Ovación
Domingo 06 de Noviembre de 2016

Su alteza, Carlos I

Mañana se cumplirán 46 años del inicio del fantástico reinado entre los medianos de Carlos Monzón, el más grande boxeador rentado de la historia argentina, y uno de los más reconocidos y respetados del mundo.

Un viejo dicho en el ámbito del boxeo reza que, quien cae de cara a la lona, no se levanta más. Y, en el combate del que mañana se cumplirán 46 años, fue así. Tras recibir una devastadora derecha –la que aún hoy, cada vez que la vemos, sigue emocionándonos y nos hace erizar la piel–, Giovanni Nino Benvenuti quedó en un rincón neutral como un títere al que le habían cortado los hilos. Uno de sus segundos ingresó al ring para detener la cuenta de Rudolf Durst, pero fue inútil: la misma llegó a 10 al 1'57" del 12º round y, a partir del out del árbitro alemán, Carlos Monzón –con 28 años y tres meses exactos de edad– consumó su obra maestra y, la Argentina, coronó al 4º campeón mundial de su historia, el primero en Europa, y el pionero de los diez, que a la fecha, consagró nuestra provincia.
Escopeta era el flamante rey AMB-CMB de los 72,574 kilos o 160 libras y, hasta su retiro, escribiría inolvidables páginas de gloria para el pugilismo nacional y mundial. La Pelea del Año, consagrada posteriormente así por la prestigiosa revista especializada estadounidense Ring Magazine, había terminado.

