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Jueves 10 de Agosto de 2017

El joven Baby no es ningún aprendiz

El crítico de cine Roberto Lapalma hace un análisis de Baby: el aprendiz del crimen, una película de acción de 2017 escrita y dirigida por Edgar Wright y protagonizada por Ansel Elgort, Kevin Spacey, Lily James, Eiza González, Jon Hamm, Jamie Foxx, y Jon Bernthal.

Cine de acciones en abundancia, así en "Baby, el aprendiz...", una comedia (livianita, es cierto) que coquetea con el drama, ironiza con los thrillers tradicionales y donde no escasea el humor. Contiene endiabladas persecuciones automovilísticas por las calles de Atlanta y, entre sus personajes, hay de todo un poco, buenos y malos, lindos y feos, ladrones y asesinos sin escrúpulos. En realidad, todos forman parte de una historieta alocada, ágil y divertida, que es lo que hace atractivo al producto, aunque todo resulte algo superficial.


Digamos, tampoco se trata de una gran película (Wright no es Tarantino..., aunque no anda lejos de él), pero aquí conjuga unas cuantas ironías, mientras nos muestra a un muchacho corriente (Ansel Elgort), que nunca se quita los auriculares de sus oídos, con los cuales se lo pasa escuchando música. Es también un conductor sumamente avezado (y temerario) a la hora de tener un volante en sus manos. Trabaja para un asaltante de bancos (Kevin Spacey), que lo necesita por su destreza y velocidad a la hora de perpetrar un robo para huir de manera inmediata. Suele coquetear con una jovencita (Lily James), cuya ocupación es menos arriesgada, es la mesera del bar que frecuenta habitualmente.


Dentro de ese reducido núcleo de personaje se centra el relato, el resto son los miembros de la banda y, entre otros, el viejo sordo e inválido padre adoptivo del protagonista. El osado automovilista sólo se preocupa por escuchar música y por ganar dinero (aunque sea mal habido) como para hacerse de un capitalcito y, en el futuro, dedicarse otra cosa. En el mientras tanto su vida sigue siendo así, con algo de suerte y viento a favor...


"Baby..." es una película sencillita y alocada, un producto menor (de esos que suelen catalogarse como de clase B), que a veces pasan desapercibidos. Lo salva en este caso el británico Edgard Wright, que con ingenio, un austero presupuesto (su producción tuvo un costo de 34 millones de dólares, pero la recaudación internacional hoy cuadruplicó esa suma) y una probada solvencia materializó esta ágil, ocurrente parodia.