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Domingo 26 de Abril de 2015

Quebrada de Humahuaca, la tierra de la Pachamama donde el tiempo se detiene

Purmamarca, ícono de la Quebrada, ofrece paisajes maravillosos y ancestrales para disfrutar. El cerro Siete Colores y el Camino de los Colorados son los principales centros de atracción

En Salta y Jujuy, dos provincias del norte argentino hermanadas por el Camino del Inca, suele escucharse a menudo la palabra “sayta”, que en lengua aymará significa lugar para descansar o donde el tiempo se detiene. Y vaya paradoja. Porque lejos de la vorágine en la que están inmersas las grandes urbes, en el NOA se respira aire puro y las pulsaciones suben sólo cuando suelen realizarse esfuerzos físicos debido a la altura en la que se encuentran los pueblos andinos con respecto al nivel del mar.

Al llegar a Salta, ya sea vía terrestre o aérea, los valles entre medio de montañas boscosas, espejos de agua y animales silvestres dominan la escena. Y al transitar el camino en sentido norte hacia Jujuy por la ruta 9, los caminos sinuosos de cornisa atraviesan la frondosa y tupida selva de montana, allí donde los cóndores se dejan ver de vez en cuando y donde las nubes descargan precipitaciones que rondan los 2.500 milímetros anuales.

Cerca de cien kilómetros dividen a Salta de San Salvador de Jujuy, y otros 65 de esta capital jujeña a Purmamarca, ícono de la Quebrada de Humahuaca. Esta pequeña aldea de 800 habitantes se encuentra al inicio de la ruta nacional 52, trayecto que va camino a las Salinas Grandes y al Paso de Jama, paso fronterizo con Chile.

Al aproximarse, un macizo rojizo con matices similares a un arcoíris de fondo junto a un río que dibuja un estrecho camino sinuoso entre árboles y cardones hace que la realidad se transforme en ficción, al menos por el espacio que dura la estadía en la aldea. Y al girar el cuerpo y contemplar el paisaje, el imán es el cerro Siete Colores, famoso por sus matices que enamoran a propios y extraños. Es que esta formación sedimentaria arroja una gama de colores que van desde el violeta, rojo, anaranjado, ocre, verde musgo, blanco y en algunos casos tonos azulados.

Al recorrer el pueblo, conmueve ver sus calles angostas donde aún se conservan pintorescas construcciones de adobe de siglos pasados, al igual que su iglesia del año 1648, la cual fue declarada Patrimonio Histórico Nacional. También ostenta un cabildo y un algarrobo añoso de 620 años, donde –según cuentan los pobladores– el cacique Diego Viltipoco acogió con un vaso de chicha (fermentación de maíz) al primer evangelizador castellano.

La comarca apenas tiene cinco cuadras de ancho por cinco de largo con la plaza 9 de Julio en el centro de la aldea, donde los artesanos la decoran con sus particulares artesanías: aguayos, ponchos, bolsos rústicos, cuencos, vasijas en cerámica e instrumentos musicales del altiplano. Cuentan que en enero se puebla de copleros en un tradicional encuentro. Y en agosto, gran cantidad de feligreses se aglutinan para venerar a la Virgen Santa Rosa de Lima, que es la patrona de la aldea.

El paseo de Los Colorados es maravilloso y vale la pena recorrerlo, porque contornea a la aldea por el flanco sur. Es precisamente la cara posterior del cerro Siete Colores y de matiz rojiza, por lo que no faltará aquel que por un instante recuerde al Valle de la Luna. A lo largo del trayecto cualquier foto que se dispara de la cámara se transforma en una postal. Para los amantes de los deportes extremos, el terreno permite recorrer el paisaje en bicicleta de montaña o las carreras de aventura, aunque la altura juegue su parte. Sólo bastan ropa y calzado cómodos, y alguna bebida para hidratarse.

Los casi 2.200 metros en los que se encuentra el poblado se sienten al realizar esfuerzos, aunque pasan a un segundo plano ante tamaño paisaje. Ese camino también permite ver el cementerio de altura, una tradición muy arraigada de los pueblos originarios, quienes tomaron esa costumbre para que sus seres queridos puedan estar más cerca del cielo.

