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Sábado 07 de Mayo de 2016

Las generalas: dos mujeres que llegaron a lo más alto de la policía

Stella Núñez y Mónica Viviani son las primeras mujeres que lograron ascender a la máxima jerarquía policial –directoras generales– en el escalafón de seguridad. Obstáculos y conquistas femeninas en la Fuerza

Mónica Viviani (53) y Stella Maris Núñez (51) son las primeras mujeres que alcanzan la máxima jerarquía dentro de la institución policial en el escalafón de seguridad, estando en actividad y con un año de servicio por delante. Se trata de dos mujeres que fueron pioneras en la carrera y que han llegado a lo más alto de la policía santafesina, no sin un gran esfuerzo.
Núñez es, además, la única mujer que hoy integra la plana mayor de la policía, ya que conduce el D5 (Departamento de Judiciales de la fuerza); y fue la primera en ser convocada para trabajar en Asuntos Internos. Por su parte, Viviani se desempeña como responsable de la Agencia de Investigaciones sobre Trata de Personas.
Durante 30 años, las dos dedicaron mucho tiempo a capacitarse y ganar experiencia para poder cumplir sus tareas de la mejor manera y ahora llegó la recompensa: son dos de las ocho personas que ascendieron a la máxima jerarquía de la fuerza el pasado 18 de abril.
En diálogo con Diario UNO compartieron sus trayectorias y analizaron el lugar que la mujer se forjó dentro de la policía. “Mirá si Stella iba a pensar que integraría la plana mayor de la policía”, reconoció Viviani cuando recordó las cosas que tuvieron que pasar desde que decidieron convertirse en policías.

Destacaron que hubo muchos cambios desde que ellas ingresaron a la Fuerza y que las mujeres ganaron un lugar importante. En ese sentido, destacaron que la mirada y el accionar femenino ha sido un plus para el trabajo cotidiano y de fondo. “Yo considero que es necesario que haya mujeres en la fuerza”, expresó Stella y continuó: “Yo fui viendo el cambio. Tuve la oportunidad de estar en reuniones en el Ministerio de Seguridad donde eran todos hombres. Y un día me senté yo; después vino otra y otra. Cuando voy a una reunión de trabajo y hay otra mujer me siento genial. Me gusta que la mujer esté y en la fuerza es necesaria para todo. El ciudadano se comporta de otra manera con una policía”.
Por su parte, Mónica analizó: “Creo que la mujer aporta, en la policía y en cualquier otro lugar. Hoy va a la par del hombre y, en muchísimos lugares, va adelante. En mi área, que a un procedimiento vaya una mujer tranquiliza, sobre todo a la otra mujer a la que una va a auxiliar. Creo que a la sociedad le transmite más tranquilidad recurrir a la ayuda de una mujer policía que a un hombre”. Y acotó: “Las mujeres están ocupando lugares estratégicos. Algo que era impensado hace unos años”.
Vocación y desafíos
Para Vivi, como todos en la Fuerza la conocen a Viviani, decidir ser policía fue producto de un deseo muy fuerte y de una posibilidad que llegó después de varios “No”. Por eso, cuando por primera vez se abrió el cupo femenino en la carrera de oficiales de policía no dudó en anotarse, aunque eso significara radicarse lejos de sus afectos.
“Yo tenía 13 años y ya sabía que quería ingresar a una Fuerza. En ese momento se había abierto la escuela naval de Salta pero yo ya cumplía 14 años y era para los que tenían 13 años cumplidos al ingreso; así que llegué tarde”, recordó y siguió: “Después vi otras posibilidades pero no se me concretó ninguna. Hasta que en 1987, por primera vez, dentro de la Policía de la provincia de Santa Fe se abre para mujeres la carrera en la escuela de cadetes que funciona en Rosario, cumplí todos los requisitos y tuve la suerte y la dicha de entrar”.
Ella no venía de una familia donde hubiera policías y su entorno tomó con mucha preocupación su decisión. “Para mi familia fue lo más trágico que le podría haber pasado. Era algo muy peligroso. Hace 30 años para la mujer era todo diferente, era muy complicado pensar en estar dentro de una fuerza de seguridad”, explicó.
Pero ella tenía en claro cuál era su objetivo. “Yo creía que se podía visibilizar muchísimo más la vocación de servicio con la mujer en la Fuerza. Eso era lo que más me interesaba, al igual que el manejo de armas”, manifestó.
El camino de Stella comenzó de manera diferente. Ella tenía en su familia agentes y, por eso, siempre vio la carrera policial como una alternativa laboral interesante. “Yo, primero, quería trabajar. Y cuando tuve que pensar qué me gustaría hacer me interesó lo que hacían mis tíos, los hermanos de mi mamá, que trabajaban en la calle, cuidaban y controlaban. Me pareció que era lo que debía hacer yo”, sostuvo.
Y continuó: “Entonces empecé a buscar la forma de incursionar en eso. Yo entré a la policía como agente. No fui enseguida a la escuela de cadetes sino que ingresé, como mis tíos, como suboficiales o agentes. Después me di cuenta de que eso era lo que realmente quería. Me parecía que yo podía ayudar a la gente estando en la policía”.
En octubre de 1986 comenzó como agente y unos años después decidió que quería progresar, y para eso, necesitaba formarse. “Entendí que era lo mejor para mí y en 1988 me inscribí en la escuela de cadetes”, marcó y continuó: “Para mi mamá y mi papá no fue una sorpresa. Incluso mi hermano es policía, ahora jubilado, y estuvo mucho tiempo en el ejército”.

