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Lunes 20 de Julio de 2015

Una insospechada obra de ingeniería en medio de la nada

Rodeada de campos y algunas viviendas muy alejadas entre sí se halla la casa desde donde se construyó el túnel de un kilómetro y medio que permitió la huida del peligroso narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán del penal de máxima seguridad donde estaba recluido.
A simple vista, nada hace sospechar que esta edificación de concreto y en obra negra se convirtió en el centro de esta meticulosa operación que permitió la fuga del líder del cártel de Sinaloa de su celda de la cárcel Altiplano I, en el municipio de Almoloya del céntrico Estado de México.
La construcción se conforma de una vivienda con algunas recámaras y de una suerte de bodega (almacén), desde donde se entra a este túnel que llega a más de diez metros de profundidad y se extiende 1,5 kilómetros hasta llegar, con una perfección milimétrica, a la regadera (ducha) de la celda donde estaba recluido el capo tras su detención en febrero de 2014.
En este precario cobertizo, con un techo de aluminio desde donde se filtra el agua, destaca un boquete en una de las paredes que apunta directo hasta el penal.
No cuesta imaginar a los secuaces del capo vigilando cualquier movimiento de la cárcel y, a su vez, ambicionando día tras día un exitoso final para esta obra de ingeniería que, por su complejidad, debió involucrar a arquitectos, geólogos e ingenieros.
Aunque actualmente una cincuentena de investigadores de la Fiscalía mexicana trabaja en la zona buscando cualquier pista adicional, una visita al lugar permite obtener detalles, mínimos pero llamativos, de la operación de escape orquestada.
En la bodega y pegada al acceso al túnel, se encuentra una carretilla con tierra y un radial, las únicas referencias visibles a los miles de metros cúbicos de material que se tuvieron que sacar durante estos meses.
Un misterio, el de qué paso con las toneladas de tierra que sacaron del túnel y que los vecinos dicen no haber visto, que como tantos otros en este caso que ha indignado la opinión pública está todavía por resolver.
La carretilla, junto con varias bebidas a medio terminar, hacen pensar que, hasta el último minuto, se estuvo construyendo la escapada del capo, que tuvo lugar a las 20.52 hora local del 11 de julio y supuso la segunda vez que Guzmán escapa de un penal de máxima seguridad mexicano.
Además, el almacén alberga varias  barras de madera, probablemente utilizados para soportar la perforación, además de un agujero en el suelo que se utilizaba para la ventilación.
Ya bajo tierra, se halla un primer espacio a unos dos metros de profundidad, de unos quince metros cuadrados, que servía de antesala al estrecho túnel construido y está repleto de barras de madera y un gran generador de luz, con capacidad para alumbrar la extensa obra.
Además, una polea eléctrica que, según relataron miembros de la fiscalía presentes en la obra durante esta visita organizada a medios de comunicación, era utilizada para sacar la tierra excavada del túnel que empieza una decena de metros más abajo.
Tras descender una veintena de peldaños de madera de una estrecha escalera, comienza este túnel que, indudablemente, ya forma parte del imaginario colectivo del país.
De aproximadamente un metro setenta de altura y casi un metro de ancho, cuenta con tuberías de ventilación e instalación eléctrica y en él se aprecian las bombillas que sirvieron para alumbrar la oscuridad de este conducto.
Sorprende la instalación, pues a pesar de estar bajo tierra, por lo menos en los primeros metros que abrieron a la visita, el aire se respira todavía fresco una vez encendido el sistema de ventilación.
Al comienzo del túnel, cuyas paredes de tierra se deshacen entre los dedos y alertan de la fragilidad de la obra, se observa la ya famosa motocicleta que, presuntamente, el capo utilizó para huir con rapidez tras escapar por el orificio de 50 por 50 centímetros abierto en su celda.
A este mismo vehículo, marca Italika, con un depósito extra de gasolina a medio cargar en su parte superior, se acoplaron dos carritos que se usaron para sacar la tierra con más facilidad, y en un rincón de este diminuto espacio también se observa un pequeño montacargas todavía con varias baterías móviles.
Además de dar detalles sobre esta milimétrica operación de fuga, la visita al túnel también regala anécdotas.
Por ejemplo, sobre las largas horas que los empleados de esta obra -se estima que por el tamaño del conducto no pudieron ser más de dos excavando y dos apoyando desde la entrada- pasaron bajo tierra.
En la parte inferior de la escalera que desemboca en el túnel, en un trozo de pared, sorprenden dos dibujos y un escrito, en color azul, y varios garabatos en rojo.
Una cruz con el acrónimo INRI, una caricatura de un hombre con gafas de sol y largos bigotes y la frase “Lo Berde es Bida, cabrones pura mota (marihuana)”.
Aunque probablemente fruto del aburrimiento, estos dibujos pueden adquirir otra dimensión en esta gran historia por fascículos que es la fuga de “El Chapo”.
Un evento que ha puesto en jaque al actual Gobierno de Enrique Peña Nieto, evidenciando la corrupción del sistema y dañando su imagen internacional.

Y que ya ha marcado el país para siempre. 
Sólida por arriba, muy débil en su plataforma
Un laberinto  de concreto y metal y 17 imponentes puertas eléctricas de hierro conducen a la celda del fugado capo Joaquín “Chapo” Guzmán, quien durante 17 meses habitó el calabozo número 20, el último de un pasillo asignado solo a los más temidos criminales mexicanos.
Guzmán Loera, considerado hasta su captura en 2014 como el narcotraficante más poderoso del mundo al frente del cártel de Sinaloa, ocupaba una de las escasas diez celdas del pasillo de “tratamientos especiales” en el penal de máxima seguridad del Altiplano, en las que los reos permanecen completamente aislados.
Para llegar ahí hay que pasar por múltiples filtros de vigilancia entre fríos corredores y atravesar 18 puertas de hierro que sólo pueden ser abiertas de manera electrónica por custodios que vigilan desde casetas de vidrio y autorizan el paso solo con previa identificación en mano.
En el piso de la ducha de su celda, ahora vacía, aún esta abierto el estrecho hoyo donde el capo se introdujo  para escapar, generando una gran humillación al gobierno de Enrique Peña Nieto.
En las únicas dos repisas de la celda quedaron restos de maní, de tortillas de maíz y la envoltura de un medicamento para el malestar estomacal que el capo habría ingerido en las últimas horas que pasó entre esas sórdidas paredes. .
El silencio en este pasillo, donde los presos tienen prohibido comunicarse de celda a celda, sólo se interrumpe por el bajo sonido que proviene de algunas pequeñas pantallas planas de televisión que tienen autorizadas estos reclusos.
La noche de su huida, “El Chapo” dejó encendida, al lado de la plancha de concreto en la que dormía sobre una colchoneta, una de esas televisiones mientras se transmitía un popular programa  musical.

Fuente: Efe