Al caer la tarde, saliendo hacia el oeste por la ruta 52, precisamente en el kilómetro 3,5, existe un excelente lugar para relajarse y disfrutar del sonido que emiten los pájaros en medio del silencio. Se trata del Manantial del Silencio, un hotel boutique construido en 2001 con diseño arquitectónico colonial, sobrio y clásico, que respeta las construcciones de la zona en material de adobe y cañas vistas en interiores. Sus cómodas y amplias habitaciones con vista hacia los cerros, sus amplias galerías, ambientes decorados con elementos pertenecientes a familias del norte argentino, spa con vista hacia el amplio jardín y las montañas hacen un lugar ideal para descansar.

El restaurante ofrece exquisitos manjares elaborados por el cheff Sergio Latorre, pionero en la cocina andina. Además, el lugar cuenta con una cava para degustar vinos selectos y un espacio verde y florido al aire libre para celebrar eventos, reuniones empresariales o casamientos. La cocina andina ganó mucho terreno en el norte. De hecho, la llama ya no es más el animal de carga que solía ser. Hace muchos años, se caracterizaba por transportar pesados bloques que se extraían desde las salinas. Ahora, a fuerza del auge turístico –sobre todo el extranjero– forma parte de los platos principales en Purmamarca, al igual que el cordero o el pejerrey proveniente de los humedales de la zona.

El río Grande fluye por la Quebrada a la vera de la ruta nacional 9, donde se levanta una hilera de pueblos que aún conservan lo más preciado de las culturas ancestrales. El paisaje próximo al salir de la “comarca multicolor” es Posta de los Hornillos, donde el general Díaz Vélez “vistió” los cardones que florecen en el clima árido y seco de la región para engañar al Ejército Realista que descendía del Alto Perú.

El sol sale y de a ratos se esconde entre las nubes. Los colores abundan en la región. Maimará es famosa por “La Paleta del pintor”, un macizo en el que se fusionan colores de diversos matices en pinceladas, lo cual torna el paisaje por demás de pintoresco y maravilloso. Lo que también se nota al transitar por la ruta son los cultivos de flores y hortalizas en pequeñas parcelas en las que no se advierte la presencia de maquinaria agrícola. Son las propias familias las que se encargan de levantar los cultivos y comercializarlos en los mercados y hoteles de la zona.

A 84 kilómetros de San Salvador aparece Tilcara, conocida como la capital arqueológica de Jujuy. Esta ciudad de seis mil habitantes fue la que “más rápido creció de la Quebrada en comparación con las otras”, según cuentan los guías turísticos de la zona. Es por esa razón que “el 80 por ciento de la población vive del turismo”, ya que Tilcara posee atractivos como el Pucará (especie de fortaleza de los pueblos originarios regado de cardones y ubicada en altura en forma de pirámide) y su jardín botánico de altura; la Garganta del Diablo, museos, la iglesia de la Virgen del Rosario y San Francisco de Asís.

Al llegar a la ciudad, todos quieren conocer el Mercado Municipal para comprar papines –tan codiciados en la zona–, frutas, hortalizas y especias. Llama la atención para aquellos que no son de la zona, ver las reces de de animales recién faenados arriba del mostrador. Y aunque parezca extraño, el clima frío y seco de la mañana lo mantiene fresco.

Aún son las 10 de la mañana y el ritmo en Tilcara recién comienza. Hay que hacer tiempo hasta tomar el micro a Humahuaca y para eso nada mejor que beber una bebida tradicional e ideal para recargar pilas como el api, una infusión caliente compuesta por maíz morado, azúcar, limón y canela. “Estos últimos tres ingredientes son parte de la influencia colonial”, explican acerca del brebaje almidonado de color violáceo.

