santafe
Martes 08 de Marzo de 2016

¿Vamos juntas? Solidaridad femenina ante el acoso callejero

Caminar por la calle desierta, ir en un colectivo lleno o incluso atravesar una plaza son situaciones que generan miedo en las mujeres. Por eso, una iniciativa brasileña que está empezando a difundirse en la Argentina propone que desconocidas que van por un mismo lugar se animen a acompañarse en esos trayectos para evitar o enfrentar los peligros

“Sólo las mujeres entienden el alivio de mirar hacia atrás en la calle y ver que la persona que va caminando es otra mujer”, publicó Jessica Pedroso en Facebook. Es verdad. No importa la edad de la mujer, su trabajo o su poder adquisitivo; todas, en algún momento, sintieron miedo al escuchar pasos detrás suyo en una calle poco transitada y suponer que era un varón. Pero Jessica, replicando la idea de la periodista brasileña Babi Souza, propone una solución sencilla: “Vamos juntas?”.
“Vamos juntas?” es un movimiento que surgió el año pasado en Brasil y que empieza a replicarse en la Argentina. La idea es que cuando una mujer sienta temor porque está sola en la calle y la sigue un hombre, alguien intenta apoyar sus genitales contra ella en un colectivo o debe pasar cerca de un grupo de varones que la miran lascivamente, identifique si hay otra mujer en la misma circunstancia y proponga enfrentar juntas esa situación, aunque sea solo caminando a la par.
La propuesta hace eje en un concepto básico: la sororidad. Se trata de un término feminista que refiere a la solidaridad entre mujeres para empoderarse y enfrentar situaciones de opresión. Así, tendiendo lazos con mujeres desconocidas que están en la misma situación de vulnerabilidad se pueden evitar situaciones de peligro y se puede ganar seguridad.
Babi Suoza pensó en eso a partir de una experiencia cotidiana y como consecuencia creó un movimiento que hoy tiene más de 300.000 seguidores en Brasil y que empieza a abrirse camino en la Argentina, de la mano de Jessica Pedroso. La referente en el país dialogó con Diario UNO sobre la iniciativa.

—¿Cómo surgió la idea del movimiento?
—Babi Souza tenía 24 años y siempre tomaba dos colectivos para volver a su casa del trabajo. El primero la dejaba frente a una plaza desierta que tenía que cruzar para tomar el segundo. Babi siempre cruzaba esa plaza agarrada a su mochila, con el corazón acelerado y una angustia terrible. Una noche, cuando volvía tarde de su trabajo en un colectivo lleno de mujeres, percibió que, al bajarse, todas caminaban apresuradas pero dispersas. Ella comenzó a pensar que esas mujeres posiblemente sentían la misma angustia que ella y cuando llegó a la otra parada se reencontró con muchas de las chicas que había visto caminando solas. En ese momento, pensó: “¿Y si yo hubiera invitado alguna de ellas para caminar juntas en ese trayecto? ¿Por qué no vamos juntas?”.
Después de tener esa idea, Babi la publicó en su perfil de Facebook para difundirla entre sus contactos y ver qué opiniones reunía. La aceptación fue tal que creó la página del movimiento y en 24 horas alcanzó los 5.000 Me Gusta; en 48 horas, 10.000 likes; en seis días, 50.000; y en dos semanas y media, 100.000. En la actualidad, son más de 320.000 los seguidores del sitio en la red social.
—¿Y cuál fue la reacción en la sociedad brasileña?
—En pocos días el movimiento dejó de hablar sólo de cómo era importante que las mujeres “anden juntas” y se pasó a discutir también la importancia de “estar juntas” y de poner la sororidad en práctica. Poco a poco, empezaron a llegar historias de chicas que habían tenido un día más feliz y seguro por haber utilizado el “Vamos Juntas?”. El movimiento se empezó a conocer a nivel nacional y ganó mucho espacio en los periódicos y canales de televisión de todo Brasil. Creció de forma tan rápida e intensa que Babi tomó la decisión de renunciar a su empleo y dedicarse íntegramente a difundirlo para que no pare de crecer.
—¿Qué cambio esperan lograr en la comunidad?
—En la práctica, son dos los objetivos del movimiento. Primero, que mujeres desconocidas puedan unirse para inhibir el acoso y la violencia en las calles, minimizando esas situaciones de riesgo; y segundo que mujeres que ya se conocen y que tienen como costumbre andar por los mismos trayectos (para ir al trabajo, la facultad o la parada de colectivo, por ejemplo) se organicen para andar juntas. “Vamos Juntas?” surgió como una solución colaborativa para un problema real, que pasamos todos los días. De ninguna forma queremos poner hombres y mujeres unos contra los otros, lo que sí queremos es acercar a las mujeres, siempre con amor y sin odio.
“Es muy importante hablar de temas como violencia de género, acosos, femicidios. Tenemos que perseguir el derecho de no morir apenas por ser mujer –agregó–. Es necesario que, frente a la actual realidad, las mujeres estén juntas para decir basta a esas situaciones. Las mujeres tienen la increíble capacidad de influenciar unas a las otras con opiniones y ejemplos que muestran que ellas no están solas. Eso las deja más fuertes para enfrentar un machismo ya institucionalizado”.

