Ovación
Lunes 20 de Julio de 2015

Superaron las barreras del odio

Max Schmeling nunca fue nazi y, Joe Louis, fue el campeón negro de un país que lo consideró héroe, pero que no le permitía ingresar a un restaurante de blancos. Se noquearon mutuamente en 1936 y 1938 y, tras la II Guerra Mundial, cultivaron una sólida y sincera amistad hasta el último de sus días.

En la década del 30, con el mundo al borde del abismo, donde cayó el 1 de septiembre de 1939 cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, hubo dos deportistas que fueron manipulados y utilizados por igual por sus respectivos países al ser presentados como hijos dilectos  de dos modelos político-sociales ferozmente enfrentados. Pero, realmente, los protagonistas de esta historia fueron dos enormes e inolvidables boxeadores que sólo cumplieron con su duro trabajo sobre el ring y, fuera del mismo, lejos de cualquier diferencia –sobre todo racial– cultivaron una sólida y sincera amistad, que perduró hasta la muerte.
Max Schmeling nunca fue nazi ni, muchos menos, avaló los horrores cometidos en aras de la supuesta supremacía de una raza superior. Es más, jamás renunció a sus principios cuando, en ciertos momentos, no hacerlo pudo costarle la vida. Fue un hombre probo e íntegro que en la intimidad soportó, con dignidad y entereza, la presión de uno de los regímenes más oprobiosos de la historia. Joe Louis fue el campeón negro de un país donde los blancos lo ubicaron en el pedestal de héroe nacional en su cruzada para derrotar al “perro nazi” o “mascota de Hitler” pero, a la vez, discriminaban a quienes tenían su mismo color de piel.
El Ulano Negro del Rin
Maximilian Adolph Otto Siegfried Schmeling nació el 28 de septiembre de 1905 en un humilde hogar de Klein Luckow, ciudad que pertenecía al imperio alemán, muy cercana a la frontera con Polonia, y fue hijo de un timonel de una compañía naviera y de una descendiente de campesinos. Siendo aún un niño su familia se radicó en Hamburgo, donde el futuro rey pesado creció y comenzó a interesarse por los deportes, especialmente la lucha libre y el atletismo. Pero en 1921, cuando acompañó a su padre al cine y vio la gran victoria de Jack Dempsey ante Georges Carpentier (el 2 de julio de ese año, el Martillo de Manassa le GKO 4 al francés en Jersey City y retuvo su corona mundial de la máxima división), decidió volcarse al pugilismo.
Al año siguiente ingresó al Club de Boxeo Mühlheim, en Colonia –a la que había llegado en busca de trabajo– y, su carrera, fue en permanente ascenso. En 1924 se consagró campeón alemán amateur mediopesado y, el 2 de agosto del  mismo año, a los 18, hizo su debut profesional y le GKO 6 a su compatriota Hans Czapp en Düsseldorf. En 1925 conoció al ídolo de su adolescencia, ya que Jack Dempsey, de gira por Europa –y de luna de miel con su flamante esposa, la actriz Estelle Taylor– visitó Berlín. El joven Max fue uno de los tres boxeadores locales elegidos para hacer dos rounds de exhibición, cada uno, ante el campeón de todos los pesos. Amén de los 100 marcos que le pagaron, su máxima recompensa fueron los elogios del Matador, uno de los mejores boxeadores de la historia.
El 24 de agosto de 1926, en su 24ª pelea, se proclamó monarca alemán mediopesado al GKO 1 a Max Diekmann y, tras diez combates más, el 19 de junio de 1927 le GKO 14 al belga Fernand Delarge en Dortmund y se alzó con el título europeo de la misma división.  
