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Jueves 18 de Febrero de 2016

¿Otra vez la misma historia?

En la estructura del Estado hay muy variadas áreas y por lo tanto, tareas: científicas, administrativas, de proyectos, organizativas, de control, de asistencia, etcétera y no es lo mismo, aunque tengan similitudes, trabajar en educación, en salud, en energías, en justicia, en cultura. Sin embargo, cuando se habla de trabajadores del Estado rápidamente se apela a un estereotipo.
¿Cómo es ese “trabajador”?, en principio así, entre comillas su condición de trabajador. Se pone en entredicho su producción. En menos de dos meses se ha despedido a casi 30.000 trabajadores públicos so pretexto de ser “ñoquis” y si bien hay quienes se oponen y se movilizan para protestar, gran parte de la sociedad presta su consenso y vuelve a asistir y ser parte de un proceso de vaciamiento de áreas estratégicas del Estado.
Crédito: epimg.net
Un trámite que pudiera resolverse en un rato y que demora mucho más. Un turno en salud que permite la atención cuando ya la dolencia se ha resuelto. Ir al Centro de Salud a las 5 de la mañana para ser atendido a media mañana. Las idas y vueltas de una mesa a otra en cualquier ministerio, donde las indicaciones se superponen o contraponen, o requieren un nuevo trámite que seguramente no se había realizado, son experiencias de relación con un trabajador del Estado que termina produciendo ansiedad, enojo, que violentan, a la par que sitúan en un territorio donde nadie se hace cargo de resolver aquello que es parte ineludible de sus tareas. O peor aún, sitúan en la tierra de nadie que es la burocracia. Este tipo de experiencias está en la base de la configuración de ese estereotipo: los empleados públicos tienen seguridad laboral y buenos sueldos, vacaciones pagas y muchos días para ausentarse por diferentes causas, todos los derechos garantizados y no trabajan como lo hace cualquier otra persona que no tiene empleo público. Trabajar en el Estado es una suerte. Sobre estas ideas que denotan un aspecto de la realidad del trabajo estatal o público se deslizan gruesos equívocos, como identificar conquistas laborales con prebendas o inequidades y enfrentar a trabajadores públicos y privados; y sobre ellas es que tan fácilmente se promueve el consenso que tolera estas miles de cesantías. 
Al nombrarlo hay también una inversión de sentidos: ¿es trabajador del Estado?, ¿es trabajador en el Estado? No se nombra lo mismo. En un caso la pertenencia es a la estructura, a la organización institucional. En el otro, se indica un servicio, es en el Estado y al servicio de sectores de esa sociedad; según cada período analizado es a diferentes sectores de la sociedad. 
Crédito: mendozapost.com
Las miles de cesantías producidas entre diciembre 2015 y febrero 2016 en nuestro país muestran que se opera sobre estos estereotipos para disciplinar a la población y desplegar un modelo que concentra la riqueza en pocas manos. Y para desarrollarlo se vuelve al método perverso de la década del 90. Primero se difunde sostenidamente la idea de un Estado “usado” en beneficio de algunos y en detrimento del conjunto de la sociedad –como si se estuviera por hacer algo diferente–, se aviva una idea errónea y profundamente dañina: “nosotros mantenemos a miles de ñoquis”. Se despide masivamente y se plantea que luego será revisada cada situación. O se retiran del lugar de trabajo todos los implementos que permiten realizar la tarea y luego se dice que cobran sueldo para no hacer nada. Se distorsiona el sentido de la organización del Estado, se genera impacto, miedo, incertidumbre; ya se generó el consenso necesario y se negoció con las organizaciones gremiales. Esto es lo perverso: se engaña a sabiendas. Se daña ex profeso. Nadie que esté en los lugares de poder desde donde se toman estas medidas puede decir que no sabe sobre sus efectos, muy por el contrario.
Por eso es necesario repensar nuestros posicionamientos y asumir una actitud crítica y autocrítica que nos permita ejercer nuestra libertad.
