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Domingo 28 de Febrero de 2016

Internet: ¿propicia o clausura la participación política?

Redes sociales y militancia. Los tradicionales espacios públicos para la construcción partidaria, ciudadana o colectiva dieron paso a acciones más anónimas e individuales. Con Facebook o Twitter, ¿se puede cambiar la realidad?

En los últimos años, con la extensión de internet y el uso creciente de las redes sociales, la práctica “política” y la “participación” ciudadana asumieron formas que escapan a los modos tradicionales de acción, participación o protesta, desembocando en algo que muchos definen como “cibermilitancia”. Otros, muy irónicos y críticos, como “activismo de sofá”.
Para aportar a esas miradas y reflexiones, Diario UNO de Santa Fe consultó al doctor en Ciencias Sociales (UBA) Marcelo D’Amico, también docente e investigador en la UNL y en la Uner; y a Martín Ostolaza, licenciado en Comunicación Social especialista en Comunicación Política (UNR) y docente titular de la cátedra Campañas para Públicos Internos y Externos, del ISHyR de Rosario.
Inicialmente Marcelo D’Amico comparó a los conceptos de “cibermilitancia” o “activismo de sofá”, “con lo que antes algunos llamábamos «socialismo de café». Esto hace referencia a la comodidad de quienes se erigen en «activistas». Como afirmó Eco hace un tiempo, las redes sociales le dan la palabra a legiones de idiotas”.
“Creo –continuó–, que en realidad permiten construir falsas figuras que canalizan su expresividad en espacios virtuales porque no tienen coraje de enfrentar al otro cuerpo a cuerpo. Es decir, es una forma de disolución de la política cara a cara. Por otro lado, las redes sociales o el espacio virtual constituyen una fenomenal manera de visibilizar lo oculto que por vías convencionales permanece ocluido”.
—Bien, pero los “de café” al menos se miraban las caras y sostenían un diálogo. ¿No le parecía eso más valioso?
—La diferencia es que los que irónicamente llamé “socialistas de café”, por lo general, estaban algo informados. Aunque en muchos casos no dejaban de ser poses desarticuladas de la acción política –que tiene como centro poner el cuerpo en movimiento. Me parece que gran cantidad de los militantes de las redes sociales –o, mejor dicho, de los reproductores seriales–, prefieren ese espacio porque no les exige formación y no se exponen en términos reales. Eso es muy cómodo y dicen todo desde esa comodidad. Insisto: son poses y no ideología. En las posiciones del ciberespacio, este tipo de perfiles crea una falsa imagen política que se basa en lo que evalúan que es políticamente correcto pero no creo que eso coincida en sus prácticas políticas y sus concepciones ideológicas.
—¿Qué cambió?
—Creo que hubo una transformación profunda del espacio público, lo que implica nuevas lógicas. Creo que lo de antes implicaba mayor responsabilidad en el espacio público, había una suerte de condición para intervenir que era estar informado y saber argumentar; y obviamente, también existía la interacción que hoy no es igual, ya que cada uno elige a quién le responde y a quién no. 
Impide“poner el cuerpo”
“De ninguna manera –explicó D’Amico–, estoy subestimado a las redes; en todo caso bajo las expectativas respecto de qué esperamos de ellas. Existe una relación con los medios que da visibilidad de manera alternativa a muchos acontecimientos pero ello no significa que implique un cambio social. Los medios y el poder invierten dinero en las redes de modo que tampoco es un espacio de libertad absoluta o libre de estrategias reproductivas y reforzadoras del poder.
Y profundizó: “Es como el espacio público: están el Congreso, los espacios de discusión tradicionales y tenés plazas y foros donde se le da visibilidad a cuestiones que pretenden ocultarse. Es cierto que si esos espacios no son falsos (me refiero a los virtuales) pueden tener ciertos rasgos de horizontalidad. Pero no olvidemos que pese a que contamos con esa libertad existen operaciones pensadas desde los propios medios, partidos oficialistas u opositores. En definitiva creo que es un espacio más aunque no hay que descuidar pero tampoco hay que darle la entidad que no tiene”.
—Pero recientemente hubo cuestionamientos fuertes que no se pudieron ocultar: la propuesta de jueces por DNU, la represión a una murga popular, entre otras acciones, obligaron a dar marcha atrás y a reconocer errores. ¿No está subestimando el impacto de los medios masivos y de internet en la construcción de agenda pública?
—No subestimo eso. Pero es otra la cuestión: postear o tuitear es una forma de sacarse el peso de la necesidad de hacer algo. No voy a una marcha pero contribuyo con una foto de repudio a la represión o a la falta de atención de los chicos desnutridos. Más allá del impacto a nivel social las redes son altamente autorreferenciales y no producen demasiado impacto más allá de los estados de ánimo de la gente misma que son usuarios habituales. Por ahí los medios toman los casos virales. Pero en términos de política real no tiene un impacto inmediato en la transformación social. Más bien refuerza las prácticas dominantes y la ausencia de un cambio social por mantener a “los activistas” frente a las pantallas y no en las calles.