El  4 de abril de 1928, en Berlín, le GPP 15 a Franz Diener y se convirtió en el nuevo campeón alemán pesado. De yapa, cobró 30.000 marcos, su bolsa más alta hasta entonces. Pero como ante Diener se había astillado el hueso de su pulgar derecho, debió cancelar varias peleas, fue desposeído de la corona germana y renunció a la faja europea mediopesada. Por eso, al mes siguiente decidió cruzar el Atlántico y probar suerte en los Estados Unidos.
Ya en Nueva York, donde le operaron la lesión en el dedo, comenzó a entrenarse en el gimnasio Madam Bey’s de la Gran Manzana, y uno de su compañeros en el mismo, el francés André Routis –por entonces campeón mundial pluma– le sugirió que se contactara con el manager Joe Jacobs.  Hijo de inmigrantes húngaros judíos que llegaron a Nueva York, donde nació en 1899, Jacobs se convertiría en los meses siguientes en el conductor de la carrera de Schmeling. Con sólidos contactos con el Madison Square Garden, era además un asiduo colaborador de la Fundación de caridad del empresario William Randolph Hearst, político y magnate de los medios, lo que ayudó a hacer más conocido al púgil germano en los Estados Unidos. 
El debut de Schmeling en este país fue el 23 de noviembre de 1928 y, en el Madison Square Garden, le GKO 8 al local Joe Monte. Su popularidad fue creciendo –mucho tuvo que ver en esto el afamado periodista Damon Runyon, el mismo que bautizó a don Luis Ángel Firpo como el Toro Salvaje de las Pampas, quien acompañó al alemán en una gira por 30 ciudades estadounidenses– y, cuando Genne Tuney dejó vacante la corona pesada, el nuevo monarca se consagró en el combate que Schmeling y el local Jack Sharkey (se llamaba Joseph Paul Zukauskas, y era de ascendencia lituana) sostuvieron el 12 de junio de 1930 en el Yankee Stadium neoyorquino.
Esta fue la primera pelea de la historia de la máxima división en que un duelo titular se decidió por la descalificación de un boxeador, luego de que Sharkey le aplicó un claro golpe bajo a Schmeling en el 4º round. Así, el germano se convirtió en el primer alemán y europeo en ganar el título pesado –y el primero no norteamericano en 20 años, tras el canadiense Tommy Burns–, y pasó a ser una celebridad en su país, donde fue recibido y ovacionado por una multitud. Fue conocido como el Ulano Negro del Rin, en referencia a los bravos y legendarios jinetes alemanes armados con lanzas.
Pero el 21 de junio de 1932, en el Madison Square Garden y, en una muy polémica decisión –en realidad, fue un robo descarado–, Sharkey le GPP 15 (dividido) a Schmeling en la revancha, donde el árbitro, el ex boxeador Edward Gunboat Smith, íntimo amigo de Sharkey desde la infancia y con quien había servido en la Marina, le dio la victoria al local, quien terminó muy golpeado y con un ojo cerrado e hinchado. Decepcionado, el alemán alternó una victoria ante Mickey Walker en Long Island (el 26 de septiembre siguiente, le GKOT 8) y, el 8 de junio de 1933, PKOT 10 frente a Max Baer –quien sería campeón pesado entre 1934 y 1935– en el Yankee Stadium.
El 6 de julio de 1933, Schmeling se casó con la popular actriz de cine Anny Ondra (se llamaba Anna Sophie Ondráková, había nacido en Tarnów, actual Polonia, y se crió en Praga, por entonces capital de Checoslovaquia, ciudadanía que adoptó), con quien actuó en 1935 en la película Knock out. El matrimonio tuvo un hijo, que falleció a los siete meses, y duró 54 años, hasta la muerte de ella en 1987, a los 83, por un ACV, en Hollenstedt, Alemania.
