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Lunes 25 de Enero de 2016

Cuando ‚Äúcomer mal‚ÄĚ causa verg√ľenza: obsesi√≥n y fanatismo

EE.UU. encontró una forma de nombrar y describir al temor que algunos sentirían al consumir alimentos “no sanos”, bajo la mirada juzgadora de los otros. Opiniones locales.

Estados Unidos siempre fue muy bueno para imponer modas o rotular conductas o tendencias, y constantemente sorprende con alguna otra nueva. 
Recientemente, allí comenzaron a hablar de “shametarianism”, apelando a una suerte de juego de palabras entre “shame” (vergüenza) y la terminación “ismo”, que significaría algo así como “el temor a ser condenado por lo que se come” o por “comer mal”.
Un poco en línea con lo que pasó –y pasa– desde que se sancionaron distintas leyes antitabaco en el mundo: el que fuma no es bien visto. O los que expresan distintos movimientos “anticonsumo” que, no pocas veces, alcanzan grados de fundamentalismo e intolerancia nada saludables. 
Quizás un hecho representativo de ese modo de ver las cosas se grafique con lo que le ocurrió al autor español de Comer sin Miedo, agredido en una edición de Feria del Libro en su país el año pasado y, supuestamente amenazado otras veces “de muerte”, por sectores militantes de modos más rígidos de alimentarse.
En el intento –persistente y peligroso– de clasificar y patologizar cada conducta, el temor a ser criticado o sentir vergüenza por lo que se come, pretende instalarse en el país del norte como una especie de nuevo “trastorno”. 
Al menos así parece, tras en un vuelo rasante sobre el intercambio mediático entre opinólogos, profesionales de la salud y redes sociales.
Tratando de no reproducir en un todo esa mirada, y para aportar una más cercana sobre el tema, Diario UNO dialogó con una nutricionista santafesina y opinó sobre el caso el psicoanalista Carlos Giusti. 
 Además, una docente universitaria, desde su testimonio como vegetariana, se permitió reflexionar sobre el asunto. Se llama María José Otero. Vive en Capital Federal. Es abogada, licenciada y máster en Relaciones Internacionales, dedicada de lleno en ese campo pero en el ámbito de la Gestión Educativa. También docente en varias universidades: de La Matanza, de Palermo y la UAI, entre otras.
Desde hace casi tres años es “vegetariana”, según se autodefine, y en ese tránsito gradual fue dejando de consumir todas las carnes. Hoy, “no come animales ni muertos ni vivos” –ironiza–, y trata de evitar todos sus derivados. 
Solamente leche, y huevo en menor medida, “porque en determinados momentos las mujeres necesitamos los nutrientes que estos alimentos aportan”, explica.

El respeto al “reino animal” 
En lo sustancial, para ella se trata “de una cuestión filosófica” que no está necesariamente vinculada a comer sano o no. “Considero que los animales sufren mucho al momento de ser matados y que hay una industria muy, muy cruenta en relación a ello. Los animales no son una mercancía”, sintetiza contundente.
Y profundiza: “Son seres vivos, con su autonomía y no debemos hacer un uso propio de ellos”. 
Para Otero, las diversas formas de crianza, faenamiento e industrialización suponen un trato impiadoso: “Se los manipula genéticamente, crecen en condiciones lamentables, la forma en que se los mata es muy cruel y ellos sienten”, enfatiza.
Tiene como principio el “respeto al reino animal” generado en un fuerte vínculo con los animales domésticos. “Siguiendo esa lógica, del mismo modo en que no puedo comerlos tampoco puedo comprarlos para tenerlos en mi hogar”, dice.
—¿No cree que ese hábito pueda devenir en una forma de obsesión o fanatismo?
—En mi caso no lo creo. Es una forma de vida que no pretendo imponer. Ni siquiera a mi hija le prohibiría que coma fastfood. Yo soy vegetariana y no creo que haya vuelta atrás en eso. Además, trabajo todo el tiempo, no tengo como hábito cocinar y una alimentación tan elaborada y estricta que no contemplara alternativas sería muy cara. Por eso recurro a suplementos como la vitamina B y a otros de origen natural. No es rígido. Sustituyo: en vez de comer un alfajor, como una fruta, en vez de una gaseosa, una bebida de soja.
—Elige lo que considera más saludable entre lo que tiene a mano.
—Sí y no. Comer sano y no comer animales son dos cosas distintas. Yo evito en lo posible todo lo que provenga del sufrimiento animal y lo vivo con mucha naturalidad. Saludablemente, intenté comer toda la vida: poco azúcar, pocos alimentos refinados, nada frito, cero alcohol, no fumo...Pero no comer carne como dije es una cuestión más filosófica, un modo de ver el mundo. Si me invitan a un lugar y hay asado, no voy a imponer a otros que no lo coman. Yo como otra cosa, y listo. 

