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Sábado 25 de Abril de 2015

Terminar con la idea de “buenos y malos” para lograr la inclusión

Debate. Especialistas analizan qué se debe hacer con los estudiantes que hostigan a sus compañeros, qué mensaje queda en los grupos tras una expulsión y cuál es el papel de cada integrante de la comunidad escolar.

Alumnos armados, atacando o amenazando a sus compañeros fue el saldo de una semana difícil en cuatro escuelas de la ciudad. Las reacciones frente a esos hechos no se hicieron esperar, la indignación y el miedo ganaron el primer lugar en los comentarios. En una de esas instituciones la solución vino de la mano de la separación del estudiante que generó el problema pero ¿es esa la respuesta? ¿Qué mensaje queda en una comunidad cuando un niño es separado por su accionar en lugar de generar las condiciones para que modifique su actitud? ¿Es posible pensar que ese agresor es también una víctima?
La licenciada en Psicología e integrante de Amsafé La Capital, María Celeste Jozami; el doctor Francisco Astorino; y la coordinadora pedagógica de la Regional IV de Educación, Beatriz Albizo, dialogaron con Diario UNO sobre las situaciones que se enfrentan en las escuelas y la responsabilidad que existe, también, respecto al derecho a la educación y a la contención de los estudiantes que tienen problemas de relación con sus compañeros.
Cabe recordar que durante la semana cuatro hechos diferentes tuvieron como protagonistas de situaciones violentas a niñas, niños y adolescentes escolarizados. El martes, dos alumnos de la escuela República de Nicaragua mostraron sus armas de fuego a los padres y niños que se retiraban del jardín Rosario Vera Peñaloza que funciona en la misma cuadra. Esa misma noche, una nena de 11 años fue atacada por sus compañeras de la escuela Padre Catena con una trincheta y sufrió varias heridas. El miércoles se conoció que un chico de 13 años había amenazado a sus compañeras de 6º grado de la escuela Malvinas Argentinas. Y el jueves, un alumno de 11 años llevó un revólver a la Pascual Echagüe.
“Los docentes y los papás tienen que saber qué es hostigamiento y qué no lo es. Hacer bromas entre amigos no es hostigamiento. Si a mí me dicen pelado o gordito pero eso no me genera nada, porque nuestra relación así lo habilita, no pasa nada. En cambio, si alguien constantemente me dice «gordo» y yo no quiero que lo haga pero me callo porque no puedo decir que no y esa persona ve que me molesta y lo sigue haciendo, sí es hostigamiento”, explicó Astorino –quien coordina el proyecto de extensión de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNL “¿Y si nos tratamos bien?”– y agregó que situaciones similares se dan cuando se arman “camarillas” contra un compañero en particular.
Además, remarcó que para terminar con esas violencia lo primero que deben hacer los adultos a cargo es deshacerse de los preconceptos que marcan, por ejemplo, que los hombres se hacen a los golpes o que es normal que las chicas estén pendientes de quién es más linda o se viste mejor como competencia.
“El hostigamiento necesita del grupo de actores, ser sostenido en el tiempo y que haya asimetría en el poder. También hay que tener en cuenta que ambos, el hostigador y el hostigado, tienen problemas. No es solo la víctima la que sufre, el hostigador tiene, muchas veces, historias de hostigamiento en su propia casa. Por eso lo que hace es repetir el patrón porque cree que es normal en otro lugar donde no lo es”, indicó.

El lugar de las respuestas
En el mismo sentido Beatriz Albizo expresó que no se debe perder de vista que los niños, niñas y adolescentes que protagonizan un ataque contra otra persona han tenido experiencias personales que los llevan a pensar que ese proceder es correcto y está permitido. “La escuela es el lugar para enseñar valores y cuáles son las otras acciones positivas que no vulneran derechos. Pero, siempre, cuidando a los niños. No viendo cada caso como una consecuencia, sino contemplando la integralidad de cada uno de los niños que habla a través de las acciones”, dijo.
Jozami –que es docente, investigadora y organizadora del Instituto Martha Zerbini de Amsafé La Capital– también se refirió al rol de la escuela y la familia en el abordaje de los casos. Remarcó que la institución educativa no puede desligarse de la resolución de los conflictos y que es necesario una presencia activa de los docentes y las familias para garantizar la solución a los problemas que garantice el aprendizaje de conductas positivas.
“Ante las manifestaciones de conductas violentas en el marco de los lazos con compañeros invitamos al docente y a las autoridades a cargo a aceptar en clave pedagógica aquello que sucede en las aulas”, marcó y agregó: “Eso supone derrumbar el enunciado de que en las aulas los niños, adolescentes y jóvenes reproducen sin más la violencia social, como si la sociedad fuera de otros, la escuela estaría fuera y su rol en la construcción de la misma hubiera dejado de ser preponderante”.
Y, en lo que refiere a intervención una vez sucedida la agresión, la educadora subrayó que “lo fundamental es poder contactar y contener ese sufrimiento psíquico y poder reparar conociendo y empatizando las razones del uso de esa forma vincular”.