Gestiones por aquí y por allá
La oportunidad mundialista para Carlos –campeón argentino mediano desde 1966, y sudamericano desde 1967– llegó por las incansables gestiones que Juan Carlos Lectoure llevó adelante. El primer sondeo de Tito ante Bruno Amaduzzi –el manager de Benvenuti– había sido en el Hotel Hilton de Nueva York en julio de 1968: le ofreció 30.000 dólares para que enfrentara a Monzón, lo que era un dineral para la época y que ni el titular del Luna Park sabía cómo haría para pagarlos.
A mediados de 1969, Escopeta ya se ubicaba 1º en el ranking mediano de la AMB y, en julio de ese año, en Panamá, en una reunión de dicha entidad, Lectoure insistió por la chance mundialista ante el estadounidense Emile Bruneau, el mismísimo presidente del organismo entre 1968 y 1970, quien le prometió que, luego de ciertos compromisos que Nino tenía agendados, la posibilidad de ir por la corona estaría cerca de cristalizarse para el sanjavierino.
No obstante, debió seguir insistiendo. En agosto de 1969, en Salt Lake City, la capital del estado de Utah, el promotor argentino sostendría reuniones con dos estadounidenses: Bill Brennan, del Consejo Directivo de la AMB y, desde 1970, titular de la entidad, que realizaba en esa ciudad su Convención Anual, y Abe Green, Comisionado Internacional vitalicio del organismo y que había ayudado mucho a Tito para que consiguiera la chance para Nicolino Locche –quien, el 12 de diciembre del año anterior, en Tokio y ante Paul Fujii, se había coronado monarca welter junior AMB–, quienes le aseguraron que Monzón tendría su oportunidad.
El 12 de febrero de 1970, Amílcar Brusa y su pupilo firmaron un poder para que Lectoure los representara en todo lo relacionado con acuerdos y contratos para una pelea mundialista. Hasta que a fines de junio, casi dos años después de haber iniciado las gestiones, Tito recibió un llamado de Amaduzzi: éste llegaría el miércoles 1 de julio siguiente a Buenos Aires, acompañado del promotor Rodolfo Sabbatini, "para hablar" con él. Cuando arribaron, ambos italianos se alojaron en el Hotel Continental, en Diagonal Norte y Maipú y, por la noche, fueron a cenar con Lectoure al restaurante Nápoli, frente al Luna Park. Degustando la exquisita carne argentina, Tito escuchó por fin lo que tanto esperaba: "Aceptamos la pelea con Monzón".
A la mañana siguiente –jueves 2 de julio–, Lectoure llamó por teléfono a Brusa al Banco Español de nuestra ciudad, donde trabajaba el Maestro, y le comunicó la buena nueva. Esa misma tarde, Tito, Monzón y Brusa firmaron el compromiso: Benvenuti, campeón mundial mediano unificado AMB-CMB, le daría la chance a Carlos según la obligación formal rubricada 24 horas antes por Amaduzzi y Sabbatini quienes, según contaría años después Lectoure, se inclinaron por el por entonces campeón argentino, sudamericano y 1º en el escalafón mundial de la AMB, antes que chocar con Emile Griffith, quien encabezaba el ranking CMB.
Si este combate se hubiera realizado –lo que nunca ocurrió–, sería el 4º entre ambos y, la serie, quedó 2-1 para Nino ante el oriundo de Islas Vírgenes, incluido el choque del 4 de marzo de 1968, cuando inauguraron el nuevo Madison Square Garden neoyorquino. "Obvio, optaron por el que les pareció menos riesgoso para su boxeador", recordó. El viernes 3 de julio, a las 15, se anunció en conferencia de prensa el combate –el que aún no tenía fecha pero sí lugar, porque sería en Roma– y, al día siguiente, Amaduzzi y Sabbatini regresaron a la Ciudad Eterna.
Para mantenerse en ritmo –y ganarse unos pesos–, el 18 de julio el sanjavierino le GPP 10 al estadounidense Eddie Pace y, a partir del 1 de agosto, según un nuevo acuerdo celebrado el lunes 20 de julio entre Carlos y Lectoure, éste –en carácter de préstamo– le pagaría a Escopeta 80.000 pesos por mes a fin de que no tuviera problemas para mantener a su familia y se dedicara de lleno al entrenamiento de cara al combate con Benvenuti.
A principios de septiembre, Tito recibió la comunicación de que la pelea mundialista se realizaría en la primera quincena de noviembre. Y, el 19 de septiembre, en su último combate antes de enfrentarse con Nino, el sanjavierino le GKO 4 al dominicano Santiago Candy Rosa.
Brusa y su pupilo trabajaban muy duro en Santa Fe, donde la ciudad –desde que se conoció la noticia– vivía con gran expectativa la chance que tendría Carlos. El 5 de octubre y, tras una gran despedida que se organizó y tuvo lugar en las instalaciones del Club Atlético Unión –un asado para más de 200 personas–, Brusa y su pupilo partieron a Buenos Aires, donde se alojaron en el hotel Splendid Bouchard, en una habitación con balcón a Lavalle, y completaron la puesta a punto en el Luna Park.
Hasta que el sábado 24 de octubre –dos semanas antes de la pelea, cuya fecha había sido fijada para el sábado 7 de noviembre– y, en el vuelo 140 de Aerolíneas Argentinas que partió a las 16, Monzón, Brusa, Lectoure y José Humberto Menno (el sparring de Carlos, de casi 85 kilos, con los que practicó trabar, amarrar y palanquear, ya que Benvenuti lo hacía en sus peleas y los árbitros no solían observarlo por ello), todos con pasajes pagos que envió Rodolfo Sabbatini, emprendieron el viaje hacia Roma.
Completaron la delegación el profesor Oscar Patricio Russo, preparador físico, y otro sparring, Juan Aranda, quienes abonaron sus pasajes. La puesta a punto final se llevó a cabo sin problemas. Escopeta hacía footing todas las mañanas durante 40 minutos en el parque Villa Gloria, a cuatro cuadras del hotel Sporting, donde se alojaron –Carlos ocupó la habitación 666, en el 6º piso, junto al profesor Russo– y, por la tarde, trabajaba en el gimnasio, siempre bajo la atenta mirada de Brusa.
Casi nadie asistía a ver su entrenamiento pero, en cambio, los de Benvenuti, en el campamento montado en la localidad de Trani, en la región de Apulia, provincia de Bari, sobre el mar Adriático, eran casi una reunión social, con decenas de periodistas, cámaras y flashes para el monarca, quien se encontraba en el pináculo de su carrera.
Famoso, con una vasta experiencia –incluso había sido campeón olímpico en los Juegos de Roma 1960–, un muy buen pasar y que hasta había incursionado en el cine, Nino tenía a Europa a sus pies y, para todos, su defensa ante Monzón, un perfecto desconocido y que por primera vez combatiría fuera de América del Sur, sería un simple trámite.
El retador realizaría su 81ª pelea y, su récord, era de 67-3-9-1 SD (44 ko); el del oriundo de Isola d'Istria, de 32 años, en el que sería su 88º combate, y que además se presentaría por 31ª vez en la Ciudad Eterna en su campaña, donde nunca había perdido, registraba 82-4-1 (35 ko), incluidos diez choques con un título mundial en juego.
A instancias de la EBU (European Boxing Union), la Federación Italiana de Boxeo le solicitó a la AMB la designación de autoridades neutrales para el combate que se avecinaba. Así, el árbitro fue el alemán Rudolf Durst (quien también llevaría su tarjeta), el francés George Condre y el suizo Aimé Leschot.
Para la nueva presentación de la estrella local –valga reiterarlo, a Monzón ni lo tenían en cuenta– la venta de entradas marchaba a buen ritmo. Un ringside costaba 40.000 liras (unos 64 dólares de la época) y, las generales, 4.000 (6,40 dólares).
Tal era la confianza de los italianos que, incluso, en los días previos a la pelea, el Corriere dello Sport y la Gazzetta dello Sport llegaron a titular, a cinco y cuatro columnas, respectivamente: "¿Quién eres, Monzón?" y "Carlos qué?", en dos muestras más de la seguridad que tenían todos en que el campeón conservaría su corona.
Pero se habían olvidado de alguien: el otro protagonista de la historia y, la noche de la pelea, quienes aún tenían dudas sabrían –y para siempre– quién era Carlos Monzón.

