Ovación
Sábado 29 de Octubre de 2016

La jungla rugió como nunca

Hoy se cumplen 42 años del combate que sostuvieron George Foreman y Muhammad Ali en Kinshasa, Zaire, donde El Más Grande recuperó sobre el ring las coronas pesadas AMB-CMB que le habían quitado siete años antes, en un escritorio, por negarse a ir a la guerra de Vietnam.

"Pensé que sería un nocaut más para mi colección hasta que, en el 7º round, le di un tremendo golpe en la mandíbula. Entonces él me agarró la nuca y me dijo al oído: "¿Esto es todo lo que tenés, George?" En ese momento supe que el combate no acabaría como yo había planeado", resumió quien, en el asalto siguiente, perdió la pelea, su invicto y las coronas pesadas AMB-CMB, que volvieron a las manos de su legítimo dueño tras haber sido despojado de las mismas –en un escritorio– siete años antes por negarse a ir a la guerra de Vietnam. La jungla rugió como nunca antes y, Muhammad Ali, al noquear a George Foreman en Kinshasa, Zaire, había dado otro paso más hacia su inmortalidad.
Una historia de película
"¡Foreman-Ali en Zaire! ¿Dónde queda eso? ¿Se volvieron locos?", se preguntaban en los Estados Unidos cuando se conoció que Big George expondría sus cetros ante El Más Grande en un país del Tercer Mundo, situado en el corazón de la Africa negra. Como no podía ser de otra manera, el padre de esta criatura fue Don King quien, en una jugada que inicialmente parecía condenada al fracaso, logró que un sangriento dictador como Joseph-Désiré Mobutu (a quien, a partir de 1970, se lo conocería como Mobutu Sese Seko) desembolsara 10 millones de dólares para que pusiera "su nombre y el de su patria en el mundo".
El promotor de los pelos parados había convencido al "presidente vitalicio" de Zaire (como había rebautizado al país para "regresar a la autenticidad africana") que financiara en la antigua capital del Congo Belga la pelea que todos querían ver: al demoledor campeón mundial de los pesados contra el deportista más conocido del planeta, en los tiempos en que los púgiles no se evitaban como ahora, y medían sus fuerzas y orgullo "cuando y donde sea", según afirmó Ali al aceptar la propuesta, y cuyas bolsas serían récord para esa época: 5 millones de dólares para cada uno.
Mobutu (que significa guerrero) estaba convencido de que semejante inversión valía la pena por la magnitud que tendría el evento, amén de otros réditos que buscaba, como lavar su imagen de feroz dictador y lograr el resurgimiento de su país.
Para ello, el combo de Don King incluyó tres días de conciertos con lo mejor de la música negra y afroamericana, donde se presentaron artistas del calibre de James Brown, BB King, The Spinners, The Crusaders, y hasta Celia Cruz, y que trascendieron lo deportivo, ya que sus actuaciones se promocionaron como "la primera asamblea de negros africanos y americanos". Es más, King anunció que el choque Foreman-Ali "no será una pelea entre negros, sino una fiesta entre hermanos de color".
Como no podía ser de otra manera, el reconocido compromiso político y social de Ali dio el presente. Al arribar a Kinshasa, dijo: "Africa es el hogar del hombre negro. Vuelvo a mis raíces, el verdadero hogar de todos nosotros, el del pueblo negro, del que nos fuimos esclavos y al que volvimos como héroes". Y, fiel a su estilo, también predijo qué pasaría sobre el ring cuando enfrentara al, hasta ese momento, imbatido monarca de la máxima división: "Esposé al rayo y puse al trueno en prisión. Si la renuncia de (Richard) Nixon sorprendió al mundo, esperen que le patee el trasero a George Foreman", disparó.
"Rumble in the Jungle" ("Rugido en la Jungla"), como se llamó la velada, fue programada originalmente para el miércoles 25 de septiembre de 1974, pero debió postergarse hasta el 30 de octubre siguiente, porque Foreman sufrió un corte en la ceja izquierda mientras guanteaba con un sparring. Y, cuando varios amagaron con irse, ya que no pensaban esperar seis semanas hasta que se realizara la pelea, Mobutu les prohibió la salida del país, incluidos los casi 1.000 periodistas que se habían acreditado para cubrir este choque.
La población local había recibido del mejor modo a Ali, porque lo consideraban un luchador por los derechos de la raza negra y, con su inigualable carisma, El Más Grande se encargó de ganarse el favor de millones de africanos, y de miles de niños por las calles céntricas y de los suburbios de Kinshasa cuando salía a entrenarse, mientras Foreman permanecía recluido en el gimnasio de su hotel. En medio de ese baño de masas, nació el grito de guerra "¡Ali, bomaye!" que, en swahili (una lengua del grupo de las bantúes), significa "¡Ali, matalo!", y con el que los zaireños alentaban al retador.
Pero Foreman –medalla de oro en pesado en los Juegos Olímpicos de México 1968– era favorito 7 a 1. El gigante nacido en Marshall, Texas, tenía 25 años, un impresionante invicto de 40-0 (37 ko) y el año anterior había triturado –literalmente– a Joe Frazier en Kingston, Jamaica, al noquearlo en apenas dos rounds y tras derribarlo seis veces.
Desde el periodista Howard Cosell al célebre escritor Norman Mailer, pasando por muchos otros analistas y hasta algunos miembros del equipo de Ali, coincidían en que el oriundo de Louisville, de 32 años –campeón mediopesado en los Juegos de Roma 1960–, y que había perdido con el propio Smokin' Joe y Ken Norton, al que Big George también había aplastado en dos asaltos siete meses antes, iría directamente al matadero ante el dueño de una de las pegadas más duras y devastadoras de la historia.