Sobrellevar las trabas
Entrar en la escuela implicó una serie de desafíos y, como ocurriría a lo largo de sus carreras, tuvieron que demostrar constantemente que estaban a la misma altura que sus compañeros varones. Pero el esfuerzo con el que enfrentaron cada etapa no las liberó de vivir momentos de gran injusticias.
En la primera promoción de egresadas –la de Vivi– hubo 25 mujeres, aunque habían comenzado la carrera 35; y en la tercera –la de Stella– obtuvieron su título 10 de las 20 que se habían inscripto. Paralelamente, cada año, más de 100 varones consiguieron el rango de Oficial Subayudante.
“Cuando ingresé, era la primera vez que entraban mujeres civiles. La promoción anterior a la mía estuvo integrada por mujeres que ya eran policías e hicieron un curso de nueve meses. El mío fue el primer curso de oficiales de tres años”, recordó Viviani.
El primer desafío para la, hoy directora general, fue el desarraigo. “A pesar de que Rosario queda a 150 kilómetros, y hoy los hago con los ojos cerrados, pero en ese momento fue tremendo. Hace 30 años éramos muy jóvenes y estábamos acostumbradas a la protección y contención de la familia. Permanecer tanto tiempo lejos de casa, para mí fue tremendo”, dijo.
De manera paralela, ambas enfrentaron todos los desafíos que supuso ser las primeras en ocupar un lugar que hasta hacía muy poco había sido reino de los hombres. “Uno de los puntos centrales era tener que demostrar que estábamos allí para sentirnos iguales a ellos. Era un desafío para nosotras y para ellos también. Tuvimos que demostrar que estábamos a la altura”, indicó Núñez.
El esfuerzo desde lo físico y práctico las puso en igualdad de condiciones que sus pares del sexo contrario pero en lo académico las mujeres llevaron la delantera. Pese a los avances y cambios, el machismo aparecía cada tanto; como cuando hubo que definir quién iba a ser abanderado y, pese a que el mejor promedio era de una mujer, un varón terminó llevando la enseña patria.
Ganarse un espacio
En ese momento, del instituto de formación se egresaba con el cargo de Oficial Subayudante, un puesto que les permitía tener a cargo a suboficiales –varones y mujeres– con muchísima antigüedad en el cargo. “Teníamos que demostrar que estábamos ahí porque lo merecíamos y, como en todo lugar, había gente que te ayudaba y otra que te ponía más obstáculos”, explicó Viviani, quien recordó esa época como más difícil que la de formación.
A ella la destinaron a la comisaría 12 de Santo Tomé, trabajando 12 horas por 12 horas (de descanso) de lunes a sábado. “A mí me hacían trabajar de día «porque las mujeres de noche no trabajan». No era una decisión mía, me lo imponían. Hasta que vieron que era importante que una mujer trabajara de noche, que daba otros resultados. Nuestros superiores se daban cuenta de que cuando una mujer participaba de un operativo se lograban cosas importantes, ya sea por el ojo de la mujer, por la capacidad o por mostrar a la sociedad que había mujeres oficiales en la policía. Nos fuimos metiendo en el mundo policial de día y de noche”, subrayó.
Para Núñez la historia fue diferente porque ella ya había trabajado en la Fuerza. “Mi primer destino fue la estación de tránsito de mujeres. Tenía que cuidar detenidas y tenía todo un equipo de trabajo conformado por mujeres”, detalló y siguió: “A mí eso me marcó mucho. Yo tenía 21 años y pasé Navidad con detenidas. Trabajé 24 horas por 48 horas”.
Cuando regresó con el nuevo título, la convocaron de la División Judicial de la Unidad Regional I, en donde se había desempeñado un tiempo como agente. “Comencé a trabajar como sumariante y eso me permitió aprender a hacer otro tipo de tareas”, destacó y señaló que no vivió mayores presiones en esa etapa.
A partir de ese momento, ambas desarrollaron sus carreras priorizando el trabajo arduo y la capacitación; aunque eso implicara, muchas veces, tener que perderse momentos importantes con sus familias y amigos.