Las coronas tienen nuevo dueño
El pesaje para la pelea Benvenuti-Monzón se realizó en el teatro Cambra Iovanelli el mismo día del combate. Esa mañana, tanto el campeón como su retador –el que subió a la báscula completamente desnudo–, acusaron 72,500 kilos.
Es bien sabido que la alimentación de Monzón en su niñez y adolescencia no fue la mejor y, por eso, la calcificación de sus huesos no había sido óptima. Uno de los mayores problemas que Carlos tuvo durante gran parte de su carrera profesional fue una dolorosa lesión en su mano derecha y, por ello, debió ser infiltrado antes de cada combate (NdeR: el 27 de mayo de 1971, cuando ya era campeón mundial, Escopeta fue operado en nuestra ciudad por el doctor Juan Carlos Abraham, asistido por su colega Luis Serrano y, por fin, superó este inconveniente).
Por eso, casi cuatro horas antes de la pelea, Monzón debía ser infiltrado con novocaína. Juan Carlos Lorenzo, el por entonces director técnico de la Lazio, equipo de la capital italiana, llegó al hotel Sporting junto con el médico del plantel pero, el mismo, se negó enfáticamente a inyectar a Monzón.
Una honda preocupación envolvió a todos. Pero el Toto, quien les había prometido que solucionaría el problema, cumplió su palabra. Cuando faltaban menos de dos horas para la pelea y, en la puerta del hotel, el remisero que había enviado Rodolfo Sabbatini para llevarlos al estadio tocaba bocina insistentemente para que bajaran, Lorenzo volvió al hotel con dos médicos argentinos radicados en Roma y, en menos de diez minutos y trabajando uno en cada mano, infiltraron a Escopeta, quien ya se había puesto la coquilla, el pantalón, las medias y las botas –por idea de Brusa– para ganar tiempo mientras aguardaba el regreso del Toto, que hasta había comprado las jeringas, anestésico, agujas y alcohol.
El efecto de la infiltración sería de una hora, que era la duración de la pelea –pactada a 15 rounds, incluyendo los descansos entre los mismos–, por lo que transcurrido ese lapso, los dolores y molestias en la mano del sanjavierino darían el presente otra vez.
Esa lluviosa e inolvidable noche romana, el Palazzo dello Sport estaba colmado por 18.000 espectadores –de los cuales 200 eran santafesinos que acompañaron a su coterráneo a la capital italiana– que dejaron en las boleterías una recaudación de 110 millones de liras (unos 176.000 dólares de la época).
Mientras el árbitro daba las instrucciones previas en el centro del ring, la vida de Carlos –quien fue el primero en subir al mismo– pasó en un segundo ante sus ojos. Recordó sus humildísimas raíces, las mil y una que debió superar para haber llegado a ese momento largamente soñado, que debía ganar para asegurar su futuro y el de su familia y, mientras cerraba con fuerza sus puños, apretaba el protector bucal y le clavaba su fría mirada al campeón, pensó para sus adentros: "Te mato, gringo, hoy te mato".
Nino volvió a su rincón con la sensación de que esos ojos oscuros eran dos puñales que llegaban hasta lo más profundo de su alma. Y no se equivocó porque, menos de 45 minutos después, su reinado habría terminado para darle paso a otro, del que la Historia se encargaría de atesorar como uno de los más brillantes de todos los tiempos.
Una obra maestra
La pelea tuvo un solo dueño: Carlos Monzón, quien dominó la misma de principio a fin. Escopeta asumió siempre la iniciativa y, especialmente a partir del 3º round, fue minando la resistencia física, boxística y pugilística de Benvenuti quien, promediando la misma, comenzó a evidenciar signos de cansancio y preocupación, ya que lo que todos los italianos creían –que ésta sería otra defensa fácil para el monarca–, se hacía cada vez más cuesta arriba.
Brusa, Menno y Russo, quienes estaban en el rincón de Carlos (Lectoure no pudo hacerlo porque, días antes, sufrió un esguince de tobillo jugando al fútbol), le pedían en cada descanso que trabajara con tranquilidad, pero éste quería terminar con su tarea cuanto antes. En el 10º asalto, una derecha del retador hizo flamear al campeón, el que se rió como si no hubiera pasado nada pero que, en realidad, lo conmovió hasta los huesos. En el 11º round el visitante salió a buscar la definición por la vía categórica, pero Nino se las arregló a duras penas para escapar del asedio del sanjavierino.
Increíblemente, a esa altura del combate, tanto los jueces como el árbitro tenían en sus tarjetas ventajas para Benvenuti. En las del suizo Aimé Leschot y el francés George Condre era de dos puntos y, en la de Durst, uno, todas para el italiano.
Antes de salir al 12º asalto, Brusa le habló a Carlos y, en la que se convertiría en una de las decenas de frases célebres del Maestro a lo largo de su incomparable trayectoria, le dijo: "Ese hombre está muerto. Vaya y póngalo nocaut". Dicho y hecho. Cada vez que recordó su coronación, Escopeta señalaría que "lo dejé venir para que se confiara, hice cintura, le puse una derecha cruzada y, con la izquierda, lo fui llevando de un rincón a otro. Ahí bajé las manos para que se animara a sacar sus manos y, sobre su izquierda, que estaba baja, le metí la derecha a fondo. Cuando vi que se caía, me di cuenta de que no se levantaba más. Le podían haber contado mil. Benvenuti estaba muerto". Tal cual.
La corona del mundo se iba hacia Santa Fe, como en los casi siete años siguientes se repetiría en 14 oportunidades, las veces que sus retadores intentaron destronar a Escopeta y sucumbieron ante un monarca con mayúsculas, único e irrepetible.
¡Salud, eterno campeón!

