Santa Fe
Domingo 02 de Octubre de 2016

Aseguran que el narco controla la costa del Paraná

Lo dice la socióloga Laura Etcharren, asesora de gobiernos provinciales en el tema narcotráfico, quien hace poco se reunió con Miguel Lifschitz. La experta señala que el 55% de la droga que ingresa a Santa Fe lo hace por el río. Afirma que debe haber más presencia de Prefectura.

"A la provincia de Santa Fe el 55% de la droga ingresa por las vías fluviales", sostuvo la socióloga Laura Etcharren, asesora de los gobiernos de Buenos Aires y Córdoba en materia de seguridad y narcocriminalidad, quien días atrás se reunió en Rosario con el gobernador de la provincia Miguel Lifschitz.
En una entrevista que publicó ayer diario La Capital, realizada por el periodista Claudio González, Etcharren explicó que "el resto de la droga llega por tierra y muy poco por el tránsito aéreo", a diferencia de lo que ocurrió en otras épocas. La socióloga dice que "Santa Fe tiene todo el río tomado por el narcotráfico, esa es la realidad. Por eso la importancia de una mayor presencia de Prefectura Naval. Además hay que prestar atención a la cercanía con la provincia de Corrientes, lugar al cual llega la marihuana desde Paraguay y por donde ingresa a Santa Fe.
Respecto al lugar que ocupa la provincia en el comercio de droga en el país, la asesora señala que "Santa Fe ocupa el segundo lugar en el PBI narcodelictivo nacional detrás de Buenos Aires. Cada una tiene un enclave: en Buenos Aires el conurbano y en Santa Fe, Rosario. Y ambas tienen una dinámica diferente al resto de la provincias. Son lugares donde se genera la concentración no solo de bandas sino también de células internacionales vinculadas al narcotráfico".
Etcharren es crítica de la incorporación de más policías a las fuerzas de seguridad, sin una evaluación pertinente y sin generar condiciones para sumar efectivos. Sostiene que más policías es equivalente a más delito.
Cuando se le pidió detalles en torno a esto, señala: "Cuando digo a más policías mayor delito, me refiero a lo que pasa dentro de la fuerza. Está el mal ejemplo de Buenos Aires, que incorporó 20.000 policías a una fuerza totalmente estragada. Lo único que hizo fue generar más delitos porque no se configuró una fuerza nueva sino un brazo armado de segunda, orgánico a lo existente. Hay buenos agentes, pero algunos reportes indican que unos mil no pasan el examen psiquiátrico. En el caso de la llegada de las fuerzas federales el tema es distinto. No es que vaya a ser mejor o peor. Todo va a depender de la reacción de la policía provincial, que puede sentirse ninguneada y afectada no solo en su ego sino en su capacidad operativa e investigativa. Evidentemente, si se necesitó de esto es porque la policía provincial fue deficitaria en la lucha contra la inseguridad y el narcotráfico. Lo más sano es que las fuerzas federales puedan articular con la policía provincial para crear un clima de seguridad real y no parches".