Stella se casó con un policía y tuvieron dos hijos, la mayor hoy tiene 22 y el más chico 12 años. “Cuando pasa el tiempo te das cuenta que a tu hija la crió otra persona. En mi caso, había una señora que vivía en el departamento abajo del nuestro y que cuidaba chicos. Tuve que depositar en ella, en mi madre o en una tía a mi hija. Con el nene lo viví diferente, estuve más tiempo acompañándolo”, reconoció y continuó: “A mi hija, después de los tres meses la dejé en manos de otra persona. Y si teníamos hechos delicados trabajábamos mañana, tarde y noche. Yo siempre decía que la nena no me reconocía”.
“En la Fuerza vos sabés cuándo ingresás pero no cuándo salís –coincidió–. En esa época no había tanta tecnología, con suerte tenías acceso a un teléfono fijo. Hoy las chicas tiene más facilidades para estar conectadas con sus hijos, a través de internet o con un mensaje de voz, por ejemplo”.
Ambas remarcaron que si llegaron hasta donde están hoy es, en gran parte, gracias al apoyo y acompañamiento de sus seres queridos. “Mi familia, hace tiempo, vive de otra manera. Si bien el riesgo y el miedo siempre están, los logros son compartidos. Haber llegado a esta jerarquía es un mérito personal, familiar (en un 80 por ciento), de los amigos y de los equipos de trabajo que una formó. La familia es la que te aguanta y te apoya en todo momento”, destacó Vivi y dijo: “El orgullo por haber llegado hasta acá es personal pero también de la familia. Mi mamá le contó a todo el mundo (risas) y mi papá, que falleció, llevaba en la billetera una foto mía uniformada y se la mostraba a todos”.
En tanto, Stella compartió: “Mi mamá no habla porque llora (risas) y si mi papá viviera estaría igual”. Además resaltó que, a lo largo de la carrera, también han tenido que dedicar tiempo a capacitarse como, por ejemplo, a realizar la Licenciatura en Seguridad Pública. “Ir a la facultad implicaba cursar el sábado de 7 a 17 y, por lo tanto, no estar en casa tampoco un sábado. Pero así me convertí en un ejemplo para mis hijos, para que sigan estudiando”, marcó.
“Todo el esfuerzo implicó perder muchas cosas, sobre todo tiempo con la familia, pero también hemos ganado muchas otras”, dijo Vivi y Stella agregó: “Es como me dijo mi hija: «Me hacés sentir orgullosa»”.
Los cambios en la institución policial en las últimas décadas
Mucho cambió en la institución policial, y en la sociedad en general, en los últimos 30 años. Aquel puñado de mujeres que ingresó por primera vez a la escuela de cadetes fue abriendo camino, y detrás, llegaron una gran cantidad de mujeres dispuestas a profundizar los cambios y consolidar cada conquista. Con el ascenso de las dos primeras mujeres a la máxima jerarquía de la policía, dentro del escalafón seguridad, todavía en actividad y con más de un año de trabajo por delante, se abre una nueva etapa. “Antes no llegaba más que un hombre. Ahora se enfrentan a ver qué hacen con estas mujeres y, bueno, se las puede designar como jefa de unidad o subjefa. ¿Por qué no?”, se preguntó Stella.
“Pero –dijo– tiene mucho que ver con lo que una quiera. No se trata de que todas tengan que ser licenciadas pero tiene que haber ganas de prepararse para el lugar que se quiere ocupar”. 
Para el tiempo que les queda en la fuerza, las directoras generales tienen objetivos claros vinculados a lo laboral. Stella quiere seguir vinculada a la parte de formación de los policías para poder transmitirles lo aprendido y ocuparse de su familia. Y Vivi se dedicará a fortalecer los equipos que conduce. “Quiero que se visibilicen, que ayuden a la comunidad y que se fortalezcan porque la temática que trabajamos es muy difícil. Cuando se cumpla el tiempo y si el gobierno y el jefe de Policía no me necesitan, me voy a descansar y a disfrutar de la vida de otra manera, viajando y compartiendo cosas familiares. Será otra etapa”, cerró.
Por Victoria Rodríguez / De la Redacción de UNO Santa Fe

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