Un mal sin fronteras
Pedroso es brasileña pero vive en la Argentina. Ella no conocía a Souza pero sí al movimiento que se había generado en su país y no tardó en descubrir que acá la situación era similar. “Encontré un trabajo muy cerca de mi casa, me tomaba 10 minutos llegar caminando a la oficina. En una de las calles que debía atravesar empezaron a construir un edificio enorme y un día, yendo al trabajo, pasé en frente a la obra y escuché un par de piropos pero seguí. Al día siguiente, lo mismo. Traté de que no me afecte pero cada día la cosa empeoraba. Incluso si caminaba por la vereda de enfrente seguía siendo acosada”, recordó.
Y continuó: “No había una mujer que pasase por allí sin ser molestada. Hasta que un día empecé a escuchar cosas como «Mamita, si te agarro te parto en ocho», «No sabés como te rompería», «Te saco ese vestidito con los dientes» y empecé a tener miedo. Decidí cambiar el camino y demorar el doble en llegar al trabajo. Entonces empecé a cuestionarme que había perdido mi derecho básico a ir y venir en tanto tenía que demorar 20 minutos para llegar a mi trabajo para no sentirme ofendida. Ese mismo día hablé con Babi y le comenté acerca de la situación alarmante que hay en la Argentina con la violencia de género en todos sus niveles, las marchas y movimientos que ya existen, la indignación y la necesidad de decir basta a tantos acosos. Le conté mis inquietudes y las ganas que tenía de poder incentivar esa sororidad aquí. Después de mucho tiempo conociéndonos y discutiendo posibilidades, me autorizó a empezar las actividades por aquí”.
Pedroso comentó que quiso traer la experiencia al país a modo de agradecimiento por las oportunidades que le han dado. “Hagamos esto por nuestras madres, nuestras hermanas, amigas, hijas, y por aquellas que aún no nacieron. Hagamos esto para que podamos caminar en paz por la calle. Hagamos esto por un mundo mejor”, sostuvo la creadora de la página en Facebook “Vamos juntas? Argentina”.
—¿Qué respuesta tuvo la propuesta hasta ahora?
—En un país donde los femicidios insisten en abreviar la vida de las mujeres y los casos de trata nos impiden de confiar en nuestra propia sombra, el movimiento Vamos Juntas surge para cambiar nuestras perspectivas, para hacer que las mujeres se vean como amigas y no como enemigas, para difundir amor y sororidad. Es un verdadero desafío cambiar el chip porque nos enseñan a no confiar en nadie, pero todos los días recibimos mensajes de mujeres que pasaron por distintas situaciones de acoso y que fueron “rescatadas” por una chica desconocida. El empoderamiento que estamos observando es conmovedor. Hay mujeres que nos dicen: “Cuando me siento intimidada por alguien, pienso en todas ustedes y me siento fuerte” o “Ayer tuve la oportunidad de ayudar una hermana, gracias por hacerme sentir el amor de nuestra sororidad”. Leer ese tipo de cosas hace que valaga la pena toda la energía que le ponemos al movimiento.
Los testimonios son muchos y cada día se incorporan más. Los relatos reproducen qué ocurre cuando las mujeres se apoyan en los espacios públicos. Una chica cuenta que en el colectivo un hombre la miraba constantemente y ella tenía miedo de qué pasaría cuando le tocara bajarse hasta que una mujer mayor detectó la situación y se bajó con ella haciéndose pasar por una conocida de la familia; otra joven dice que vio que otra era perseguida en la calle por un hombre y paró el auto para que ella pudiera subirse; y otra, que una señora la llamó desde la puerta de una casa para decirle que había un grupo de chicos escondidos cerca que la estaban esperando.

