Carlos Monzón
Sábado 07 de Enero de 2017

Otro aniversario de la muerte de Monzón: de San Javier a la eternidad

Este domingo se cumplen 22 años de la trágica muerte de Carlos Monzón, unánimemente reconocido como el más grande púgil profesional de la Argentina. Su inigualable trayectoria es motivo de orgullo para nuestro país y de profunda admiración y respeto para el boxeo mundial

Luis Ángel Firpo dijo una vez: "Yo estoy seguro de que algún día aparecerá un muchacho de tez cetrina, cabello negro, con carácter hosco, rudo y seco. Pero sé que será famoso y le dará un enorme prestigio a nuestro boxeo". El aserto del Toro Salvaje de las Pampas, el primer argentino en disputar un título mundial y licencia profesional Nº 1, fue inequívocamente profético ya que, por los incomparable logros que alcanzaría, Carlos Monzón fue, es y será el más grande púgil profesional de la historia de nuestro país y uno de los más reconocidos, admirados y respetados en el mundo.

De la Costa a Montecarlo
Al igual que sus abuelos paternos y maternos, sus padres y diez de sus 12 hermanos, Monzón vino al mundo en una región históricamente postergada, conformada actualmente por los departamentos San Javier y Garay, que integran un espacio de la provincia de Santa Fe conocido como región de la Costa, donde predominan los ríos. Todas las familias de esa zona tenían un denominador común: eran muy pobres, con sus múltiples carencias potenciadas por la falta de trabajos fijos y, además, numerosas, donde para varios de sus miembros era un auténtico lujo comer todos los días.
Estas fueron las auténticas raíces de Carlos y, por eso, jamás aprendió a vivir: simplemente, solo supo lo que es pelear para sobrevivir. Su falta de instrucción –en algunos casos, hasta elemental– le hizo cometer un sinnúmero de errores a lo largo de su azarosa vida ya que, Escopeta, no tuvo una infancia, adolescencia y, ni siquiera, una juventud.
Cuando algunos niños de su edad dormían confortablemente abrigados, alimentados y vacunados, él estaba trabajando para que, si la fortuna lo acompañaba, esa noche podría irse al catre con algo en su estómago, y no vacío, como varias veces le pasó...
Así, desde la más absoluta pobreza en la que nació en la fría y lluviosa noche del viernes 7 de agosto de 1942 en el barrio La Flecha de San Javier, a través del boxeo y sus triunfos inolvidables llegó a codearse con presidentes, príncipes, magnates, miembros del jet set internacional y tuvo al mundo entero a su pies.
Pero no solo llegó a detener el tráfico en la Via del Corso de Roma o los Champs-Elysées de París cuando sus admiradores detectaban su presencia, al igual que cuando ingresaba al palacio del príncipe Raniero III de Mónaco, o al exclusivo Lido parisino –donde siempre tuvo su mesa reservada–, porque solo un irrepetible y extraordinario monarca como Escopeta pudo paralizar a todo un país en las 14 defensas exitosas de sus coronas AMB-CMB de los medianos (72,574 kilos o 160 libras).
Con una autoestima infinita, peleó dónde, cuándo y con quien sea. A 11 de sus 14 defensas las realizó fuera del país –no como ahora, donde casi todos lo hacen en los livings de sus domicilios y ante rivales de tercer orden– y, absolutamente siempre, dejó a la celeste y blanca (la que jamás dejó de besar al término de los himnos antes de cada combate, algo que en la actualidad muy, muy pocos hacen), bien en alto.
El destino quiso que se pusiera a las órdenes de Amílcar Oreste Brusa, un verdadero sabio de la vida, quien no solo fue un técnico de excelencia –coronó a 15 reyes mundiales– sino, también, fue un segundo padre, guía, maestro y confesor para Carlos y, por sobre todas las cosas, un leal e incondicional amigo, con el que Escopeta además perfeccionaría su estilo práctico, frío y demoledor sobre los rings, una inconfundible marca registrada de su carrera.
Fue campeón de la ciudad, santafesino, argentino, sudamericano y unificado AMB-CMB mediano y, cada rival que lo enfrentó, jamás pudo con el aura de invencibilidad que envolvía a Carlos, el que se fue agigantando a medida que edificaba su fabuloso reinado mundialista, donde fue el monarca indiscutido durante seis años, nueve meses y 22 días, desde el sábado 7 de noviembre de 1970, cuando anestesió al italiano Giovanni Nino Benvenuti en el Palazzo dello Sport de Roma, hasta el lunes 29 de agosto de 1977 cuando, en el Sheraton Hotel del barrio de Retiro de la Capital Federal, colgó oficialmente los guantes. Siendo campeón indiscutido, claro.
Por caso, su brillante trayectoria quedó atesorada para todos los tiempos cuando ingresó al Hall de la Fama del Boxeo Internacional (IBHOF, por sus siglas en inglés) sito en Canastota, estado de Nueva York, y fue el primer argentino en hacerlo.
Es más, únicamente Escopeta integra el exclusivo grupo de los más grandes púgiles latinos de todos los tiempos, junto a fenómenos como al mexicano Julio César Chávez y el panameño Roberto Durán, extraordinarios y campeonísimos como él.
No solo eso: Monzón es uno de los pocos a los que se les aceptan las cartas credenciales de consagrado en el ámbito mundial de los medianos, con auténticos monstruos de la historia de la talla de los estadounidenses Ray Sugar Robinson, Harry Greb, Stanley Ketchel, Marvin Hagler o Bernard Hopkins.
Dueño de un corazón enorme, amó y fue amado, sus cinco hijos fueron su orgullo y jamás olvidó a sus amigos, como tampoco a quienes buscaron desacreditarlo, en una sociedad como la argentina que, hipócritamente, no ve más allá de la pelusa de su propio ombligo. Monzón cometió errores, por supuesto que sí, y la vida lo golpeó durísimo muchas veces –al momento de su adiós cumplía una condena de 11 años por la muerte de su última esposa, la uruguaya Alicia Muñiz–, pero jamás se rindió y evidenció una entereza que muy pocos tienen.
Por eso, este domingo, a 22 años de su adiós, su legado se mantiene plenamente vigente y, como dice el tango, cada día boxea mejor. Descansá en paz, Carlos. Te lo merecés.