El Bombardero Negro
Joseph Luis Barrow nació en una humilde choza de algodoneros de Lafayette, Alabama, Estados Unidos. Fue el séptimo descendiente de los ocho que trajeron al mundo Munroe Barrow (que era el apellido del propietario de la plantación en la que vivían y trabajaban), y Lillie Reese. Hijo y nieto de esclavos, el futuro monarca de todos los pesos prácticamente no habló hasta los 6 años –solo se comunicaba con monosílabos– y tartamudeaba levemente, lo que forjó un carácter hosco y reservado. Años después se trasladó con su familia a Detroit y, al poco tiempo, dejó el colegio. 
Un día, ingresó al Brewster Wheeler Recreation Center y comenzó a tomar clases de boxeo. Con 17 años disputó su primer combate amateur, condición en la que realizó 56 combates (con récord de 53-3), ganó el torneo Guantes de Oro para Principiantes y, su debut profesional, se produjo el 4 de julio de 1934, cuando le GKO 1 al noruego-estadounidense Jack Kracken en el Bacon’s Arena de Chicago. Lo hizo de la mano del ex agente inmobiliario John Roxborough como manager, del ex boxeador Jack Blackburn como entrenador y, su bolsa inicial, fue de 60 dólares. “Es muy difícil que un negro gane por puntos, así que tu puño derecho tiene que ser el árbitro”, fue uno de los primeros consejos de Blackburn a su joven pupilo.  
Y tenía razón. Aún perduraba en la sociedad blanca el rechazo que les causaba la figura de Jack Johnson, el primer campeón mundial pesado negro a quien, por su arrogancia y abierto desafío al racismo, le hicieron la vida imposible. Por eso, Louis nunca se tomó una foto con una mujer blanca, que era una cláusula que siempre figuró en sus contratos. Diarios como el Detroit Times solo se ocupaban de los negros cuando había crímenes de por medio y, a los que sobresalían en algo, se los descalificaba con el insultante mote de nigger. Hasta el Records Book de la revista The Ring dividía a los boxeadores estadounidenses como “americano” y “americano negro”.
Pero Louis comenzó a llamar la atención de todos, y hacía todo lo posible para eliminar los prejuicios por el color de su piel. Era humilde, respetuoso con sus rivales, y ganaba con incuestionable claridad. A fines de 1934 había disputado 12 combates y, sus bolsas, ya ascendían a los 2.000 dólares. En febrero de 1935 conoció a Mike Jacobs, sucesor de Tex Rickard, el gran promotor de los años 20. Jacobs, quien contaba con el apoyo periodístico del poderoso grupo Hearst, firmó un contrato de exclusividad con Louis por tres años, y le cedió el 37 % de las recaudaciones de sus peleas.
La primera, con festejo alemán
El Bombardero Negro ya había derrotado al italiano Primo Carnera (KOT 6, el 25 de junio de 1935), y a Max Baer (KO 4, el 24 de septiembre siguiente) y, su intención, era vencer a los otros dos ex monarcas en actividad, Sharkey y Schmeling, antes de ir por la corona que estaba en poder del estadounidense James J. Braddock, el Hombre Cenicienta. 
Pero Schmeling había visto a Louis cuando venció al vasco Paulino Uzcudun en diciembre de 1935. Entonces, analizó otras películas del moreno y notó que, después de que lanzaba sus jabs, dejaba caer el brazo izquierdo durante una fracción de segundo, tiempo suficiente –estimó– para que pudiera conectarlo a fondo con sus devastadores golpes la derecha. No se equivocaría…

Capítulo I. El viernes 19 de junio de 1936, en el Yankee Stadium neoyorquino, Schmeling le GKO 12 a Louis y lo dejó sin invicto. 
El combate, donde Louis llegaba con una brillante marca de 27-0 (23 ko) y favorito 10-1 en las apuestas, debió realizarse el jueves 18 de junio de 1936 pero, por la intensa lluvia que se abatió sobre Nueva York, se pospuso para el día siguiente. Tras un inicio de pelea parejo, Schmeling (87,100 kilos) derribó a Louis (89) en el 4º round, lo superó ampliamente y, el nocaut, llegó a los 2’29”del 12º asalto. La pelea del Año para Ring Magazine había terminado y, el invicto del estadounidense, también. 