Camino a la capital de la Quebrada se encuentran Huacalera y Uquía. El primero exhibe desde la ruta un particular reloj solar que apunta al cénit, justo por donde pasa el trópico de Capricornio, que divide a la provincia norteña en dos regiones. Cuentan que la festividad popular de allí es el Inti Raymi o Fiesta del Sol, que se realiza en el solsticio de invierno y le da la bienvenida al nuevo calendario agrícola. “Para el pensamiento andino significa la noche más larga, donde precisamente la vida comienza a renacer”, reseñan.

A 16 kilómetros de ahí se encuentra la pequeña Uquía, cuyo atractivo es el templo de la Santa Cruz y San Francisco de Paula construido en 1691. Al descender del vehículo e ingresar, llaman la atención los óleos de los “Angeles Arcabuceros” que ilustró la escuela cuzqueña durante la colonización andina. Y también la llave de plata original y en tamaño real, dado que casi no cabe en la mano. Un dato no menor es que al costado del campanario aún se conserva un árbol añoso, donde los lugareños afirman que “el general Belgrano durmió una siesta antes de partir hacia el norte”.

En épocas de carnaval, desde la Quebrada de las Señoritas descienden los diablos enmascarados para tomar parte de la gran fiesta de la Quebrada, que se realiza una semana previa a la Cuaresma y perdura hasta el sábado siguiente, cuando llega la hora de enterrar al diablo, un ser muy distinto al que se conoce en occidente. “Es el Dios en lo terrenal”, acotan.
Tras un intenso ascenso entre pueblo y pueblo, caminos sinuosos y paisajes mágicos, está Humahuaca, la capital de la Quebrada, donde viven 16 mil habitantes. Es casi mediodía y el cielo diáfano le da paso al sol para dejar flechado al primer desprevenido que olvidó ponerse protector. Es que aunque el clima seco lo disimule, a tres mil metros de altura el sol se siente mucho más que en el llano.

Posee un gran mercado para comprar alimentos y a escasos metros una plaza central, donde no falta un niño que compra con su ternura al primer turista que se topa y le recita una copla a cambio de una donación. Sobre el extremo oeste, ceñidas a la parroquia, unas escalinatas enseñan el camino hacia el Monumento a los Héroes de la Independencia y el Ejército del Norte. Allí nada es casualidad: el camino de subida tiene tantos escalones como los kilómetros que recorrían los chasquis hasta la capital provincial para avisar la llegada del Ejército Realista.

El 2 de febrero, día de la Virgen de la Candelaria –patrona de Humahuaca–, llegan desde Salta una delegación de gauchos a caballo para conmemorar esa festividad en medio de música y bailes típicos de la región andina. Además, la ciudad posee otra particularidad. Es que las agujas de la torre-reloj marcan las doce y la plaza se llena de turistas y pobladores. De repente, como si se tratara del reloj cucú de Córdoba, sale la imagen de San Francisco Solano (el santo del violín) para bendecir a todo el pueblo mientras de fondo suena el Ave María, una muestra cabal de la religiosidad de la región.

Camino hacia el paraíso terrenal. Tras la visita al centro de Humahuaca, el viaje continúa hacia el norte. Un puente por calle Salta cruza el río Grande y luego comienza la ruta provincial 73. A pocos kilómetros el camino se transforma de ripio y con el correr de los metros, comienza a ascender mientras se abre paso en la montaña. Son 24 kilómetros la distancia a recorrer hasta llegar a las serranías del Hornocal, pero la prudencia del conductor hace que el trayecto demore cerca de una hora.

Al llegar al mirador, el viento sopla fresco a 4.200 metros de altura. Pero un cordón montañoso multicolor en forma de V invertida se divisa de frente y deja a más de uno boquiabierto por la belleza del macizo de piedras calizas impregnado de colores que, según los guías, suman catorce. Es un espacio virgen, donde reina la paz y el silencio aturde. Al promediar la tarde, el sol pega sobre el macizo mientras en otro sector se percibe una cortina de lluvia sobre un valle que se abre al pie del Hornocal. Así es la tierra de la Pachamama, mágica y ancestral por donde se la mire, donde el tiempo parece detenerse en cada paisaje y cada pueblo al costado del camino.

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