Ovación
Viernes 08 de Enero de 2016

Siempre estará presente

Hoy se cumplen 21 años de la trágica desaparición de Carlos Monzón, el más grande boxeador profesional de la Argentina. Sus brillantes logros lo convirtieron en uno de los máximos deportistas de nuestra historia y uno de los más admirados y respetados en todo el mundo.

Fue único. Porque, desde la más absoluta pobreza en la que vino al mundo en la fría y lluviosa noche  del viernes 7 de agosto de 1942 en un rancho del barrio La Flecha de San Javier, a través del boxeo y sus incomparables logros llegó a codearse con presidentes, príncipes, magnates y miembros del jet set internacional, hizo que muchos conocieran a la Argentina, paralizó el tráfico en Roma y París, y tuvo al mundo a sus pies.
Fue único. Porque fue, es y será el más grande púgil profesional de la historia de nuestro país y uno de los más reconocidos, admirados y respetados en el mundo ya que, decir Monzón significa que su apellido se convirtió en sinónimo de extraordinario. Por caso, la brillante trayectoria de Escopeta quedó atesorada para todos los tiempos cuando se convirtió en el primer argentino en ingresar al Hall de la Fama del Boxeo Internacional (IBHOF, por sus siglas en inglés), sito en Canastota, Nueva York.
Fue único. Porque él y solo él, un auténtico e irrepetible grande como fue el inolvidable sanjavierino, pudo paralizar a todo un país las 14 veces que defendió –con éxito, por supuesto– sus coronas AMB-CMB de los 72,574 kilos o 160 libras. 
Fue único. Porque cada rival que le tocó enfrentarlo, se encontró con el aura de invencibilidad que envolvía a Carlos, y el que se fue agigantando a medida que construía el fabuloso reinado en su categoría, donde fue el monarca indiscutido durante seis años, nueve meses y 22 días, desde el sábado 7 de noviembre de 1970, cuando anestesió al italiano Giovanni Nino Benvenuti en el Palazzo dello Sport de Roma, hasta el lunes 29 de agosto de 1977 cuando, en el Sheraton Hotel & Towers del barrio de Retiro de la Capital Federal, colgó definitiva y oficialmente los guantes. Siendo campeón, claro, y con la división mediana arrasada.
Fue único. Porque peleó dónde, cuándo y con quién sea. No elegía ni, mucho menos, evitaba rivales. Es más, de sus 14 defensas, realizó 11 en el exterior –donde se graduó, y con honores, de auténtico campeón del mundo ganando convincentemente en la tierra de sus retadores– y, absolutamente  siempre, dejó a la celeste y blanca, la que jamás dejó de besar al término de los himnos antes de cada combate, en lo más alto.
Fue único. Porque en Amílcar Oreste Brusa –quien falleció en nuestra ciudad el jueves 27 de octubre de 2011, a los 89 años– no tuvo solo a un entrenador de primerísimo nivel mundial –coronó a 15 reyes en su brillante campaña, seis de ellos argentinos, tres santafesinos– sino, también, a un segundo padre, guía, maestro, confesor y, por sobre todas las cosas, un leal y sincero amigo.
Fue único. Porque Carlos Monzón es uno de los muy pocos que puede integrar el exclusivo grupo de los más grandes púgiles latinos de todos los tiempos, junto al mexicano Julio César Chávez y el panameño Roberto Mano de Piedra Durán, tan campeonísimos como él.
Fue único. Porque solo a Carlos se le aceptan las cartas credenciales de inmortal en el ámbito mundial de los medianos, con monstruos de la talla de los estadounidenses Ray Sugar Robinson, Harry Greb o Stanley Ketchel.
Fue único. Porque amó y fue amado, porque sus cinco hijos fueron su orgullo y porque jamás olvidó a sus amigos, como así tampoco a quienes buscaron desacreditarlo, en una sociedad argentina hipócrita y desmemoriada que, en incontables oportunidades, no ve más allá de su propio ombligo y juega sus humores en la bolsa de valores de los demás.
Es una leyenda. Porque, aunque cometió errores y la vida lo golpeó durísimo varias veces –al momento de su partida, cumplía una condena de 11 años por la muerte de su última esposa, la uruguaya Alicia Muñiz–, jamás se rindió (ni tampoco levantó un teléfono y dijo: “Sáquenme de acá”) y evidenció  una entereza que solamente muy pocos poseen.

Cuando pasó a ser leyenda
En la zona del Paraje Los Cerrillos, a unos 12 kilómetros al norte de la localidad de Santa Rosa de Calchines, en el departamento Garay de nuestra provincia, la ruta Nº 1 Teófilo Madrejón –conocida como la de la Costa– presenta una muy larga recta que, el soleado y caluroso domingo 8 de enero de 1995, no tenía pintadas las clásicas líneas blancas demarcatorias de las banquinas –muchas de ellas descalzadas, es decir, con una diferencia de altura entre el asfalto y la tierra–, ni el andarivel que separa a ambos carriles de la misma.
En el kilómetro 51, el Renault 19 gris que Carlos conducía a casi 140 km/h realizó una maniobra inexplicable, ya que primero se desvió hacia la izquierda (sobre la mano contraria) y, luego, hacia la derecha, por el carril en el que transitaba en dirección norte-sur, ya que se dirigía a nuestra ciudad para regresar a la cárcel de Las Flores, a la que debía ingresar a las 20, porque gozaba de un régimen especial de salidas.
Tras morder la banquina con su neumático delantero derecho, el vehículo voló, comenzó a dar tumbos (se estima que fueron unos siete), sobrepasó un zanjón de casi dos metros de ancho, arrancó de cuajo un ceibo y, recién a unos 35 metros de la cinta asfáltica, detuvo su descontrolada marcha.
Por el fortísimo impacto, Carlos Monzón fue despedido del  auto y murió en el acto –hecho del que hoy se cumplen 21 años– y, en estas trágicas circunstancias, cerca de las 17.50, la Provincia Invencible de Santa Fe perdió a uno de los máximos deportistas de su historia, quien tenía 52 años, cinco meses y un día. 
En el trágico accidente también falleció Gerónimo Domingo Mottura, amigo de Carlos y, la única sobreviviente fue Alicia Guadalupe Fessia, cuñada de Escopeta, quien viajaba con él porque de este modo se daba cumplimiento a lo establecido en el decreto ley Nº 412/58, ya que “un familiar acompañará en sus salidas al detenido que acceda a este beneficio”.
Con la mala nueva, Escopeta había paralizado nuevamente al mundo, como habitualmente lo hacía en su época de esplendor.
La lista de frases, opiniones, elogios a su incomparable trayectoria boxística y comentarios sobre los distintos avatares que signaron su vida, vertidos por innumerables personalidades de todos los ámbitos de la sociedad –a la que Carlos prácticamente le había pagado su deuda–, fue interminable.
Fue sepultado al día siguiente en el cementerio Municipal de nuestra ciudad y, a la hora de su adiós, casi 50.000 dolidos santafesinos –tanto pobres como ricos– despidieron en un mar de lágrimas a quien tantas alegrías les había dado.
Había muerto el hombre, pero nacido su leyenda incomparable la cual, a medida que transcurre el tiempo, se agiganta cada día más y más. Y si Alfredo Le Pera escribió en su tango Volver “que 20 años no es nada”, discúlpenos Maestro: para nosotros, 21 años sin Monzón son una eternidad.
Descansá en paz, inolvidable Carlos. Te lo merecés.

Julio Cantero/ Ovación Santa Fe/ julio.cantero@uno.com.ar

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