La categórica victoria ante Louis fue aprovechada por Adolf Hitler, quien consideró  al acontecimiento como la indubitable prueba de la supremacía aria (“¿Pueden mostrarme algo mejor que Schmeling?”, vociferaba) y, el dictador, se refería a los negros como “bestias subhumanas de carga, sirvientes supermasculinos carentes de inteligencia”.  
Una vez en Alemania –a la que voló de regreso a bordo del dirigible Hindenburg–, Schmeling fue recibido con todos los honores, desfiló en un lujoso descapotable y, con su esposa, participó de una cena privada junto con Hitler y Joseph Goebbels, ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del régimen, de quien rechazó la promesa de convertirlo en un auténtico “superhombre de la raza aria”. Además, con el nombre La victoria de Schmeling: una victoria alemana, la pelea se emitió hasta el hartazgo en todos los cines del país.
En uno de los encuentros que sostuvo con Hitler, éste le pidió que se desvinculara de Jacobs, quien era judío, pero Schmeling le respondió: “Nein, mein Führer. Recibí una carta del Ministerio de Deportes del Reich. También quieren que se separe de Joe Jacobs, mi manager desde 1928... Realmente necesito  a Joe Jacobs. Todo mi éxito en Estados Unidos se lo debo a él”. Obviamente, la negativa no le cayó bien a Hitler, pero como Schmeling era un elemento importante para la maquinaria de propaganda nazi, lo pasó por alto aunque, años después, le pasaría la correspondiente factura.
Louis tuvo su revancha
Schmeling creía que, tras vencer a Louis, había obtenido el legítimo derecho de retar a Braddock por el título mundial. Por eso, Joe Jacobs concertó un combate para el 3 de junio de 1937 en el Long Island Bowl pero, las protestas antinazis en Nueva York, hicieron caer la pelea. Muchos pensaban que si Schmeling ganaba, se llevaría el título para Alemania y, por muchos años, no regresaría a los Estados Unidos. Entonces apareció en escena Mike Jacobs, manager de Louis, quien le ofreció a Braddock una muy importante bolsa –más la garantía de ingresos fijos por diez años– para que dejara sin efecto el contrato que había firmado con el alemán. El día fijado para el choque, Schmeling se presentó en el lugar donde se realizaría y se pesó solo en señal de protesta. Esta clara injusticia pasaría a la historia como la “pelea fantasma”.   
El 22 de junio de 1937, Louis le GKO 8 a Braddock en el Comiskey Park de Chicago, y se convirtió en el nuevo campeón mundial de la máxima categoría. Pero, todavía, tenía una herida por cerrar: desquitarse de quien le había provocado su única derrota profesional.
 
Capítulo II. El miércoles 22 de junio de 1938, Louis le GKO 1 a Schmeling, a quien le fracturó dos costillas y tres cervicales.

Con una situación internacional cada vez más tensa, Schmeling volvió a los Estados Unidos para la revancha con Louis, en el que sería el combate más politizado de la historia ya que, mientras en ese país se lo consideraba como la lucha entre el bien y el mal (aunque el campeón no pudiera ingresar a un restaurante para blancos), para Hitler y sus adláteres sería el enfrentamiento entre una raza superior y otra inferior. Hasta el mismísimo presidente Franklin Delano Roosevelt envió un telegrama a Louis, donde le pidió: “Ahora más que nunca América necesita de sus músculos para enfrentar y vencer a la Alemania nazi”.
Y, el miércoles 22 de junio de 1938, nuevamente en el Yankee Stadium, colmado por 70.000 espectadores, Louis (90,150 kilos), quien realizaba su 4ª defensa, necesitó solo 124 segundos para noquear al germano (87,550), al que derribó tres veces y le fracturó dos costillas y tres vértebras cervicales antes de que el árbitro Arthur Donovan –el mismo del choque que sostuvieron dos años antes–, detuviera la masacre, que fue seguida por radio por el 67 % de los estadounidenses. 