Décadas perdidas

—¿Se perdió mucho tiempo?
—Se perdieron décadas. El proceso del narcotráfico en Argentina viene desde mediados de los 70. En los 80 éramos un país de tránsito. En los 90 aparecen organizaciones criminales y Argentina presentaba las condiciones para que anclaran aquí. Entonces empezamos a ver la conformación de pandillas. En los 2000, con la crisis política, social y económica y el alto nivel de desempleo se genera una mano de obra que no encontró dónde ir. Y la creación de planes sociales sin trabajo fue nefasta porque fue la variable, no el complemento del trabajo. Con esa crisis se produce un primer quiebre del tejido social y mutación del delito. Pasamos a un Estado embrionario en materia de narcocriminalidad. El segundo quiebre se produce en 2010, con la mutación al narcocrimen. Y el punto de inflexión con el manejo de la efedrina, entre 2007 y 2008, cuando se consolidan las relaciones con cárteles de México. Entonces la Argentina es elegida y se deja elegir para abrir el mercado de diseño de drogas. La tercera mutación se produce este año con un tejido social desintegrado y la lógica extorsiva.
—¿Qué sería esa lógica?
—Tiene que ver con los cambios de políticas y el choque de decisiones. La decisión de dar lucha al narcotráfico a nivel nacional después de quince años y de circunscribirnos a decir que somos meramente un país de tránsito y la decisión del narcotráfico de no querer ceder el territorio. Si me diste un sector corrupto de la policía, territorio, marginalidad y connivencia ¿qué me vas a dar ahora para que me vaya? En ese choque se van plantando muertos. Es lo que le pasa en Buenos Aires a la gobernadora María Eugenia Vidal, que no recibe valijas del narcotráfico y le plantan cadáveres. Y en Rosario pasa lo mismo. La cosecha de cadáveres por lógica extorsiva es por el freno al narco.
—¿En qué pudo complicar que Santa Fe no adhiera a la ley de narcomenudeo que rige desde 2005?
—Yo incentivo a todas las provincias a que adhieran a esa ley. Si cada provincia lo hiciera se podrían crear bancos regionales de datos que aporten a la Nación, y que desde allí se establezcan políticas. El tema es que durante años Santa Fe no hizo nada porque se fío en que el narcotráfico es un delito federal. Pero la provincia está sometida por el narcotráfico y el control ya no está en la policía sino en el narco, algo tenés que hacer.
—¿Qué habló con Lifschitz?
—Yo siempre fui crítica de la gestión en la provincia. Le di al gobernador mi visión de Santa Fe y el diagnóstico nacional. Él es seguidor de mi trabajo y me pareció muy positivo el encuentro. (El ministro de Seguridad) Maximiliano Pullaro visitó la fuerza antinarco de Córdoba, que depende del fiscal general Alejandro Moyano, y a partir de eso surgió la invitación para charlar sobre el tema. Es un debate que se inicia y es sano que se haga.
—Nombró a la policía como un sector de poder en connivencia con el delito. ¿Cuáles son los otros?
—El poder político, el económico, el empresariado. No es tan fácil lavar dinero si no hay vínculos con la economía legal. Y la Justicia por supuesto. Lo que hace que el narcotráfico se consagre son el culto a la impunidad, el cultivo de la marginalidad y la jactancia de la anomia.
—Se habla de más policías, más gendarmes pero no de lo social.
—Esto debe ser un trabajo integral.
Un plan de lucha contra la inseguridad y contra el narcotráfico tiene que estar atravesado por el desarrollo humano integral. Los planes contra la inseguridad y el narcotráfico tienen un punto de convergencia que es crear un clima de seguridad desde el desarrollo humano, con trabajo, salud, educación y vivienda. Hay que entender que la droga genera violencia y, como enfermedad, es la base del delito.
—¿Cómo se ataca el problema?
—No hay que anunciar tanto lo que se va a hacer. El búnker que tuvo su auge con niños como soldados se fue desdibujando y pasó a ser un punto de venta con delivery. Cambió de acuerdo al tipo de persecución. Vamos a seguir vendiendo y matando pero nos vamos a mover. Sigue habiendo búnkeres. Puede ser una verdulería, un kiosco o lo que yo llamo «hogar tergiversado». Cuando la casa es el punto de venta de droga, la cocina, el lugar de acopio. Y en la misma mesa donde los niños meriendan o hacen los deberes, se corta cocaína, se arman porros o se cuenta el dinero y tenés un arma de fuego. Es la socialización primaria del niño con la droga y no con la educación, y a partir de allí es un viaje de ida que no tiene retorno sin desarrollo humano integral.


Las "narcomaras", el inquietante fenómeno que gana terreno

Etcharren tomó como estudio de su libro editado en 2009 el fenómeno de Las Maras, grupos de pandillas violentas que se desarrollaron en Centroamérica. Sostiene que ese fenómeno en Argentina no crece de la misma forma, sino con fusión y particularidades locales. Y las denomina "Narcomaras", que mutan al crimen organizado según la globalización y las vertientes del narcotráfico. Dice que importaron algunas conductas de los cárteles de México o Colombia, pero tienen vida propia. Según su teoría, el fenómeno se presentaba como un conflicto emergente de la pobreza y la marginalidad. Encontrar en la pandilla un grupo de pertenencia, un poder colectivo que individualmente no se tenía. Una forma de presentarse ante el mundo a través de una construcción subjetiva que no fue entendida, por muchos investigadores y por muchos políticos que forjaron, por omisión y negación, una estructura de poder.