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Viernes 24 de Junio de 2016

Un médico combate la leucemia infantil disfrazado de superhéroe

A los 17 años sufrió de cáncer. Se hizo pediatra oncólogo. En Guadalajara recibe 20 niños a diario, la tasa de supervivencia es del 80%.

Navidad del 2007, el doctor llega al consultorio en el Nuevo Hospital Civil de Guadalajara. Iba de impecable traje y corbata.

La sala de espera estaba llena de pacientes: niños de todas las edades. Saludó de forma amable, con una animosa sonrisa y cerró la puerta detrás de él. Cuando volvió para llamar al primer paciente, Sergio Gallegos Castorena se había transformado en Papá Noel (Santa Claus), con bata de médico y estetoscopio.

Todos se sorprendieron, todos explotaron en risas.

Pero es que un día es El Santo o El Enmascarado de Plata, al siguiente el Hombre Araña (Spiderman). De repente Médico Brujo, Pirata del Caribe, Charro mexicano, Ironman o el inconfundible Chavo del 8.

Él, combate la leucemia infantil con todas sus armas disponibles. Es: el superhéroe doctor.


20 años antes

A los 17 años de edad comenzó a quejarse de dolores en la espalda, justo cuando sus padres lo enviaban a hacer trabajos de jardinería. Cualquiera hubiese pensado que lo decía para escapar de esas tareas, pero luego apareció un síntoma que lo condujo directo al hospital. Le practicaron exámenes y el diagnóstico resultó devastador: tumor testicular genital etapa 3 con metástasis al retro perineo.

El médico le dijo que le quitarían el tumor para analizarlo y que al cabo de una semana estaría reintegrado a su vida. Y se lo creyó. Mientras que a los padres les dijeron la verdad médica: no tiene esperanzas de vida.

Pero cuando se trata de un hijo no hay resignación posible. Dejaron Guadalajara y sin conocer más que el nombre del hospital Anderson, llegaron a Houston, en Estados Unidos. Allá le detallaron a Sergio que "tenía un problema grave y que existía el riesgo de perder la vida. Pero que si yo les daba 6 meses de la mía, ellos podían salvarme. 85% de los casos como el tuyo, sobreviven, me explicaron". Sus padres se echaron a llorar y en ese instante él se enteró de que lo habían llevado a otro país buscando casi un milagro.Se quedó dos meses más de lo previsto. En septiembre de 1988, su médico tratante con muy poca ceremonia le dijo: "Se acabó, puedes irte a casa". Recuerda más emotiva a Pauline, una enfermera más humana y afectiva, que lo despidió entre lágrimas. Volvía a casa y también a la vida.

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