—¿Cómo describiría a la “cibermilitancia” en Argentina?
—El ciberespacio militante es una cosa patética: gente que reproduce de manera irreflexiva posteos de otros sin producir una mínima opinión. Un empobrecimiento absoluto del debate. Todos sabemos que hay legiones de ciberactivistas rentados. Estas personas son autómatas que reproducen insultos o ataques previamente guionados. Esto realmente no tiene ningún sentido en términos de construcción ciudadana. Lo único que genera es indignación.
Falta diálogo, si nos ponemos a analizar no hay interacciones reales, no son espacios equivalentes a asamblea o reuniones políticas. La gente no hace lectura real de lo que hace el otro, las intervenciones están cargadas de agresiones, son desinformadas y pocas veces transparentes, siempre encierran una intencionalidad que consiste en desprestigiar al otro y no en buscar diálogo, acuerdo o coincidencias o incentivar discusiones con fines de construcción política. A su vez hay una impunidad absoluta porque no dejan demasiado huellas de sus intervenciones. Esto va contra todo principio de ciudadanía o de compromiso político, para no usar una expresión tan laxa o posmoderna. La idea existente allí de “ciudadanía” es tan vacía como las prácticas de los cibernautas y es un concepto alimentado por los organismos internacionales que pretenden medir la calidad de nuestras democracias.
Organiza la protesta
Por su parte, Martín Ostolaza sostiene que “si bien hay muchísimo activismo de sofá, también hay otros sectores que mediante las redes potencian la organización para accionar en la calle”.
“Yo vivo en Funes, Santa Fe, y entre diciembre de 2015 y febrero de 2016 se realizaron tres asambleas públicas en protesta por dos urbanizaciones privadas y un parque industrial que fueron inéditas en la historia de la ciudad. Otro ejemplo fue la convocatoria que reunió a mucha gente que se hizo por un grupo privado en Facebook del barrio donde vivo en ocasión de la visita del intendente. Entonces, depende donde uno ponga el ojo”, contrastó el especialista en Comunicación Política. 
—¿Cómo se expresa ese fenómeno en el país? 
—Hay de todo y para todos los gustos en la Argentina. Así como se participa en algunas cosas que tocan más de cerca o movilizan desde lo social y político, se queda activando desde el sofá en otras. No deja de ser una combinación de prioridades, obligaciones y conciencia social. Hay mucho activismo de sofá, tal vez demasiado, no deja de ser un síntoma de nuestras sociedades individualistas y hedónicas. Este es  un tema de mayorías y minorías, las minorías considero que son consecuentes y comprometidas, las mayorías se suben y se bajan del sofá.
—En los últimos años hubo una notoria “polarización” de las “tendencias” políticas que tuvieron un resultado concreto en las urnas. Esa polarización fue muy virulenta y poco racional ¿Eso anula otros intentos de participación política concreta, significativos?
—A nivel individual puede que produzca algún tipo de alejamiento o de decepción de uno para con el otro. Hay mucho imprudente con necesidad de expresión. Hace poco leía una entrevista al politólogo español Fernando Vallespín y decía que lo que existe no es opinión sino expresividad; y creo que ahí está una de las claves. Las personas en las redes suelen expresarse impulsivamente, mediante espasmos. La opinión es otra cosa, va de la mano de la fundamentación, de la argumentación, dándole a las palabras cierta cobertura racional cuando se expresa. Colectivamente, no dejo de pensar que es un ámbito consecuente con lo que nos pasó a lo largo de toda nuestra historia, somos un país que hizo de la polarización una forma de vida prácticamente y ahora encontramos en la red un terreno fértil para la expresión y la polémica. 
La trampa del necio
—Recientemente, Zygmunt Bauman aseguró que “las redes sociales no enseñan a dialogar”, que  la gente las usa para encerrarse en zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz y que “son  una trampa”.
—Insisto, si hay expresión y no opinión-argumentación, se cae en la lógica dicotómica del me gusta-no me gusta. Y en ese reduccionismo más que horizonte hay cerrojo. Silvio Waisbord decía que la gente busca confirmar lo que piensa, más que exponerse a ideas con las que no coincide.
—El año pasado, Umberto Eco dijo algo polémico y quizás conservador: las redes sociales le dan el derecho de hablar a “legiones de idiotas”, que “ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel” y que eso es  “la invasión de los necios”. ¿Qué  opina?
—Eco, como enorme intelectual, provoca, hace ruido. Hay, como dijo el Indio Solari, “muchos pajaritos, bravos muchachitos”. Con las redes se abrió la posibilidad de expresión infinitamente, en esa apertura entran todos: los necios, los intelectuales, los pobres, los ricos, y así podemos enumerar durante días. Es un caos comunicacional pero así y todo no deja de brindar posibilidades de encuentro, diálogo, información, entretenimiento. Es una obviedad, pero todo depende del uso y la importancia que uno quiera darle. En cierto punto, ¿no es una extensión de mi forma de ser y pensar? 
Mariano Ruiz Clausen / UNO Santa Fe

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