Diálogo y aprendizajes
Albizo señaló que cada uno de los casos debe  abordarse con cuidado y respetando los derechos de todos los involucrados, entendiendo que hay conductas que no pueden ser atribuibles a menores de edad. “Tenemos que poder pensar más allá de lo visceral, que es entendible que nazca como padres ante una supuesta situación de vulneración. Por eso es importante ser responsables de no transferir que estas situaciones de niños sean vistas como delitos o que los chicos sean marcados como agresores; una situación entre dos menores no implica un delito”, indicó.
En ese sentido, la funcionaria del Ministerio de Educación manifestó que “hay que garantizar que haya trayectorias escolares que no generen un preconcepto y que puedan permitir espacios de aprendizaje donde ese niño o ese grupo que estuvo en una situación puntual no puedan ser etiquetados”.
Por su parte, la referente de Amsafé resaltó la importancia de que los adultos a cargo –tanto del hostigado, como del hostigador y del resto de los compañeros– hablen con sus hijos sobre las situaciones que se viven entre pares. Pero aclaró que el mensaje hacia los niños y adolescentes debe ser desde una perspectiva de derechos de todos los involucrados y no potenciando las situaciones de violencia. “Los adultos deben poder ayudar a los hijos a significar esas situaciones, a empatizar, a no estigmatizar, a evitar ser dañado y a colaborar en la posibilidad de encontrar modos adecuados de resolución de conflictos”, explicó.

La separación, como castigo
En el caso de la Malvinas Argentinas se decidió que el chico se retire de la institución y continúe su educación en otro establecimientos. Y en el de la escuela Padre Catena, la madre de la nena contó que su hija quiere pedirle a la ministra de Educación, Claudia Balagué, que sus atacantes se vayan del colegio.
Consultada respecto a si la sobreedad es un tema a considerar para evitar situaciones conflictivas, Albizo aclaró: “No creemos que la sobreedad sea un factor de riesgo. Sí pensamos que cuando hay un niño o adolescente que puede tener ese tipo de conductas es porque está haciendo un emergente de otra situación que no se ha visto”.
En ese marco, y teniendo en cuenta que la expulsión suele ser un pedido recurrente cuando aparecen problemas de relación en un curso, Jozami se refirió al impacto que tiene para todos los involucrados ese tipo de decisiones.
“La expulsión o el traslado de escuelas de los niños o jóvenes, ya sea del alumno que ha agredido o suele agredir a sus compañeros o por ser destinatario de esas agresiones, profundiza la problemática. El conflicto no encuentra una solución institucional oportuna ni solvente ni la institución desarrolla los medios y estrategias suficientes y/o eficientes para ello. Todos los actores reingresan a la lógica de inclusión y exclusión y obturan la posibilidad de que lo diferente se reconozca, se resignifique, sea motivo de crecimiento y enriquecimiento”, dijo.
Y continuó: “Se refuerza en el imaginario la idea de que existen víctimas y victimarios, queridos y no queridos, adaptados y no adaptados. Que las violencias se predican del sujeto y no del vínculo y que las responsabilidades son individuales. Que la idea es que las violencias se combaten por el castigo a quien ha agredido. Así la margilidad y desigualdad y la imposibilidad de significar, como condición inicial de quien ha intentado aliviar su dolor psíquico y/o procesar su conflicto agrediendo, se profundiza, se fija, se confirma; si antes se vivenciaba a sí mismo en condición de invisibilidad, por no ser reconocido, aceptado, deseado, valorado; ahora se percibe desafiliado, no es para esta escuela ni es para este grupo social”.
Finalmente, Jozami insistió con el rol fundamental de la escuela y la necesidad de que pueda contener a todos los niños, niñas y adolescentes, situación para la cual es central contar con docentes preparados.
“Entendemos que los formadores tenemos el deber político y moral, como constructores de una escuela para todos y para cada uno, de bregar por la democratización del conocimiento y por la igualdad de oportunidades para aprender y para participar activamente de la cultura. No tenemos dudas de que la función de la escuela, como proveedora de significados y significantes y constructora de la sociedad, la cultura y la convivencia pacífica, es indelegable, intransferible e innegocible”, resaltó y concluyó: “Por eso alentamos a que los trabajadores de la educación se comprometan con la tarea de subjetivar a nuestros alumnos, para que la educación implique el cuerpo, la mente y las emociones”.

Victoria Rodríguez/ UNO Santa Fe/ victoriarodriguez@uno.com.ar

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