El accidente
En la zona del Paraje Los Cerrillos, a pocos kilómetros al norte de Santa Rosa de Calchines, en el departamento Garay de nuestra provincia, la ruta provincial Nº 1 Teófilo Madrejón presenta una muy larga recta que, el domingo 8 de enero de 1995, no tenía pintadas las clásicas líneas blancas demarcatorias de las banquinas –muchas de ellas descalzadas, es decir, con una diferencia de altura entre el asfalto y la tierra–, ni el andarivel que separa a ambos carriles de la misma.
En el kilómetro 51, el Renault 19 gris que Carlos Monzón conducía a casi 140 km/h realizó una maniobra inexplicable, ya que primero se desvió hacia la izquierda (sobre la mano contraria) y, luego, hacia la derecha, por el carril en el que transitaba en dirección norte-sur, ya que se dirigía a nuestra ciudad para regresar a la cárcel de Las Flores, donde gozaba de un régimen especial de salidas.
Tras morder la banquina con su rueda delantera derecha, el vehículo voló, dio casi siete tumbos, sobrepasó un zanjón de casi dos metros de ancho, arrancó de cuajo un seibo y, recién a unos 35 metros de la ruta, detuvo su descontrolada marcha.
Por el devastador impacto, Carlos murió en el acto –hecho del que este domingo se cumplen 22 años– y, en estas trágicas circunstancias, cerca de las 17.50, la Provincia Invencible de Santa Fe perdió al mejor deportista de su historia, que solo tenía 52 años, cinco meses y un día.
Fue sepultado al día siguiente en el cementerio Municipal de nuestra ciudad y, a la hora de su adiós, casi 60.000 dolidos santafesinos –tanto pobres como ricos– despidieron en un mar de lágrimas a quien tantas alegrías les dio.
Había muerto el hombre pero, a la vez, nacido su leyenda que, a medida que el dios Cronos hace su trabajo, se agiganta cada día más.

Comentarios