Rechazos cruzados
—No sé si es su caso, ¿pero cree que hay gente que juzga a los que no piensan como usted?
—Hay de todo. Sin generalizar, grupos que hasta que se fijan en qué champú, productos medicinales o cosméticos usar. Es respetable, pero cuando eso se radicaliza no es bueno y hasta inviable para muchos. Yo no condeno a quien come de otro modo. Pero vale decir que el rechazo viene por ambos lados.
—¿Sintió alguna vez culpa, ansiedad u otro malestar por no comer del modo en que cree “debe” comer?
—No. Porque reitero que no es una preocupación por “lo sano”. Podría comer papas fritas, por ejemplo, pero trato de evitarlas porque trato de evitar lo frito en general. Creo que me genera más malestar tener que explicar por qué soy vegetariana o responder a comentarios como “¿No comés asado?...¡No sabés lo que te perdés!”

Shametarianism y ortorexia
La santafesina Nadina Scolnik es licenciada en Nutrición, abogada y, también, curiosamente, vegetariana; aunque no de un modo estricto. 
Y esa característica no opera como condicionante en ningún sentido al momento de tratar a sus pacientes.
Consultada por Diario UNO consideró que, “hasta el momento, algo similar al «shametarianism» se presenta dentro de cuadros de trastornos alimentarios tipificados como la bulimia o anorexia nerviosas, aunque no como condición obligatoria para que se configure el cuadro”.
“En el mismo nivel –agregó– pueden ubicarse las diferentes formas de compensación que el paciente puede o no realizar luego de la ingesta de alimentos (actividad física, purgas, entre otras). Estas situaciones pueden presentarse o no dentro del trastorno alimentario principal, aumentando las características individuales que lo describen”.
“Pero –diferenció– aun cuando se presentan, tampoco se fundamentan en la «vergüenza» por el consumo de determinado tipo de alimentos, sean sanos o «chatarra». Por ejemplo, el anoréxico no come en público porque tenga vergüenza, sino porque así lo dispone”.
—¿Qué observa usted en su práctica clínica o desde un análisis más amplio?
—En Argentina ese cuadro no está tipificado como trastorno alimentario. Sí la ortorexia, cuadro que deja de tener como eje principal el peso de la persona y cuyo objetivo es lograr una alimentación lo más sana y natural posible, pasando a demonizar cierto tipo de alimentos o productos alimenticios ya sea por su forma de elaboración, componentes, efectos sobre el organismo, impacto sobre la naturaleza que produce su producción o elaboración, etcétera. 
“Y aquí radica –enfatizó Scolnik– uno de los principales problemas al abordar a un paciente con este tipo de problema, como es la infinidad de fundamentos que esgrimen respecto del porqué van eliminando alimentos de su lista; fundamentos, en su gran mayoría, sin sustento o contradictorio con otras características del estilo de vida del mismo. El riesgo de este cuadro es la mutación hacia tipos de alimentación extremos y con gran carga de fanatismo como el Veganismo”.
“La tendencia que sí se observa claramente es la necesidad de algunas personas que eligen determinada actividad como forma de trascender y diferenciarse del resto (alimentación, actividad física, prácticas de otros tipos). Esto, llevado a la práctica de una manera responsable, no implicaría ningún tipo de inconveniente o riesgo potencial sobre la persona misma”, aseguró. 

Lo que alerta
—¿Y cuándo comienza a ser un problema?
—El problema, creo yo, es la forma en la que se va desvirtuando el objetivo inicial, al comenzar a predominar en las acciones la obsesión y el fanatismo. Estas características obsesivas y/o fanáticas, son expuestas por quienes las proclaman y visibles en la necesidad de convencer al otro; y copiadas por pares del entorno, generándose una suerte de “teléfono roto” en el que prima la información sin fundamento científico, la atribución de propiedades mágicas a determinados alimentos, prácticas, etcétera. Y el riesgo inminente ocasionado por las distorsiones a las que voluntariamente se exponen estas personas.
“Pero más grave todavía me resulta el “nicho” (en términos de marketing) que crea esta tendencia, el cual es gratamente aprovechado por el mercado en la publicación de libros a cargo de gurúes de determinadas disciplinas, venta libre e indiscriminada de productos naturales, farmacológicos, suplementos, cursos de capacitación, entre otros tantos”, cuestionó Scolnik. 

El veganismo y sus límites
—Volviendo al tema del miedo a comer algo y ser por eso rechazado, ¿qué agregaría?
—Sobre lo que se describe como Shanetarianism específicamente, considero que es un suerte de “efecto secundario” lógico de aquellas personas que eligen las redes sociales para exponer su vida. De la misma forma que una foto retocada por Photoshop y subida a la página de algún famoso seguido por miles de personas puede ser inmediatamente desvirtuada por una tomada con celular y subida a la misma red social. 
“Por ejemplo –ilustró en ese sentido–, alguien que promociona fanáticamente el veganismo puede ser escrachado en una foto o video comiendo una bife de chorizo o fumándose un cigarrillo. Al elegir esta forma de aprobación del estilo de vida que elijo, sin querer me transformo en esclavo de mis propias reglas de juego, ya que mis seguidores me apoyarán y mis detractores buscarán ponerme en falta permanentemente”.
“De esta forma –reflexionó y completó Scolnik– solo podré romper esas reglas autoimpuestas en la soledad absoluta, en la que recuperaré la libertad para quebrar tanta rigidez en la selección alimentaria autoinflingida. Mi vida pública es perfecta y supuestamente mi vida privada también lo será, al menos hasta que alguien demuestre lo contrario”.

