santafe
Domingo 26 de Julio de 2015

Los chicos que viven en el circo, también vuelven este lunes a clases

Los niños y adolescentes que viajan con el circo deben inscribirse en alguna institución educativa cada vez que llegan a un pueblo o ciudad. Desafíos y ventajas de una escolarización no tradicional

Este lunes comienzan las clases miles de niñas, niños, adolescentes, jóvenes y adultos que cursan en los distintos niveles del sistema educativo santafesino. Y entre ellos, en la capital provincial, lo harán seis que viven y viajan con el circo Varekay.
En el país existe una normativa que abarca a los hijos de los trabajadores golondrinas –quienes tienen trabajos temporales en distintos puntos del país a lo largo del año– y les habilita un pase abierto para todas las escuelas. De esa manera, cuando un chico del circo llega a una ciudad nueva debe inscribirse en cualquiera de los establecimientos y cursar el año correspondiente a su edad.
Ismael tiene 15 años y es uno de los adolescentes del circo Varekay. Tal como lo hicieron hace varios años Martín Dresdner (31) y Carolina y Nicolás Morgenstein (26), él –y otros cinco chicos de distintas edades– retomará sus estudios hoy en una de las escuelas de la ciudad por el tiempo en el que el circo se quede en Santa Fe.
“Me inscribí en una escuela técnica cuando llegamos a la ciudad (el 3 de julio); así que después de las vacaciones vuelvo ahí”, explicó Ismael y agregó: “Ir a escuelas distintas todo el año está bueno. A veces se complica porque no son los mismos temas los que están dando. O sea, vas a una escuela y das algo, pero después vas a otra y te dan lo contrario o algo muy distinto”.
Él ya está acostumbrado a la rutina. Cada vez que llega a una escuela y lo presentan las preguntas son siempre las mismas y la recepción es cálida. “Nunca he tenido problemas. Siempre me preguntan qué hago, si dormimos todos adentro de la carpa y en dónde vivimos”, mencionó.
“En todas las generaciones se repite. A nosotros nos preguntaban lo mismo. Nos llama la atención que con los años que han pasado las preguntas no hayan cambiado. Nos causa gracia que todos hemos pasado por lo mismo”, contó Martín, que es tercera generación de familia de circo.
Y Nicolás agregó: “Los chicos son muy curiosos, quieren saber cómo es la vida del circo. Así que hacen un montón de preguntas. Pero siempre nos reciben muy bien”.
Para derribar mitos aclararon que, si bien gran parte de las casi 40 personas que trabajan en el circo son familiares, cada uno tiene su casa rodante para vivir con su núcleo familiar. “Armamos como un pequeño barrio donde cada uno tiene sus cosas y su independencia”, detalló Martín.

Aprender y proyectar
El principal desafío que enfrentan en el ámbito educativo es poder dar continuidad a los temas. Pero, a la hora de los exámenes, los rinden en el establecimiento en el que estén inscriptos a esa altura del año. “Es como en todos lados. A veces hay alguno de los chicos que tiene problemas con una materia entonces se contrata una maestra particular para que lo ayude a prepararse. Como hace todo el mundo”, indicó Carolina, que junto a su hermano mellizo nació en el circo.
“En general no te dan la misma prueba que a los otros chicos. Te toman algo de lo que estuviste viendo en las otras escuelas”, explicó Ismael que, cuando termine la secundaria, quiere estudiar algo vinculado a la computación en España. “Aunque por ahora quiero seguir trabajando en el circo”, resaltó.
En general los chicos naturalizan sus entornos y toman de él sus intereses y habilidades. Con los chicos del circo, obviamente, pasa lo mismo. Por eso, desde muy chiquitos empiezan a jugar imitando a los payasos o a los acróbatas. “Nadie está obligado a hacer nada, pero todos empiezan jugando y quieren aprender. Todos empezamos como payasitos”, reconoció Nicolás, que tuvo esos inicios pero hoy es contorsionista.

Experiencias diferentes
Martín, Carolina y Nicolás miran a la distancia sus años de escolarización y reconocen que, si bien no fueron como la de la mayoría de los chicos, ha sido una experiencia interesante. “Yo fui desde el jardín estando en el circo. Mi mamá, así estemos tres días en un lugar, si tenía que ir un solo día a la escuela iba. Cada uno de los chicos del circo tiene un pase transitorio en el que se inscribe la fecha de entrada y salida de cada escuela que pisamos”, detalló Martín.
Cambiar de escuela de manera constante tiene sus pros y sus contras. Y las tecnologías hoy ayudan mucho a mantener el contacto con la gente que se va conociendo. “Lo más lindo que tiene es que te hacés amigo de una gran cantidad de chicos. Yo me hacía amigo de chicos que quizás volvía a ver al año siguiente cuando el circo volvía a esa ciudad. De hecho, ahora me contactan excompañeros que se acuerdan del chico del circo. Quedan lindos recuerdos”, agregó.
Por su parte, Carolina reconoce que para ella fue más fácil sobrellevar los cambios porque tenía siempre a su hermano al lado. “No hay lugar para la timidez cuando cambiás tanto de escuela pero, en mi caso, todo se hacía más fácil porque estaba con mi hermano. Pero a los chicos que tienen que ir solos a veces les cuesta un poco los primeros días, de todas maneras se adaptan rápido”, contó.
En cuanto a los aprendizajes reconoció que a veces es complicado llevar el ritmo. “Por ahí aprendías algo en matemática y cuando cambiabas de ciudad estaban con otro tema entonces te olvidabas de lo que habías dado al principio. Igual después repasabas y te acordabas”, relató Martín y dijo que había escuelas en las que estaban un poco atrasados y otras en las que estaban adelantados.
En ese sentido, los tres coincidieron en que un lugar importante en la educación lo cumple la familia, que son los que acompañan el proceso y ayudan. “Nos ayudamos entre todos. Pero eso es como en todos lados, no somos diferentes a otras familias, solo llevamos nuestra casa a cuestas”, coincidieron.

Por Victoria Rodríguez  - victoriarodriguez@uno.com.ar / Diairo UNO Santa Fe

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