Ovación
Viernes 18 de Marzo de 2016

En el tren de los sueños

Se viene una edición del derby santafesino y Ovación apostó a los chiquilines de las escuelitas de fútbol de Colón y Unión, que en el Parque de La Locomotora, dieron rienda suelta a sus sueños, la de jugar el clásico de sus amores, con la inocencia y la ingenuidad que los caracteriza

Llegaron al parque de la Locomotora con la ansiedad que les propone la vida, con la inocencia de seguir descubriendo el mundo. Con la ingenuidad de abrazarse con su compañero, esperando que el flash de la cámara los ilumine, con la rapidez de ir todos detrás de la pelota, con el desconcierto de ver si corre o no a la par de sus amiguitos. En el improvisado campo de juego, se ven camisetas rojinegras y rojiblancas que se desplazan de un lado a otro, y del otro lado se pueden ver los ojos grandes de felicidad de los padres, que apuntan gatillando sus celulares, los abuelos que no dejan de hablar de sus nietos, o los tíos, que van como soporte para filmar.
 

El saludo final y confraternizado de los chicos después del juego / Foto: Manuel Testi - Uno Santa Fe

Es como vivir esa alegría cuando un padre lleva a su hijo a la cancha a ver el clásico, para el chiquilín de cuatro o seis años, es todo un descubrimiento, aunque no tomen conciencia de lo que sucede a su alrededor. Un mundo de hinchas que van detrás de sus colores, ese al que le inculcan que tienen que rendirle pleistesía, ganen o pierdan. Ese mundo en donde el pequeño empieza a pronunciar las palabras claves que sus padres quieren que aprendan con urgencia, más allá de “pa” o “ma”, está la clásica pregunta: Decile al tío ¿de qué cuadro sos?, y en un tono bajo, casi con vergüenza, con el dedo índice en la boca, dice: “de Colón” o “de Unión”. 
 

Intensos en el juego, libres para correr detrás de una mágica pelota / Foto: Manuel Testi - Uno Santa Fe

Es casi un proyecto sentido del padre cuando ve a su mujer que la panza va creciendo, y ni hablar cuando sabe que va a ser varón. El jefe de la casa, se enloquece, lo primero que hace es comprarle la camiseta, se la muestra a todo el mundo, luego sigue la pelota, al que acaricia todo el día como si ya abrazara a su hijo. La suegra para no ser menos, ya pone manos a la obra a tejer los escarpines con los colores tradicionales, y es el padre que se pone ansioso, para que venga el día del parto, hasta que ver nacer a su hijo, es un momento único e inolvidable.
 

Solo dura pocos minutos, porque la tarea siguiente es ir desesperado al club del barrio Centenario, o al de López y Planes y Bulevar, para hacerlo socio, un momento sublime que lo disfruta a pleno en soledad. Cuántas veces hemos visto, en las tribunas, la parejita joven enfundados en los colores que aman, con el bebé en brazos, como un ritual que se tiene que cumplir cada dos semanas cuando se juega de local. No importa si la tribuna está colmada, se va igual, total el rito debe continuar. 
 

Los padres no se perdieron nada, ellos jugaron su propio clásico / Foto: Manuel Testi - Uno Santa Fe
 
Pero cuando el niño va creciendo, están las escuelitas de fútbol, donde los padres depositan a los futuros cracks, y es el momento pleno del disfrute, ver al nene correr para cualquier lado, en busca de ese objeto redondo, que gira y gira, sin destino alguno, pero los colores ya están grabados en el corazón, no se mueven de ahí, se han instalado para dibujar cada fin de semana una alegría o una desazón, un canto de gol o un grito de bronca, esas cosas se van fundiendo en cada célula de los chicos, los padres solo contagian, y ellos aprenden, las palabras que apoyan al equipo, el cántico sagrado de la tribuna, el apoyo incondicional de esa garganta roja que alardea que su club es lo más.
 

 
No caben dudas de que los chicos maman todo del fútbol, lo ven en la tele, lo viven en casa cuando papá esta viendo el partido, lo ven en la calle, en el jardín de infantes, esos colores que inundan la capital santafesina, se impregna como lava en la sangre. El disfrute del juego, de la pasión por correr, de transpirar la camiseta, del aliento de papá mientras toma mate pegado en el alambrado. Ver al nene crecer, se le inyecta la pasión en las entrañas, el conjuntito perfecto, bien peinadito, con botines flúo, y algunos con la picardía, de ese potrero que ya no está, ayudan al pibe a crecer en ese ambiente, bien mezclado, como para seguir los colores, como Dios manda.

Foto: Manuel Testi - Uno Santa Fe
 
Ese sueño de ver crecer al hijo, todos tienen un Messi o un Maradona en su casa. Ese sueño no se perderá, porque el fútbol está en nuestra cultura. Nadie quiere perder, todos quieren ganar. Desde muy chicos, los mandatos del padre por el fútbol, son claros, entran como un buzón en la cabecita del niño, los colores lo dicen todo, los padres también. Pero verlos con la inocencia y la ingenuidad, correr libremente, sin ataduras, por el verde césped, detrás de una pelota, no tiene precio.
 

Es una postal que queda grabada en el inconsciente colectivo, ver un niño como por ejemplo Augusto Ledesma de 6 años, que diga: “Juego de delantero por izquierda, mi papá me enseña, le hice goles a Unión, y me va a llevar a la cancha. Va a ganar Colón, dos a cero, con goles Alan Ruí y Espedutti”. En cambio Lautaro Biaggini, de cinco años, de Unión, se animó a decir: “Mi papá me hizo de Unión, me lleva a la cancha, muchas veces. Me gustan las pelotas, las corro. Gana Unión 10 a 0”. Simplemente con el sello que dice: Made in Santa Fe.
Ernesto Titi Cantero / ernesto.cantero@uno.com.ar / Ovación