Ovación
Sábado 09 de Septiembre de 2017

A Delpo lo que es de Delpo

Después de la caída ante Rafael Nadal en las semifinales del US Open, solo quedan elogios para Juan Martín Del Potro, que genera en más de uno la garra que tiene sacar siempre todo deportista argentino

La derrota del viernes por la noche de Juan Martín Del Potro a manos del número uno del mundo, el español Rafael Nadal en las semifinales en el US Open, no dispone de la potencia suficiente como para hacer añicos lo que aquí se hace constar: la asombrosa capacidad de contagio y fascinación que ejerce el nacido en Tandil.

Contagio, fascinación, epidemia de la buena, si tal cosa existiera, un bien extendido que en un lapso determinado crece de un modo exponencial hasta límites insospechados. Sabemos, porque a la vista está de quien quiera, sepa y pueda apreciar la certeza, que el deporte de elite es seguido por miles de millones de personas entre otras cosas por su descomunal fuerza de identificación con los protagonistas.


Identificación, que entendida en clave psicoanalítica debe entenderse como la operación simbólica por la cual las personas asimilamos o creemos asimilar un aspecto, un rasgo o una propiedad de otra persona y que llevada al plano de los deportes bien podría ser traducida así: jugar por delegación. Esto es, jugamos por delegación: tanto, pero tanto, nos identificamos con equis deportista, que la sobrecarga emocional de lo investido termina por construir el artificio de que en rigor somos nosotros los que, ya que viene el caso, tratamos de pasar la pelota por encima de la red, anotar el punto.


La facultad de identificarse con otros o que otros se identifiquen con nosotros es tan vieja como el ser humano mismo, pero eso no supone que sea tan sencillo promover lo que nos ha acostumbrado a promover Del Potro. Es más: menos sencillo y menos esperable y más asombroso en Del Potro, por cierto, en quien durante unos cuantos años se descargaron todo tipo de burlas, impugnaciones y pretendidas humillaciones.


Del Pony y Del Polo fueron sólo algunas de las hirientes etiquetas que recibió. Y resulta que el tenista sospechado de gélido, el carente de cosas de varones, el desangelado, el juguete del destino, se ha dado gustos reservados para muy pocos en la historia del tenis argentino y alguno que otro fundacional, único, extraordinario: 19 títulos en el circuito de la ATP, desde luego, incluido el US Open de 2009 y, además, dos medallas olímpicas y un estruendoso liderazgo en la epopeya más anhelada: la de la Copa Davis.

Resulta que números y al margen de sus mejores victorias y de sus peores derrotas, de sus lesiones, de lo que pudo haber sido y al cabo no fue, ese témpano devino uno de los fuegos más voraces de la historia no ya del tenis nacional: del deporte nacional propiamente dicho. Pocos deportistas como Del Potro disponen de la llave capaz de abrir los manantiales de expectación y devoción que él sabe abrir.

Por eso, en estas palabras concluidas ahora mismo, cuando Nadal frenó su escalada en el US Open, lo menos que cabe subrayar del tandilense es su saludable costumbre de reinventarse, de estimular a ser acompañado en su reinvención y de pagar, sea en el triunfo, sea en la derrota, con una adrenalina que más de cuatro cracks ya quisieran generar? y no les da.

Télam