Este triunfo se festejó mucho en el Bronx, donde se concentra la mayoría negra de Nueva York. Más de 5.000 personas salieron a las calles a festejar y gritaban “¡Heil, Louis!”, simulando el saludo nazi. “¿Te sentís orgulloso de tu raza esta noche?”, le preguntaron a Louis. “Sí, estoy orgulloso de mi raza, la raza humana, claro”, retrucó, evitando –acertadamente– una estéril polémica.
Schmeling debió pasar un largo período de recuperación en un hospital neoyorquino, donde su vencedor fue a visitarlo. “Por favor, no creas todo lo que dicen de mí”, le pidió el alemán, que fue recibido con insultos y abucheos en el aeropuerto y, en los días previos a la pelea, permaneció recluido en su hotel –siempre custodiado–, viendo desde su ventana continuas manifestaciones en su contra, con pancartas que decían “Nazi go home” (“Nazi andate a tu casa”) o “We don’t want Nazis in America” (“No queremos nazis en Estados Unidos”), lo que le dolió muchísimo, ya que no era así. “Ya lo sé”, dijo Louis y, tras una cálida charla, acordaron un tercer combate­, que nunca se realizaría.
Fue una conversación entre dos hombres de bien que nunca fueron enemigos (por más que muchos trataron de que lo sean) y que sólo se diferenciaban por el color de piel. A partir de allí forjaron una sincera, desinteresada y leal amistad que, ni la monstruosa guerra que se desató al año siguiente, pudo destruir. Por caso, cuando Schmeling volvió a los Estados Unidos a mediados de los 50, fue el padrino de bautismo de una de las hijas de Louis.
Cayó en desgracia
La pelea fue seguida por Hitler por radio, cuya transmisión se cortó cuando Schmeling fue noqueado y debió ser retirado en camilla del ring. Esta derrota fue una excusa perfecta para que el dictador se cobrara la afrenta del boxeador cuando se había negado a desvincularse de Jacobs y afiliarse al Partido Nazi.
Por eso, Schmeling contaría en 1975: “Mirando atrás, soy casi feliz de perder aquella pelea. Sólo imagino si hubiera regresado a Alemania con la victoria. No tuve nada que ver con los nazis, pero ellos me habrían dado una medalla. Tras la guerra, pude haber sido considerado un criminal de guerra”, reconoció.
El antisemitismo era cada vez peor en el Reich y, uno de los más lúgubres ejemplos, fue la llamada Kristallnacht (Noche de los Cristales Rotos) que, para varios historiadores, fue el inicio del Holocausto. Entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938, grupos de la SS destrozaron comercios judíos en Alemania y Austria, donde detuvieron a cientos de personas sin motivo, con el saldo de más de 90 muertos. 
En medio de la locura y sinrazón, Schmeling –quien ya había retornado a su país–, escondió durante dos días en su suite del Hotel Excelsior de Berlín a Henry y Werner Lewin, dos pequeños hermanos judíos, hijos de un amigo personal y, en la primera oportunidad que dispuso, los ayudó a escapar a los Estados Unidos. “Si nos hubieran encontrado en ese departamento, hubiéramos ido a Auschwitz o Treblinka y no estaríamos aquí junto con Max”, dijo en 1989 Henry Lewin, uno de los salvados, durante un reconocimiento a Schmeling en el Sand Hotel de Las Vegas, del cual Lewin era el dueño. La modestia del ex campeón fue tan grande que, este conmovedor hecho, no figura en su autobiografía.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Schmeling fue reclutado (los deportistas de élite alemanes estaban exentos y, de hecho, fue el primero de ellos en entrar en combate), destinado al Regimiento 1 de Fallschirmjäger (Paracaidistas) y, entre el 20 de mayo y 1 de junio de 1941, con casi 36 años, participó de la Unternehmen Merkur (Operación Mercurio), cuando las fuerzas del Eje ocuparon la isla de Creta, Grecia. Allí, Schmeling se rompió los meniscos y sufrió una grave lesión en la columna, pero no solo sobrevivió a una muerte  segura –a la que lo mandó Hitler– sino que, a su regreso, sería condecorado por su valor y arrojo. 