Su trayectoria, única e irrepetible
Como boxeador rentado, desde que debutara el miércoles 6 de febrero de 1963 en el Club Ben Hur de Rafaela, hasta que le dijo oficialmente adiós a los rings el 29 de agosto de 1977, la campaña de Carlos Monzón duró 14 años, seis meses y 23 días, lapso en el que disputó 100 peleas, de las que ganó 87 (59 antes del límite, con un 67,82 % de eficacia), perdió solo tres, empató nueve y, una, fue sin decisión.
En total, fueron 97 las veces que Escopeta se bajó de un ring sin perder como profesional, sumando sus 87 victorias, nueve empates y la pelea sin decisión.
Tras su última caída –el 9 de octubre de 1964, en Córdoba, en su 20º combate– y, hasta su retiro, realizó los 80 restantes y se mantuvo invicto durante 12 años, diez meses y 20 días, incluyendo ¡21 peleas! con una corona mediana en juego: una por el título de la provincia de Santa Fe (en 1966); dos por el cetro argentino (una en 1966 y, la restante, en 1970); tres por la faja sudamericana (una en 1967 y dos en 1969) y 15 por el mundial de los 72,574 kilos, incluyendo la inolvidable cuando se coronó (el 7 de noviembre de 1970, hecho del que mañana se cumplirán 46 años), y las 14 defensas exitosas (entre mayo de 1971 y julio de 1977).
Así, Carlos Monzón fue el campeón indiscutido de la división de las 160 libras durante seis años, nueve meses y 22 días.
Como datos curiosos de su carrera, Escopeta nunca ganó por nocaut en el 1º round ni, tampoco, peleó como profesional en su San Javier natal.


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