santafe
Sábado 13 de Febrero de 2016

Una historia guiada por el respeto y la comprensión

Omar Ferrero (77) y Gladys Orecchia (75) hace 52 años que están casados, viven en Santo Tomé y son docentes jubilados. Pasaron pruebas difíciles como maestros rurales, pero en “la adversidad se fortalece el matrimonio”, aseguraron. 

Las calles del tranquilo pueblo de San Justo (hoy ciudad), fueron testigo hace 54 años de las miradas que intercambiaron Gladys Orecchia (75) y Omar Ferrero (77). En un cumpleaños de 15 decidieron empezar un noviazgo que duró dos años, hasta que el 4 de abril de 1964 decidieron confirmar ese amor ante Dios. Ambos son docentes y hoy jubilados por esa profesión. Viven en Santo Tomé, son padres de dos hijos y abuelos de cinco nietos. En el Día de San Valentín y con más de medio siglo juntos, comparten su historia, una relación de amor que se fortaleció en la adversidad y que tiene como ingredientes claves el respeto y la comprensión.
“Nos conocimos en San Justo, era un pueblo chico y todos se conocían, por eso nos cruzamos en algunas calles e intercambiamos miradas. Nos veíamos como vecinos del pueblo, pero nada más y la culpa la tiene un cumpleaños de 15 de la hermana de un amigo en común y ahí empezó un noviazgo de dos años”, así relató Omar cómo empezó todo. Por entonces, ella tenía 21 y él 23 y ambos eran docentes, título que alcanzaron en la escuela Normal Superior Nº 31 República de México de esa ciudad.
Él trabajaba en una escuela ubicada a siete kilómetros del pueblo, en la zona rural; y ella también, pero en un establecimiento ubicado en un paraje conocido como La Brava. Omar estaba como suplente porque el titular cursaba una capacitación que dictaba el Ministerio de Educación para docentes del interior y era por cuatro años. “La ilusión era que por ese lapso de tiempo estaría en esa escuela, entonces decidimos casarnos. Ella dejó de trabajar para irse a vivir conmigo al campo”, agregó el santotomesino. 
Con bombos y platillos y como “Dios manda”, se casaron y se fueron de luna de miel. Al regreso comenzaron a hacer la mudanza hacia el nuevo hogar. Él era personal único por lo tanto trabajaba mañana y tarde; y al lado de la escuela había una casa pequeña donde iban a vivir. “Al día siguiente que llegamos para instalarnos, estaba armando un ropero y llega un auto con el titular de la escuela para decirme que se habían suspendido los cursos y que tenía que regresar a la escuela. Me quedé sin trabajo, recién casado y ella también”, contó hoy como algo anecdótico, pero en ese momento fue trágico. 
“Debía hasta los zapatos!”, dijo entre risas, y tenía que salir a buscar una solución. Viajó a Santa Fe a buscar trabajo pero no había nada, hasta que un supervisor de escuelas nacionales le ofreció un puesto en “la peor escuela de la provincia, lo único lindo que tiene es el nombre: Isleta Linda”, le dijo. El panorama no era muy alentador y hasta le comentó que era el tercero que iba porque los otros dos que fueron antes en dos días se volvieron. Estaba en el departamento 9 de Julio. El compromiso fue que si aguantaba un año, iba a ser trasladado a otro lugar mejor; y lo positivo de esto era que no solo iba a trabajar Omar sino también su reciente esposa, Gladys.
“Cargamos todo de nuevo, alquilamos una pieza, guardamos las cosas más grandes y agarramos lo imprescindible para el nuevo desafío que nos esperaba: ropa, algunos utensilios, una cama turca, un sol de noche, libros y una radio de onda corta, nuestra única compañía. Nada más. Todo en cajones de manzanas que después sirvieron de mesa, silla y para guardar nuestras pertenencias; y nos fuimos”, relató este hombre y buscó la mirada cómplice de su compañera. Esta escuela estaba a 60 kilómetros al este de Villa Minetti. La casa más cercana se encontraba a 20 kilómetros, todo por camino de tierra.
Allí estuvieron todo ese año, 1964, y con todas las privaciones “habidas y por haber” y recién casados que no era poco. “Ahí comenzó a fortalecerse el matrimonio. Ella tenía 23 y yo 25 años. Estamos convencidos que el amor y el matrimonio se consolidan en la adversidad”, expresó Omar y Gladys interrumpió para contar: “Ahí me quedé embarazada. Qué ocurrencia!”. No era fácil transitar el día a día en un lugar así, pero “había que aguantar”, dijeron. 
Este matrimonio tenía solo una moto y una vez a la semana, los sábados, Omar recorría los 60 kilómetros hasta Villa Minetti para buscar provisiones y la correspondencia de la escuela. Y a veces, los sábados, iban a Tostado que estaba a más de 100 kilómetros, en la moto y por camino d e tierra y regresaban los domingos. “Ahí conocimos a personas maravillosas que fueron imprescindibles para nosotros, que nos alojaron y contuvieron”, agregó Omar.

