santafe
Domingo 12 de Julio de 2015

“Ni los manuales de historia hablan hoy de la guerra del Beagle”

El periodista y abogado santafesino Ricardo Veglia publicó un libro sobre su experiencia de 1978, cuando siendo colimba, lo destinaron al teatro de operaciones en la zona del conflicto. Contó detalles a UNO.

 “Los tanques Sherman que aparecen en la película «Rescatando al Soldado Ryan» son los tanques argentinos que se usaron en el año 78, que fueron dados de baja y vendidos como rezago, y comprados por Steven Spielberg. Y un submarino chileno, el único que tuvieron operativo de los cuatro que tenían, el Simpson, una nave vieja de la II Guerra Mundial, fue alquilado para la película Virus, del director Kinji Fukasaku, filmada en 1979”. 
Ricardo Veglia, abogado, periodista y corredor inmobiliario, destaca esos singulares datos como una síntesis impía de lo que ha quedado del llamado “Conflicto del Beagle” de 1978 entre Argentina y Chile (gobernados entonces por dictaduras), por la soberanía de territorios del extremo sur, disputa que fue detenida mediante intervención vaticana. Veglia, como colimba, fue parte del Grupo Comando del ex-Batallón de Ingenieros en Construcciones 121 de Santo Tomé, que viajó desde la II Brigada Aérea de Paraná hacia el teatro de operaciones, donde permaneció entre el 22 noviembre de 1978 y el 30 de enero de 1979. Este año publicó el libro “Hubo penas y olvidos”, en el que revive aquellos días y además traza un análisis jurídico y militar de un momento de la historia nacional que se ha evaporado de la memoria colectiva. El autor, entrevistado por Diario UNO, habló de su obra. 
—El título parafrasea, cambiándole el sentido, a un tango de Gardel y Lepera, y también retrotrae a un libro de Osvaldo Soriano. ¿Por qué la elección y qué expresa? 
—Describe en muy pocas palabras lo vivido y la sensación que tiene la gente que ha participado de aquella experiencia de 1978. Terminamos todos en el olvido, pese a que fuimos parte de la movilización militar más grande de la historia de la República Argentina. 
—¿Y a qué atribuye ese olvido que usted menciona?
—Fue un proceso similar al de Malvinas. Siempre se ha hablado de un proceso de desmalvinización después de 1982. Lo mismo ocurrió después de 1978 en la cuestión del Beagle. Esas dos experiencias guerreras reciente de la modernidad argentina son vividas en el después con cierta vergüenza, digamos. Parece que hay que borrar todo, ocultar, callar. Con el tiempo lo de Malvinas salió a la luz y hoy tiene cierto reconocimiento; no así lo del Beagle. 
—Y ese ocultamiento, esa vergüenza, se vincula a la dictadura.
—Sí. Porque ese olvido se empieza a producir después de 1983. Es como “de esto no se habla”. Es un poco como descolgar el cuadro de Malvinas, y descolgar el cuadro del Beagle. Y con el agravante de que en el caso Beagle la gente no conoce. A los chicos en las escuelas no se les enseña, los adolescentes tampoco conocen lo que ha pasado en el 78. Y algunos medios de nuestro país que se han ocupado del tema siempre hablan de la “casi guerra”, de “la guerra que no fue”.
—¿Y no fue así?
—No. La guerra es un estado, contrario al estado de paz. En 1978 se quebró ese estado de paz y se pasó a un estado de guerra. Hubo toda una serie procedimental que incluye la preparación de las unidades, la orden de desplazamiento a través de un decreto presidencial, la ubicación y articulación para la batalla como se dice técnicamente y finalmente la orden de avance y ataque, e incluso hasta cruce de la frontera en estado operativo de muchas secciones. Hubo una situación de guerra. Hubo disparos en el mar, que no dieron en el blanco, contra o sobre ecos de radares. Hubo disparos en el continente, escaramuzas, por ejemplo una que ocurrió con infantes de marina en Tierra del Fuego con una patrulla chilena. O sea, que se han dado todos los elementos de una guerra. 
—¿Traza un vínculo entre el Mundial y Beagle? 
—Obvio. Desde lo político había una motivación similar a Malvinas, de retomar fuerzas y proyectarse hacia el futuro. Por eso decimos en el libro que la cita con los grandes enfrentamientos se van a postergar solo cuatro años. 
—Y visto desde hoy, ¿le parece que Argentina estaba preparada militar, socialmente, para una confrontación de este tipo?
—Creo que sí. Recordando los hechos como sucedieron en aquella época y viéndolo desde hoy hacia atrás creo que sí. Y hubo un acompañamiento social. Recordemos cuál fue la posición en general de la sociedad ante el golpe de Estado de los militares. Y en particular, respecto a lo que ocurrió en 1978. Hubo desplazamiento de tropas, que incluyó a 250.000 efectivos, que se hizo en horas diurnas. La ciudadanía veía y acompañaba los desplazamientos de unidades despidiéndolas. Distinto fue lo que ocurrió del lado chileno, donde todo se hizo de noche. Lo ocultaban hacia su sociedad, para evitar el temor y todo lo que eso implicaba y para ocultarlo de los ojos de los espías argentinos. Pero Argentina es como que hacía un acto de ostentación. 
—¿Y en qué se fundaba esa ostentación?
—Más allá de lo que pudo haber indicado el teniente general (Martín) Balza en algunos de sus libros o en entrevistas a medios periodísticos chilenos donde dijo que la derrota argentina estaba asegurada, creo que Argentina estaba preparada y mejor que los chilenos. Si uno ve la inversión armamentística de la época, los chilenos estaban en 700 millones de dólares, los argentinos 2.000 y pico de millones de dólares. Había superioridad numérica. En aeronáutica, ellos no tenían radares adecuados. Argentina tenía la ventaja de que los aviones podían volar protegidos por la cordillera, levantar vuelo, atravesar la cordillera, y cuando los chilenos los hubieran detectado, ya los tenían encima. 
—¿Qué opina de aquella mediación papal?
—Fue acertado porque se puso fin a toda esa maquinaria bélica, sino hubiera sido un verdadero desastre. Esa guerra no se hubiera resuelto en pocos días. Y estaba el riesgo latente de una regionalización, con la intervención de Brasil, Bolivia, Paraguay. En el norte de Chile, los bolivianos y peruanos estaban atentos a recuperar territorio que habían perdido. 
—¿Hay una confraternidad entre los soldados de aquel momento? 
—Existe, nos juntamos, hablamos y hasta parecemos monotemáticos. Pasa que fue una experiencia muy fuerte. Como digo en el libro me encontré de pronto con 18 o 19 años a 3.000 kilómetros de mi casa, armado hasta los dientes y un día un general me dijo “ya entramos en combate”. Y no solo me pidió que entre en combate, sino que además me pidió que mate a siete chilenos antes de morir. Vaya discurso, ¿no?
—¿Cómo los trató el Estado a ustedes al regreso?
—Fuimos destinados al olvido. No hubo consideración de ningún tipo. En ese momento a todos los soldados se les entregaron dos certificados de reconocimiento por haber participado en la defensa de la soberanía nacional. Uno por el teatro de operaciones y otro por la unidad al cual ha pertenecido. Y después hubo el pago de un salario, que en aquel momento era muy bajo, unas monedas. Se les pagó un dinero extra por haber participado en esa movilización y eso fue todo. A partir de la democracia fue el olvido total. Tanto así es que si uno mira los manuales de la secundaria en la parte de historia, ya no se habla de la guerra del Beagle.

Fernando Arredondo/ UNO Santa Fe/ farredondo@uno.com.ar

Comentarios