pendiente del otro, corrigiendo y juzgando siempre al resto. Esto es una clara señal de que ellos no hacen mucho por construir su propia identidad y un proyecto de vida que ocupe su tiempo y su energía. Todo proyecto personal lleva los valores de la persona que lo elabora, aquello que solo ella ve y es un referente que colabora a que esté enfocada en lo suyo propio, y no en lo ajeno. 
Existen tres grados diferentes de idealización: 
1. Idealización normal. Por ejemplo, alguien que ama el fútbol pensará que determinado jugador es grandioso. Su admiración tiene lugar en una sola área y lo motiva. 
Un líder suele ser idealizado, pues de lo contrario no podría ser líder. Pero si ese líder alimenta esa idealización, se convierte en un ídolo. Esto ocurre porque el hecho de ser idealizado le provee gratificación. Todo el que es consciente de que es idealizado por la gente no se sube al pedestal, ya que sabe que así como hoy está arriba, mañana puede estar abajo. 
Un líder sano que comprende cuál es su lugar debería hacer lo siguiente: 
-Darle poder al otro. 
-Reconocer el mérito del otro. 
-Reconocer sus propios errores. 
Quien idealiza a otra persona generalmente carece de un proyecto personal y necesita que alguien lo ayude. ¿Cómo? Guiándolo a encontrar su propio poder para tomar decisiones correctas y construir una identidad que le provea seguridad en sí mismo y con respecto a su futuro. 
2. Idealización anormal. Retomando el ejemplo del amante del fútbol, en este caso creerá que el jugador es lo más grande que hay y no hay nadie que sea capaz de igualarlo. Es decir, que pasará a ocupar todo el espacio de su vida.
Toda idealización implica la exageración de cierta característica de una persona. Todos admiramos a alguien en alguna área determinada y lo idealizamos, lo cual es algo perfectamente normal. Sin embargo, la idealización se torna patológica cuando esa área específica nos conduce a idealizar todas las demás áreas. Por ejemplo, considerar que un cantante es maravilloso en el área de la música y creer también que es un padre, una pareja y un ciudadano maravilloso (sin haber comprobado que todo esto sea cierto). Dicha actitud revela una percepción distorsionada de la realidad. 
Idealizar a una persona, famosa o no, en un área solamente y de vez en cuando, nos motiva. Mientras que idealizarla habitualmente en todas las áreas hace que se convierta en un ídolo para nosotros. 
3. Fanatismo. El tercer grado de idealización es aquel donde se ubica el fanático. Sea en el campo que sea, la familia, el trabajo, las artes, el deporte, la política, la religión, etcétera, la vida del fanático gira en torno a aquello que idolatra. El objeto de su idolatría aparece a diario en su hablar y se extiende a otros ambientes. 
El fanático demuestra su fanatismo todos los días, no se toma vacaciones. Se comporta de esa manera porque en casi todos los casos su vida está vacía. Ese vacío, que es interior, es llenado con su fanatismo que posee un fundamento afectivo y lo lleva siempre a la discusión. Este es el camino más fácil porque, al tener un grupo de contención, no hay esfuerzo para elaborar una identidad propia y un rumbo a seguir. 
El tema no se agota aquí debido a la complejidad de la personalidad humana que encierra una multiplicidad de factores.
¿Solés idealizar algo o a alguien? ¿Sos consciente de ello?
Si tenés alguna inquietud, podés escribirme a Bernardoresponde@gmail.com.


Por Bernardo Stamateas / Especial para Diario UNO