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Lunes 10 de Agosto de 2015

Internet, redes sociales, dependencia y adicción

Lo virtual y lo real. Osvaldo Chiarlo, psicólogo especialista en adicciones, dialogó sobre los efectos subjetivos e interpersonales de las tecnologías y formas actuales de comunicarse. También, de algunas ventajas que ello supone y su uso con fines terapéuticos 

Desde la revolución que significó la aparición de internet y de los distintos dispositivos, medios y tecnologías para la comunicación, el ocio o el trabajo, impensados por muchos 50 años atrás, diversos han sido los cambios y avances; y también las reflexiones vinculadas al detrimento –potencial o real– que la omnipresencia de las mismas provoca en la salud, en todos los planos en que esta pueda ser concebida. Fundamentalmente a nivel psicológico, por el impacto que las distintas formas de dependencia ha generado.
 En línea con esas inquietudes, Diario UNO de Santa Fe dialogó con el licenciado Osvaldo Chiarlo, especialista en adicciones, docente del posgrado Herramientas Teórico Prácticas para el Abordaje de las Adicciones que se dicta en la UNL y en la Uces, y psicólogo de la Dirección General de Prevención y Control de Adicciones del Gobierno de la provincia de Santa Fe.
—Vivimos pendientes de internet, de las redes sociales,“comunicados” por trabajo u ocio, o pendientes del celular de un modo que no parece tener freno. ¿Qué opinión le merece?  
—Inicialmente, es necesario hacer una contextualización. Estamos transitando lo que algunos autores llaman “posmodernidad” y otros el “universo de la complejidad”. Como sea que denominemos a este momento, lo cierto es que hay –entre otros– dos fenómenos característicos: primero, una revolución tecnológica que se profundiza; y segundo, el avance de la neurociencia que, desde 2012 hasta la actualidad, ha incrementado el conocimiento sobre el funcionamiento de nuestro cerebro mucho más que los últimos 20 años, lo que nos permite comprender mejor lo que pasa. Por otro lado, autores como Fros Campelo (en su libro El Cerebro del Consumo, publicado en 2014), entre otros, sostienen que el Estado ha posibilitado desarrollar una cultura del consumo, que predispone a una ceguera de inatención, es decir, compramos o realizamos actividades sin saber por qué lo estamos haciendo. Woolverton, un especialista en adicciones de larga trayectoria, en 2014 realizó una lista de objetos o actividades a las cuales las personas se han vuelto dependientes perjudicando su vida personal, familiar y social. En esa lista de más de 20 objetos y actividades encontramos las que se denominan las “adicciones emergentes”. Se caracterizan por ser adicciones conductuales, es decir, no hay un objeto químico que se ingiere para modificar el estado de ánimo, sino que se produce una alteración neuroquímica por la relación “excesiva” que se establece con ese objeto o actividad. En esta categoría de adicciones nos encontramos con internet. 

No es el objeto sino la relación
“Es importante que aclaremos algo –explicó el psicólogo–. Estas adicciones conductuales nos demuestran que los objetos no son lo portadores del «gen» de la adicción (la cocaína te vuelve adicto, la marihuana genera dependencia, el alcohol te vuelve dependiente); sino que la relación que el hombre establece con ese objeto o actividad es lo que determina la dependencia”.
Y enfatizó: “Esta diferenciación es central, porque el diseño del tratamiento debe estar enfocado en la relación que se establece, y no en la sustancia. Ese modelo de tratamiento ya ha quedado obsoleto, por lo menos así lo demuestra la ciencia”.
—¿Qué consecuencias psicológicas puede generar?
—La dependencia tanto a las muchas tecnologías disponibles (computadoras en todas sus formas, dispositivos electrónicos, teléfonos inteligentes y ese inacabado universo de “gadgets” tecnológicos) interconectados por internet, tanto como a todo lo que esa red propicia (redes sociales, etcétera), produce una modificación sobre el sistema de búsqueda, es decir, sobre nuestro centro de recompensa cerebral. Se comprobó que a través de la liberación de dopamina, la persona queda sujeta a la búsqueda de ese momento de “satisfacción” sin darse cuenta que hipoteca su satisfacción futura. Cuando una persona se vuelve dependiente del Facebook o del celular, comienza a experimentar síntomas de abstinencia, irritabilidad que luego de traduce en intolerancia, estados de ansiedad o sensación de incomodidad, insomnio y hasta puede llevar a náuseas en el caso de los que se pasan más de 10 horas navegando o jugando en la red. Igual esto no termina aquí. El deterioro –como en cualquier adicción– no solo queda sujeto a una modificación neurobiológica y psicológica. Comienza a producir efectos sobre los lazos sociales. Comenzando con la familia y llegando a las redes más ampliadas como las actividades deportivas o prosociales. Cuando alguien se vuelve dependiente de “algo”, casi todo lo demás comienza a perder sentido, salvo ese “algo”.

El síndrome de “hikikomori”
Osvaldo Chiarlo recordó que a fines de la década de 1980 y en los 90, en Japón se produjo un fenómeno cultural al que denominaron “hikikomori”. Hubo más de dos millones de casos reportados de adolescentes que se encerraban en su habitación y, entre otras conductas, solamente interactuaban a través de internet.
“Hikikomori”, literalmente significa “alejarse” y “confinar”. Alude a una forma de aislamiento social que se caracteriza por la negativa a toda iniciativa que tenga como fin aventurarse fuera de la habitación o del domicilio. La razón: el deseo de estar solos, un sentimiento de apatía hacia el mundo exterior unido al temor a salir de su entorno protegido.
El término fue acuñado por Tamaki Saito, un psiquiatra japonés. Sus síntomas incluyen: aislamiento social agudo e incapacidad o falta de disposición para interactuar con otros. Los hikikomori tienden a “vivir” en realidades alternativas, tales como los juegos on line, internet, manga (cómic) y animé (películas de animación).
“En Argentina –dijo Chiarlo sobre esta problemática– la licenciada Sonia Almada, investigadora en infancia y directora de Aralma, Centro de Investigación y Formación en Psicoanálisis, hace diez años que viene trabajando con chicos que tienen algunos rasgos de este síndrome que en Japón lo diagnostican como propio de la cultura. No estoy diciendo que nos encontramos con este tipo de problema en la Argentina. Sí que hay indicadores que debemos tener muy en cuenta”.

Mariano Ruiz Clausen 
mruiz@uno.com.ar

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