Ovación
Domingo 05 de Junio de 2016

Cada vez será Más Grande

El fenomenal Muhammad Ali falleció anteanoche a los 74 años. Considerado como uno de los el más grandes boxeadores de todos los tiempos,  no solo maravilló a generaciones con su increíble talento sobre el ring sino que, además, fue un ejemplo de la lucha contra el racismo y la no violencia

La noticia impacta, duele, inmoviliza. Pero es dolorosamente cierta. Anteanoche, a los 74 años, nos dejó Muhammad Ali, quien no solo había alcanzado la categoría de leyenda por lo realizado sobre los rings sino que, además, hizo Historia por lo que hizo –y, fundamentalmente, se negó a hacer– debajo de los mismos.
 
Jamás traicionó sus principios
Hijo de un letrista y una empleada doméstica, Cassius Marcellus Clay –descendiente de seis generaciones de esclavos– nació en el seno de una familia de clase media baja en Louisville, Kentucky, el 17 de enero de 1942. A los 12 años y, cuando le robaron su bicicleta, el policía Joe Martin –quien sería su primer entrenador– le recomendó que practicara boxeo y, para coronar su brillante campaña amateur de 161-6, el 5 de septiembre de 1960, a los 18, se consagró campeón olímpico mediopesado en Roma, al GPP en la final al polaco Zbigniew Pietrzykowski. 
 
Pero, de regreso en su país, lo echaron de un bar “porque no era para negros”. Furioso, arrojó su medalla al río Ohio hasta que, en 1996, en los Juegos Olímpicos de Atlanta –cuyo pebetero encendió– el presidente del COI, Juan Antonio Samaranch, le entregaría una réplica de la misma y le pediría disculpas “en nombre del deporte”.
 
 
El 29 de octubre de 1960 debutó como profesional y, ya autoproclamado como El Más Grande, se convirtió en durísimo juez contra cualquier tipo de discriminación racial y, con notable capacidad de expresión, siempre se comprometió y metió el bisturí hasta el hueso al referirse a la histórica explotación del blanco sobre el negro, lo que irritaba de sobremanera a una gran parte de la hipócrita sociedad estadounidense y mundial de entonces. 
 
El 25 de febrero de 1964, en el Convention Hall de Miami Beach y, con 22 años, se convirtió por primera vez en campeón mundial pesado. ¿Quién no recuerda al nuevo monarca, gritando como un poseído en los cuatro rincones del ring, “¡eat yourd words!” (“¡cómanse sus palabras!”) a los periodistas que habían pronosticado su derrota?
 

Al día siguiente anunció su ingreso al movimiento de los Musulmanes Negros, liderado por Malcom X: cambió su “nombre de esclavo” por el de Cassius X y, poco después, por el de Muhammad Ali –El más altamente digno, en musulmán–, ya que abrazó esa fe religiosa. Negro en un país con mayoría blanca, y musulmán en una nación con mayoría de católicos y protestantes, sabía que le harían la vida imposible pero, jamás, traicionó sus principios. 
Había sido exceptuado de prestar servicios en Vietnam debido a que no aprobó los tests de inteligencia pero, en 1966, el ejército modificó las calificaciones, lo declaró apto y fue llamado a las filas, en un ajuste de cuentas del stablishment blanco.
Pero Ali adujo ante la Justicia que no podía ser reclutado por ser ministro de los Musulmanes Negros. “¿Acaso ustedes alistarían a un obispo católico o un pastor protestante? ¡Ustedes quieren ir a hacerme pelear contra gente que no sé nada! ¡Quieren hacerme ir a liberar a otro pueblo cuando mi propio pueblo no tiene libertad en casa! ¡Ningún Vietcong me dijo nigger (el agravio más duro para referirse a un negro en Estados Unidos)!”, disparó.
 
El 27 de abril de 1967, en Houston, “la Comisión Atlética de Nueva York y la AMB le quitan reconocimiento al negarse a dar el paso adelante –era la formalidad requerida al escuchar su nombre– para incorporarse al ejército de Estados Unidos”. El 20 de junio, el juez Joe Ingraham lo declaró culpable de evadir el reclutamiento, lo condenó a cinco años de prisión, lo multó con 10.000 dólares y, encima, le retiraron la licencia de boxeador y el título mundial. Tres años después, una Corte Federal le dio la razón y, todos los cargos, fueron levantados, ya que admitió a las creencias religiosas como objeción para servir en las Fuerzas Armadas. Pasaría 43 meses sin pelear y, el 18 de junio de 1971, la Suprema Corte estadounidense anuló su condena por desertor al considerarla “arbitraria” y “no razonable”.
 
 
Mensaje de paz
Regresó a los rings el 26 de octubre de 1970 y, de ahí en más, en medio de un profundo proceso de transformaciones políticas y sociales en Estados Unidos –guerra de Vietnam era cada vez más impopular–, su figura se posicionó firmemente en la cima del mundo otra vez. Ganó y perdió ante Joe Frazier (quedó arriba 2 a 1 ante Smoking Joe, incluida la brutal batalla de 1975 en Manila) y Ken Norton (quien le fracturó la mandíbula el 31 de marzo de 1973). 
 
No le importó. Ya era una leyenda viviente y, el 30 de octubre de 1974, a los 32 años, recuperó en el ring lo que le quitaron en un escritorio: en una de sus obras maestras, le GKO 8 a George Foreman en Kinshasa, Zaire –“vuelvo a mis raíces”, dijo apenas pisó suelo africano–, en medio del ensordecedor “¡Ali, boma yé!” (en swahili, “¡Ali, mátalo!”) de sus “hermanos”. ¿Y que perdió y recuperó su corona ante Leon Spinks en 1978? Tampoco le importó, porque sabía muy bien que ya tenía reservado su lugar en la eternidad.
 
 
Se retiró en 1981, con 39 años y, en 1984 –a los 42– le diagnosticaron Mal de Parkinson. “Soy prisionero de mi cuerpo. Es la materia la que se dañó, no mi cerebro. Me desespero viendo cómo la gente se apiada de mí. Y sufro, porque los músculos no me responden. Pero, mentalmente, sigo siendo el mismo Ali que todos conocieron”, afirmó con crudeza.
Como siempre, su mensaje fue de paz. Y, muy a su pesar, se supo de las innumerables obras de beneficencia que realizó. “Fue con la condición de que ningún medio se enterara, porque la caridad debe ser silenciosa. Yo conozco la pobreza y los problemas de las mayorías. De allí que fue mi deseo que, lo que pudiera aportar, no llenara de vergüenza a los beneficiados”, expresó.
 
Fue y será El Más Grande
Fue un irrepetible bailarín de ballet de 1,88 metros y 95 kilos (promedio) que, por su velocidad, elegancia y plasticidad, parecía un welter –de casi 30 kilos menos–, y hacía que sus oponentes parecieran torpes mastodontes. El que “volaba como una mariposa y picaba como una abeja”. El que, con su talento,demostró que el boxeo puede ser una suprema expresión estética, y no la lucha entre dos hombres que tratan de escapar del hambre y la miseria a los golpes. 
 
Todo eso fue y será Ali. El que aspiraba a ser recordado “como un negro que ganó el título pesado, fue ocurrente y trató bien a todos”. Y el que recalcó: “Si mi salud fuera perfecta, todos creerían que soy Superman pero, ahora, dicen «es humano, igual que nosotros». ¡Ah! Y recuerden lo hermoso y genial que fui”. 
 
Descansá en paz, incomparable campeón. Ni el mismísimo dios Cronos lo impedirá.
Julio M. Cantero / julio.cantero@uno.com.ar / Ovación