El acoso, un problema minimizado
El piropo callejero ha sido, en varias oportunidades, tema de debate. Muchas veces se supone que existen diferentes niveles y que el “halago” pasa a ser violento sólo cuando el lenguaje se vuelve vulgar. Sin embargo, es importante tener en cuenta que se trata de una situación donde el varón impone su deseo de mostrarse viril y la mujer queda en una situación de vulnerabilidad porque no conoce cuáles son los límites de ese desconocido.
De todas maneras, muchos varones y mujeres defienden esa práctica. Los primeros acotan que sólo quieren ser galantes y las segundas que les agrada que les reconozcan la belleza. En ese sentido, se debe destacar que no es necesario entrar en un estereotipo de belleza, ni usar determinada ropa, para ser acosada y que la lindura no debe estar validada en la mirada de un desconocido.
“El acoso callejero es una forma de violencia, es un acto en el cual la persona cree que tiene la libertad de decirte cosas o hacerte cosas independiente si estás de acuerdo o no, si te gusta o no. Esa actitud por sí sola ya es una violación a tu derecho de andar en paz por la calle, a tu derecho de ser vos misma y vivir tu vida como la querés. Es una total falta de respeto al ser humano y creo que el problema está enraizado en nuestra cultura”, analizó Pedroso.
Esa situación de desigualdad que se sostiene en la cultura patriarcal obliga a las mujeres a repensar sus hábitos y actitudes para no sentirse responsables de despertar en el varón una actitud que las perjudique. Y eso se replica, muchas veces, en los discursos de las autoridades y de los medios de comunicación, así como en el de gran parte de la sociedad. Es por eso que, por ejemplo, ante el crimen de las jóvenes mendocinas en Ecuador, no es casual que el eje haya estado en que “viajaban solas” –cuando en realidad viajaban juntas– o en que eran mochileras, como si ellas hubieran generado la situación de vulnerabilidad en la que terminaron porque dos hombres quisieron someterlas y utilizarlas como si fueran objetos que debían estar a su disposición.
En ese sentido, la referente local de “Vamos Juntas?” agregó: “Es triste como mujer tener que dejar de vestir una prenda o de poner un lindo labial porque eso puede incentivar los instintos más animales de alguien, que quizás te pueda secuestrar en la calle y violarte en cualquier momento. Es triste no poder salir sola en determinados horarios o, como en mi caso, no poder pasar por una calle sin ser ofendida. Es triste tener que medir nuestras palabras para no ser «demasiado amables» por miedo a que una demonstración de cordialidad pueda desencadenar un comportamiento sexual y obsesivo. Es triste tener miedo de decir «No» en algún boliche por miedo a que te peguen”.
E hizo referencia a la doble moral que existe entre quienes se ofenden porque una mujer amamanta en público pero no por la publicación de revistas pornográficas; o entre quienes criminalizan a la mujer que aborta pero no persiguen al varón que se desobliga de sus hijos nacidos. “Hay una terrible inversión de papeles cuando las víctimas son cuestionadas y imputadas de la culpa del acoso «vos lo buscaste», «vos estimulaste eso», «no deberías haber viajado sola» o «no deberías haber caminado por ese barrio». No. Eso está muy mal. No podemos dejar de vivir, de ir a trabajar, de salir a bailar, de viajar con nuestras amigas, de vivir momentos lindos por miedo, porque nuestra cultura y sociedad construyeron un escenario donde es peligroso ser mujer. El acoso sólo va parar cuando las personas tomen conciencia real de que todo ser humano necesita ser respetado. Falta empatía, falta ponerse en el lugar del otro. Falta humanidad”.
Por Victoria Rodríguez - victoriarodriguez@uno.com.ar / De la Redacción de UNO de Santa Fe

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