La columna de Stamateas
Lunes 10 de Julio de 2017

¿Existen las discusiones sanas?

El psicólogo Bernardo Stamateas invita a reflexionar sobre este tópico. Ejemplos y claves a tener en cuenta.

En toda relación interpersonal –entre amigos, en el trabajo, en la pareja− siempre habrá temas que resolver, y discutir es la manera de traer cambios positivos a la relación, que de otro modo permanecería estática.

En general, las discusiones tienen tres niveles:

1. Conversación. En esta etapa, por lo general no suele haber tensión porque al prestarse a participar de un diálogo, adulto y constructivo, ambos miembros de la pareja tienen en mente que son un equipo en busca de una solución que satisfaga a ambos. El otro aquí es un aliado, no un adversario, no un oponente y desea ganar tanto como yo. Al conversar amigablemente, no hay enfrentamiento sino un interés genuino por recomponer las cosas.

2. Enfrentamiento. En este segundo nivel, ya nos encontramos con un punto de vista contra el otro donde el único objetivo de cada uno es ganar. El otro es un oponente y ya no existe un objetivo común de llegar a un acuerdo satisfactorio para ambos.

3. Pelea. Aquí llegamos al punto donde la intención de cada participante en la pelea es herir al otro, someterlo y gozar, aunque sea de manera inconsciente, con su sufrimiento. El otro es "el enemigo" y se recurre a todo tipo de agresión para atacarlo, desde gritos e insultos hasta amenazas y puede también hacerse uso de la violencia física.

Una discusión puede ser una válvula de escape para la tensión acumulada. ¿Cuántas veces un hombre agobiado por problemas en el trabajo, o una mujer estresada por las tareas del hogar y las responsabilidades con los hijos, comienzan una pelea casi sin razón, por el simple hecho de descargar su tensión y desquitarse con alguien?

Ahora bien, en toda discusión sana es posible expresar nuestras emociones de manera correcta, sin emitir juicios de valor sobre la otra persona, ni atacarla haciendo que se sienta lastimada y desvalorizada. Lo más importante a tener en cuenta en un conflicto son las emociones que está experimentando la otra parte.

Para que nuestras relaciones interpersonales sean sanas y puedan crecer en el tiempo es útil favorecer la comunicación, el diálogo, el acuerdo y el acercamiento con el otro. Veamos algunas maneras de hacerlo.

a. Pensar, luego hablar

Siempre, antes de hablar, nos conviene pensar si lo que expresamos es una emoción que deseamos compartir o se trata de un juicio de valor que hará que la otra persona se sienta atacada. Tengamos cuidado, evitemos poner rótulos del tipo: "Sos un desconsiderado/ un impulsivo/ un inmaduro/ mala persona", y tantos otros que solo traen dolor al corazón de quien los escucha y, lo que es peor, deterioro a la relación.

b. Revisar y ver "cómo lo decimos"

Las palabras relacionadas con determinadas cosas o hechos son disparadores de emociones. Por ejemplo, si escuchamos la palabra "ascenso" o "regalo", nos vamos a sentir felices. En realidad no son las palabras en sí, sino los hechos que −según mi interpretación− esas palabras expresan, lo que dispara mis emociones. Y las emociones siempre quieren ser descargadas, porque aunque nos cueste admitirlo, en especial a los hombres, todos deseamos sentirnos comprendidos por quienes nos rodean.

c. Escuchar

¿De qué manera podemos hacer que el otro se sienta comprendido? ¡Escuchando! En especial las mujeres, cuando se sienten abrumadas por emociones negativas, necesitan ser escuchadas "sin ser juzgadas". Tampoco desean recibir un consejo o una sugerencia de qué hacer —a menos que ellas mismas lo soliciten—, lo único que esperan es que las escuchen para luego sentirse mejor de manera casi instantánea. Por eso, no es aconsejable para los hombres decir cosas como, "No tenés que enojarte..." sin siquiera intentar prestar el oído, ya que no escuchar aumenta la emoción.

Tampoco intentemos hacer que la otra persona cambie enseguida una emoción por otra, por ejemplo que deje de estar preocupada y pase a sentirse relajada y confiada. Eso se aprende de a poco, con tiempo, es como aprender un saque de tenis.

Una recomendación muy útil, en particular para las parejas, cuando practiquen el escucharse mutuamente: después de escuchar al otro, tratá de resumir en tus propias palabras lo que acaba de decir y vos interpretás que está sintiendo en ese momento. Y es fundamental, al atravesar una situación difícil, buscar juntos la mejor manera de resolver las cosas, hacer propuestas que demuestren el interés por alcanzar el bien común.

Tengamos presente que lo que hablamos trae fruto, para bien o para mal. Nos sanamos y nos enfermamos hablando.

Toda persona tiene una frecuencia de comunicación. Si aprendemos a armonizar con la frecuencia de cada persona con quien en algún momento nos toque discutir, lograremos el maravilloso poder de la comunicación. Identifiquemos entonces la necesidad de aprender a hablar positivamente y con poder.

Por: Bernardo Stamateas.