Ovación
Sábado 15 de Agosto de 2015

Grabich, un chico de pueblo

El nadador casildense, ganador de la medalla de bronce en el Mundial de Kazán, fue homenajeado en su ciudad natal, junto a la entrenadora Mónica Gherardi

Federico Grabich vive a sólo seis cuadras del Palacio Municipal de Casilda. En sus 25 años de vida pasó miles de veces caminando por allí: Casado y Buenos Aires. Para ir a la escuela Dante Alighieri, para encontrarse con la barra en las cuatro plazas, para ir a bailar al boliche Arquus o a entrenar en la pileta del club Alumni. Siempre que atravesó esas cuadras del centro lo hizo saludando a todos, como aún se estila en las ciudades pequeñas y en los pueblos. Pero ninguna de esas veces, "nunca", tal como declaró, se imaginó que llegaría a las puertas de ese edificio afrancesado, en auto y escoltado por dos policías motorizados. Tampoco pensó que lo esperarían cientos de aplausos de sus vecinos, del intendente, y decenas de flashes. Pero sucedió.

Ayer el nadador que se convirtió en el primer argentino en lograr un podio en un Mundial de piscina olímpica (medalla de bronce, en Kazán), que cosechó preseas de oro y plata en los Juegos en Toronto, el casildense más famoso por estos días, vivió esa escena y se emocionó.

"Yo sigo siendo un chico de pueblo, aunque a los 18 empecé a viajar y a volver de vez en cuando", le dijo a Ovación tras el agasajo (encabezado por el primer mandatario de la ciudad, Juan Carlos Bacalini), que recibió él y su entrenadora Mónica Gherardi.

Por la tarde, los saludos no cesaron pero fueron más íntimos. Recibió con mates a "los muchachos" en su casa. "Ellos son mi amigos, los de siempre, los de acá: Pancho, Nacho, Estefano, Leo, Franco y Maxi", enumeró.

A Grabich en este regreso el clima le jugó una mala pasada. Tiene por delante una semana de descanso, no da una brazada desde el sábado pasado, reconoció que no quiere "ni ver" una pileta, al menos por unos días, pero llegó a Casilda (ubicada a poco más de 50 kilómetros de Rosario) y encontró a la región en medio de una crítica inundación.

"Es tristísimo lo que está sucediendo en Sanford y Chabás, tengo parientes por allí, y no me gusta nada el panorama. Ya veremos como podremos ayudar", anticipó el casildense.

En Casilda, Capital de la Miel o del Oro Dulce, hay varios clubes, y a "Fede", tal como lo conocen propios y ajenos, se le hincha el pecho cuando se refiere a otros famosos casildenses de Alumni, conocidos popularmente como los "alazanes patas blancas".

Comparten los colores rojiblanco el basquetbolista Javier "Tucky" Bulfoni; el técnico del seleccionado chileno, Jorge Sampaoli; el mediocampista de Rosario Central, Damián Musto y el delantero de Querétaro de México, Emanuel Villa.

"Las imágenes de todos ellos y la mía están en la entrada del club. Es el mejor de la liga, el que más títulos y socios tiene: ahí empecé a flotar cuando tenía un año y mi papá me tiró a la pileta. A nadar comencé a los 9, con Mónica, mi entrenadora de siempre. También jugué al básquet y fui cada verano a la colonia", recordó.

Y como alguien que dice no olvidarse de sus raíces ni de la gente que lo ayudó a llegar a ser el deportista destacado que es, Grabich comenzó a nombrar a algunos personajes casildenses significativos en su vida cotidiana.

"Además de mi familia y mis amigos, no puedo dejar de tener en cuenta a personas como Marcelo, el del centro de deportes, donde siempre me compré las mallas, la ropa deportiva y las zapatillas: calzo 47 y mido 1,93, para mí todos son talles especiales, ¿ cómo no voy a estar agradecido?".

También se acordó de la gente que le cocinaba las pastas caseras. "No tengo una dieta superestricta, pero debo comer hidratos y los ñoquis de calabaza y los canelones de allí son los mejores". Al final habló de Serenelli, el dueño del almacén que le vendía alfajores y galletitas, cuando volvía hambriento de entrenar.

Fede no se esforzó en recordar el apellido de uno o el nombre de otro. El los conoció y los llamó siempre así: "Marcelo" y "Serenelli", y no necesitó mucho más para darse a entender, recordar y agradecer. Porque así suelen suceder las cosas en las ciudades pequeñas, de gente grande.