Una manifestación de la tensión entre el deber ser del otro y del deseo propio
Carlos Giusti / Psicoanalista


Ante el surgimiento de cualquier moda o tendencia, podemos plantearnos una primera cuestión, que es reconocer cómo se imbrican los fenómenos sociales y subjetivos en nuestra época, corroborando que “no hay oposición entre psicología individual y social, ya que la psicología individual es simultáneamente psicología social en este sentido más lato, pero enteramente legítimo”, como lo planteó Freud en Psicología de las Masas, y lo enunció Lacan en su Manifiesto de Roma al referirse a la función de “intérprete” del analista: “Mejor, pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época”.
A partir de allí podríamos intentar una lectura de lo que periodísticamente se propone como que “comer mal empieza a estar mal visto” y que surgirían “nuevas formas de condena social”.
Inicialmente, se introduce lo “mal visto” y la (supuesta) “condena social” de lo que es una manifestación singular, es decir, de lo que fundamentalmente corresponde a la responsabilidad de un individuo consigo mismo. En este caso, el comer, confundiendo la función orgánica de la alimentación y “lo saludable”, con lo que es del orden de un goce que cada sujeto encuentra en “el gusto” o “disgusto” que le significa su elección. 
Con lo cual se ponen a jugar no solo cuestiones normativas, de lo “bueno” y lo “malo”, sino esencialmente subjetivas, como lo constituye la función del deseo, porque no solo una misma comida puede gustar a unos y a otros no, sino que las determinaciones en cada caso difieren y no hay demasiadas razones sobre ellas, ya que sus causas permanecen en la trama inconsciente relacionadas a la historia de cada sujeto.

Nada nuevo
La denominación dada en EE.UU. (como no podía ser de otra manera, ya que allí la moda o tendencia es a catalogar, etiquetar y moralizar, las conductas y fenómenos) al nuevo trastorno alimenticio, Shametarianism, intenta darle entidad subjetiva y social a lo que solo es una manifestación más, en nuestra época, de esta dialéctica entre el deber-ser del Otro y el deseo del sujeto.
Porque que en realidad pretende nombrar como si fuera una generalidad, para todos igual, lo que provoca el no cumplimiento de un nuevo ideal: la vergüenza y el ocultamiento a la mirada censuradora (superyoica) del Otro (que pueden ser sus semejantes, como los amigos), por no cumplir con el modelo cultural alimenticio “saludable” (para esos otros).
El peligro del mandato social
Al plantearse como condena social el hecho subjetivo singular, haciendo prevalecer lo mal visto de una imagen que no se corresponde con lo bueno, lo sano, lo correcto, como lo que uniformizaría a todos en un “todo ideal” (desintoxicado, desengrasado y con el sentido implícito: deslibinilizado), se está desconociendo una diferencia esencial.
Es la diferencia esencial entre la existencia de reglas, normas, incluidas las tendencias y modas, que son parte de un ordenamiento simbólico-social que incluye y regula los lazos entre los sujetos, posibilitando los diferentes cauces al deseo y el goce; y lo que se puede llamar mandatos superyoicos, que se instalan culturalmente pretendiendo ordenar el bien y el mal para la generalidad de los sujetos. 
Lo que siempre subyace es la figura imaginaria de un Otro, que puede estar personalizada, institucionalizada, o representada en esas difundidas modas o tendencias, que encasillan a los sujetos en algún deber-ser. El cual puede variar, abarcando diferentes intereses, valores y prejuicios: ser saludable, ser flaco, ser exitoso, ser derecho y humano, y así hasta ser feliz... armonioso… equilibrado…” puede constituirse, paradójicamente, en un mandato superyoico.
Eso encuentra diversas respuestas, determinadas por la posición subjetiva de quienes son alcanzados por estas demandas que desde los medios de difusión y las redes sociales se transmiten como verdades inapelables.
Una forma de hipnosis
Lo anterior, puede homologarse al fenómeno de la hipnosis, donde el sujeto queda fascinado ilusoriamente por el poder-saber del hipnotizador, sostenido en el lugar del Otro.
Como también en algunas prácticas psicoterapéuticas, donde en lugar de la pregunta por el deseo del sujeto, prevalece el listado de conductas correctas o la indicación o consejo que siempre detenta el terapeuta, como el Otro que puede saber Todo, taponando así la significación que, en tanto síntoma, expresan.


Mariano Ruiz Clausen/ UNO Santa Fe/ mruiz@uno.com.ar