Fallschirmjäger. Schmeling fue reclutado como paracaidista y, en 1941, participó de la ocupación de Creta, donde resultó herido.
Un triste y doloroso final

Joe Louis –quien, alistado en el Ejército, realizó innumerables exhibiciones para las tropas aliadas y donó decenas de miles de dólares al Fondo de Guerra– se retiró oficialmente el 1 de marzo de 1949, después de 11 años y 252 días como campeón, en los que realizó 25 defensas exitosas de su corona. Ezzard Charles se había ceñido el cetro vacante de la NBA –que luego daría origen a la actual AMB– y, en una decisión equivocada –aunque entendible, ya que necesitaba dinero– Louis decidió volver y retar al monarca. Pero el 27 de septiembre de 1950, en el Yankee Stadium y, con una audiencia de 25 millones de espectadores por televisión, perdió su segunda pelea profesional. 
Hasta que más de una decena de combates después, el 26 de octubre siguiente, en el Madison Square Garden, la carrera de Louis llegó definitivamente a su última estación. Esa noche, fue aplastado por el joven, invicto y arrollador Rocky Marciano quien, camino al título mundial que conquistaría el 23 de septiembre del año siguiente ante Jersey Joe Walcott, lo derribó dos veces y, el árbitro Rudy Goldstein, se apiadó y detuvo el duelo en el 8º round, en la tercera y última derrota del ex rey de los completos, que ya tenía 37 años.
Louis dilapidaría una fortuna de casi 5 millones de dólares, que había ganado a lo largo de su carrera. El IRS (Internal Revenue Service, o Servicio de Impuestos Internos) de los Estados Unidos “olvidó” la generosidad del Bombardero Negro en la guerra, y le exigió 1.200.000 dólares en impuestos atrasados, más intereses y punitorios. La deuda con el fisco crecía 50.000 dólares por año solo por intereses y, por eso, uno de los boxeadores más brillantes de todos los tiempos, quien fuera inmortalizado en el Hall de la Fama en 1954, terminó dos años más tarde practicando lucha libre por unos pocos dólares, sumando un nuevo fracaso en su muy triste ocaso.
En marzo de 1959 se casó por tercera vez con la abogada Martha Jefferson, quien lo acompañaría los 22 años siguientes. Esta litigó con el fisco en 1961 y, tras el juicio, acordaron gravar solo los ingresos que Louis tuviera de ahí en adelante, pero no le condonaron la deuda. Por eso, el moreno jamás terminaría de cancelar sus compromisos impositivos, estimados en 2 millones de dólares al momento de su muerte. Para peor, cayó en una profunda depresión, por lo que comenzó a beber y consumir cocaína. Su esplendor era un lejano recuerdo y, sus problemas, se multiplicaban a diario.
La vida después del boxeo
En medio de las privaciones de la Alemania de la posguerra, Schmeling y su esposa debieron comenzar de cero, ya que el ex campeón perdió las 1.294 hectáreas que había adquirido con lo ganado durante su carrera. 
Poco después inició su carrera como árbitro de boxeo y, el 28 de septiembre de 1947 –cuando cumplió 42 años– , volvió a combatir para embolsar unos pocos marcos y le GKO 7 a Werner Vollmer en Frankfurt. Pero como el dios Cronos nos alcanza a todos, el 31 de octubre de 1948, a los 43, disputó su último combate en Berlín y colgó definitivamente los guantes al PPP 10 con Richard Vogt.