Cosechando vivencias
Se cumplió el año, y Omar volvió a la capital de la provincia para exigir el cumplimiento de la promesa: el traslado. Fueron enviados a la Cuña Boscosa, a Fortín Olmos, en el departamento Vera. En febrero del 65, en San Justo, nació Favio el primogénito del matrimonio Ferrero-Orecchia, y al mes los tres desembarcaron en el nuevo destino. “La Forestal ya había terminado, pero llegamos sin tener un lugar donde vivir. Un comisario nos prestó una casa. Ahí estuvimos un año y después volvimos otra vez al departamento 9 de Julio, yo ya como docente titular arribamos a Pozo Borrado y ahí vivimos casi ocho años”, detalló Omar. 
Allí la realidad era un poco distinta porque eran diez docentes y había algunos habitantes más cerca en el pequeño pueblo. Pero no había ni luz ni agua y para dibujar el momento que vivían, contaron que pasaban trenes con tanques de agua una vez a la semana, llenaban tachos de la leche que una cremería les prestaba y los volcaban en el aljibe. Allí también tuvo un rol protagónico el aguatero. “No fue nada fácil vivir en aquellos lugares y con este tipo de privaciones. El agua valía oro, parecía la época de la colonia, pero salimos adelante y cada vez más fortalecidos”, agregó el hombre quien aprovechó para aclarar que “lo lindo fue que siempre trabajamos juntos como maestros”. 
De allí, y tras casi ocho años, fueron trasladados a Hersilia, en el departamento San Cristóbal y ahí nació Silvana la segunda hija de Gladys y Omar. “Ese lugar era el paraíso, era estar en la gloria. ¡Había pavimento!”, expresó Omar. Transcurría el año 1972 y allí vivieron hasta 1980 cuando llegaron y se radicaron de manera definitiva en Santo Tomé. Omar ya tenía el cargo de Supervisor y una vez instalado en esta ciudad comenzó a viajar por toda la provincia de Santa Fe desempeñando esa función. Ella llegó y empezó a trabajar como maestra de grado, luego ascendió a vicedirectora y por último alcanzó la dirección, cargo que le permitió la jubilación en febrero de 1995. 
Él viajó siete años y luego se quedó en Santa Fe y con el cargo de Supervisor Regional y también se jubiló ese año. Ella tenía 52 años y él 55 cuando dejaron de trabajar. Hoy disfrutan del merecido descanso y de los nietos. “Estamos viviendo el futuro, ya no tenemos más futuro para forjar sino vivirlo”, dijo Gladys.

Tal para cual
La adversidad y los lugares inhóspitos los pusieron a prueba. “Para convivir armoniosamente necesitas desprenderte de algo y que el otro haga lo mismo y hacer la transferencia. Darle lo que necesita y tomar lo que el otro te da. Y cuando alcanzás eso ya está. Cuando lográs compatibilizar con el otro, los lazos se van afianzando y terminás siendo uno”, así definió Omar la relación que hoy tiene con Gladys. De todas maneras, aclaró que “no todo fue color de rosas”, sino que por supuesto “hubo roces”. “Pero después de 52 años de casados nos conocemos tanto que con una mirada ya sabemos qué le pasa o le molesta al otro”, agregó Omar mientras ella aseguró: “Ya sabemos quien es quien y a esta edad ya está superada esa instancia. Por ahí hay una pequeña y mundana discusión, pero por cosas simples, son pavadas”. 
Aseguraron que no tienen una receta para seguir tan enamorados después de más de medio siglo juntos. “Cuando encontrás a alguien que tiene los mismos gustos, se piensan las mismas cosas, que tiene conceptos paralelos y acciones iguales, entonces el matrimonio ya está consolidado. De todas maneras, los condimentos esenciales para durar tanto tiempo pasan por el respeto, la comprensión y también el diálogo, aunque después de tanto tiempo ya no es necesario. Son dos palabras, parece tan simple... pero no es nada sencillo lograr alcanzarlas”, concluyó Omar Ferrero.

Luciana Dall’Agata/ Diario UNO/ ldallagata@uno.com.ar