En el Estado existen trabajadores seguros en sus tareas y miles en situación de precarización laboral. Son quienes tienen contratos que se renuevan si el programa o la tarea que realizan se sostiene por otro período, quienes tienen una remuneración –en general– mucho menor que la que corresponde; quienes no tienen vacaciones pagas, ni permisos especiales, ni aportes sociales; etcétera. Ese contrato se sostiene en el reconocimiento de nuevas necesidades en la sociedad que crece, o en nuevos proyectos, o en intentos de transformar viejas prácticas. Se reconoce la necesidad, se planifica su respuesta pero a la vez vacila. Es imprescindible la necesaria transformación de la actual organización del Estado, pero este procedimiento precario y que precariza –aunque se diseñe desde buenas intenciones–, no va en esa dirección. Y lo más importante, deja el campo expedito para que se pueda volver atrás con facilidad. 
La tarea, a quienes o a qué está dirigida, sus tiempos, sus espacios físicos y simbólicos, nos van definiendo modos de comportamiento. Si bien cada persona define aspectos de esta forma de ser (lo personal no queda eliminado jamás), lo principal de este aprendizaje circula por el ámbito organizacional y su particular desarrollo. La burocracia establece formas que se pretenden estables pero termina habilitando permanentes excepciones que recaen en la decisión personal. Y si bien el empeño responsable y el compromiso son parte ineludible de cualquier trabajo, lo personal no reemplaza lo institucional. Se ha invertido la carga: el Estado y sus formas de atender y desatender desaparecen, ahora la responsabilidad es de cada trabajador. La burocracia se consolida como ese territorio donde nadie se hace cargo de lo que ya está definido y a la vez todo puede redefinirse. 
El estereotipo social no refleja a todo trabajador del Estado aunque muchos se comportan como establece. Lo personal y lo institucional se imbrican, pero la responsabilidad compete en primer término a la organización del Estado. No es por fuera de la dirección de cada área, cada ministerio, cada nivel de autoridad institucional y mucho menos es por fuera de los sindicatos que quien trabaja en el Estado despliega una modalidad personal, una actitud, un compromiso con sus tareas que lo muestra al servicio de los otros, o a la inversa, que se siente con respaldo para tomar ventajas de las seguridades logradas y deteriorar la tarea y las relaciones que le competen. Como decían las abuelas: “no tiene la culpa el chancho sino quien le da de comer”. Y hay responsables de esto en cada sector. Es ahí donde hay que revisar primero si en verdad lo que se quiere es producir un cambio. 
Se desprestigia al trabajador público porque se requiere que viva intensamente la pérdida de su identidad perteneciendo a un Estado ineficiente y culpabilizándolo de ello; el registro subjetivo de vaciamiento, de pérdida y la culpa de que esto ocurra, deteriora sus potencialidades y lo sitúa como miembro de un enorme “ejército de reserva” que permite imponer nuevas condiciones laborales –todas en términos a la baja. A la vez se procura que el miedo, la irreflexión, la acriticidad sean el aspecto dominante en la sociedad para que justifique el nuevo proceso de disputa y apropiación de áreas del Estado. Se opera sobre las personas para que se sometan y para que la sociedad “entienda” y justifique, conceda. Método perverso que apela a modos distorsionados de decir (la “desvinculación de la empresa” es el despido liso y llano) como parte de una estrategia que llega a pedir a quienes van siendo cesanteados que “de acuerdo a sus capacidades” busquen un lugar donde “puedan ser útiles y felices”. Difícilmente alguien pueda luego de semejante experiencia reconocer aspectos valiosos de sí que le habiliten tal búsqueda. Un cambio de esta envergadura requiere un proceso que no se acompañó en los 90 y que no está siendo acompañado ahora. 
Este método no tiene efectos que aporten a la salud, a la adaptación activa a la realidad. Quienes quedan en medio de estas prácticas vivencian un intenso sufrimiento, están en riesgo de fragilización subjetiva, esto impacta su autoestima. Este sujeto inseguro, en un clima social que lo culpabiliza y con la complacencia de las organizaciones que debieran defenderlo, es presa fácil de las astucias del poder. Y la sociedad, bajo los efectos de la fragmentación, la manipulación y el creciente individualismo, corre el riesgo de volver a viejos métodos: la autodescalificación, el menoscabo de sus posibilidades, la autodenigración. 
Es necesario comprender este proceso, apelar a la reflexión y no repetir la historia, para asumirnos como sujetos protagónicos capaces de transformar lo que sea necesario. 

María Angélica Marmet / Directora 1ª Escuela de Psicología Social de Santa Fe “Dr. Enrique Pichon-Rivière”