Más adelante pudo comprar una vieja granja y decidió dedicarse a la cría de visones, que solo le permitió vivir con lo justo. Hasta que un día, recibió una visita inesperada. Un ex comisionado de boxeo de Nueva York, devenido en un importante ejecutivo de Coca Cola, le ofreció a Schmeling sumarse a la multinacional como imagen de la marca para Europa y Latinoamérica, con un importante sueldo y disponer de la franquicia de la bebida para Alemania. Así fue que, por sus altas calidades de persona –unánimemente reconocidas–, este ofrecimiento le allanó el camino a ese auténtico caballero que fue Max Schmeling para que se convirtiera en un próspero hombre de negocios y pudiera vivir hasta el fin de sus días sin apremio alguno.
En 1954 fue invitado a arbitrar un combate en Milwaukee, Estados Unidos. Primero voló a Nueva York para visitar la tumba de Joe Jacobs, quien había muerto de un infarto en 1940, a los 41 años. Después, cuando se dirigía a Chicago, se encontró con su “enemigo” Louis quien, retirado, continuaba con su declive ahogándose en alcohol. Hablaron largamente y recordaron sus combates, amén del prometido desquite que nunca llegó. Schmeling no se imaginaba que, merced a su holgada posición económica, en poco tiempo debería ayudar a su amigo, quien se encaminaba a la ruina y el olvido.
Por eso, durante los últimos 15 años de vida del moreno, Schmeling costeó muchos de los tratamientos contra adicciones, diversas internaciones, levantó innumerables cheques y, telefónica o personalmente cuando podía viajar, jamás dejó de estar en contacto con su amigo y extenderle todas las manos que fueran necesarias. Asimismo, otro de los que le prestaron ayuda a Louis fue el legendario Frank Sinatra, admirador desde siempre del incomparable monarca pesado.
En 1967, el Bombardero Negro  comenzó a trabajar en el Caesars Palace Hotel & Casino de Las Vegas, donde cobraba 50.000 dólares por año para saludar y fotografiarse con los clientes y visitantes. En 1969 sufrió problemas cardíacos y mentales y, un año después, lo internaron en un psiquiátrico de Denver. Ya en 1977, sufrió una apoplejía y quedó postrado en una silla de ruedas. 
Hasta que el domingo 12 de abril de 1981, sufrió una falla cardíaca en Las Vegas y, 28 días antes de cumplir 67 años, el formidable guerrero de ébano dejó este mundo. Por expreso pedido del por entonces presidente Ronald Reagan, el ex rey de los completos fue sepultado con los honores de Héroe Nacional en la Sección 7A, debajo de la tumba del Soldado Desconocido, del Cementerio Nacional de Arlington donde, entre otros, descansa John Fitzgerald Kennedy. 
Max Schmeling, quien también había pagado la última internación y hasta el funeral, fue uno de los que portaron el ataúd de Louis –envuelto con la bandera estadounidense– y, antes de regresar a Alemania, le entregó un sobre con miles de dólares a la viuda de su extinto amigo.
Schmeling trabajó hasta los 88 años, y hasta pudo ver la caída del Muro de Berlín y la ansiada reunificación de su amada Alemania. “Cuando tenga que irme quiero ser enterrado con toda modestia, junto a mi mujer Anny en el cementerio de Hollenstedt”, dijo pocos años antes de su muerte, que se produjo el miércoles 2 de febrero de 2005, a los 99 años, cuatro meses y cinco días, y es el campeón pesado que falleció con mayor edad. 
Fue sepultado junto al gran amor de su vida, con quien se reunió para toda la eternidad y, también, a menudo se encuentra con su gran amigo Joe, con quien –cuentan en el cielo– no sólo comparten muchos recuerdos en sus charlas sino que, de vez en cuando, hasta guantean...
Por Julio M. Cantero / julio.cantero@uno.com.ar