Un choque inolvidable
El combate se disputó en el estadio 20 de Mayo, que fuera un campo de concentración y ejecución para opositores al sangriento régimen de Mobutu, colmado por 60.000 espectadores –volcados decididamente a favor de Ali–, y comenzó a las 4, hora local, del miércoles 30 de octubre, y que eran las 22 del martes 29 en la costa este de los Estados Unidos.
En su libro The Fight (La Pelea), Norman Mailer destacó que la diferencia física entre ambos púgiles era "asombrosa"; que la manera en que Foreman golpeaba la bolsa en sus entrenamientos (y despegaba del piso a su entrenador, Dick Sadler) "resultaba insoportable y despiadada, inusual"; y que Ali (de 1,88 metro y 98 kilos) parecía "pequeño" al lado de Foreman (de 1,92 y 106). Es más: el propio escritor sintió "temor por primera vez" en su carrera sobre lo que pudiera pasar sobre el ring.
Tras un primer round donde, ante un Foreman que trató de descargar desde el vamos su artillería sobre su cuerpo, Ali mostró que su velocidad no era cosa del pasado, a partir del segundo dejó de bailar y comenzó a recostarse contra las cuerdas y proteger su cabeza para soportar los fuertes golpes del campeón, una estrategia que sorprendió al mismísimo Angelo Dundee, su entrenador, y que repetiría en los seis rounds siguientes, y que sería conocida como "rope-a-dope", cuya finalidad era cansar al adversario, pero que también requería una gran capacidad de asimilación.
Los impactos sobre el cuerpo y la cabeza de Ali eran brutales pero, increíblemente, en varias ocasiones éste agarraba a Foreman de la nuca y le decía: "¿No tenés más nada, George? ¡Mi tía pega más fuerte!", o "¿No podés pegar más fuerte, nena?", lo que enceguecía de furia aún más al monarca. Y no solo eso: en algunos pasajes de la pelea, el retador hasta arengaba al público para que retumbara el "¡Ali, bomaye!"
Y siguió recostándose sobre las cuerdas, resistiendo los impactos del campeón hasta que, en el octavo round, el agotamiento de Foreman era irreversible. Tanto es así que Ali esquivó dos golpes y, saliendo de un rincón, lanzó una veloz y precisa combinación sobre el rostro de Big George, tras los cuales éste terminó en la lona y escuchó resignado cómo la cuenta del árbitro Zachary Clayton llegó a 10 a los 2'58" del asalto.
Lo imposible había ocurrido y, la epopeya de Ali –Pelea del Año para The Ring Magazine–, quien se consagró bicampeón mundial pesado, fue inmortalizada por Mailer al afirmar que "jamás había sentido al boxeo tan cerca del ajedrez".
Contra todos los pronósticos, El Más Grande había terminado con su obra maestra. Simplemente, genial.

Una joya del cine
Este histórico combate y todo lo que rodeó, tanto en los ámbitos político, como social y cultural, fueron atesorados en When We Were Kings (Cuando éramos Reyes), dirigido por el estadounidense Leon Gast y que, en 1996, ganó el Oscar al Mejor Documental.


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