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Sábado 21 de Mayo de 2016

Vivir en un circo: el detrás de escena que la gente no imagina

Ya sea por herencia o gusto las jornadas de los artistas circenses están marcadas por el desarraigo, constantes viajes y una rutina dedicada al espectáculo. FOTOS.

La magia del circo atraviesa a los espectadores en cada número, pero más allá de lo que se puede observar en el escenario persiste un estilo de vida peculiar, signado por el constante cambio. Más allá de la gran carpa, se puede encontrar un sinfín de historias protagonizadas por sus integrantes, las cuales permanecen ajenas a los espectadores.
En una visita a Servian el Circo, el cual se instaló en la ciudad hace unas semanas, Diario UNO pudo dialogar con algunos de sus artistas para conocer y desentrañar lo que significa convertirse en un viajero constante.
Uno de los casos más paradigmáticos es el de Ailén Servian, nieta del fundador del circo. Con tan solo 18 años, esta joven que ahora se encuentra terminando sus estudios secundarios a distancia, sabe que su vida estará marcada por la actividad circense. “Soy sexta generación, siempre viví en el circo”, dijo la joven con una seguridad que algunos chicos de su edad envidiarían.

Menuda y de cabellos revueltos Ailén dedica la mayor parte de su día al trapecio. La adolescente empezó a incursionar de pequeña, saltando; pasó por un importante número de disciplinas en las cuales recuerda que o se lastimaba o se percataba de que no progresaba.
“Es como si el trapecio se hubiera puesto enfrente y bueno...lo amé. Me di cuenta que era mío”, cuenta con una sonrisa que le ilumina la cara.
Los ensayos se sucedieron bajo la tutela de Gastón Elías, reconocido trapecista del Cirque du Soleil y que durante cinco años trabajó en el Servian. Duraron un año y medio.
“Él me empezó a dar clases y yo empecé tomarle el gusto, ver videos, me encantó y lo amé. De ahí en más empecé a ensayar constantemente”, relata.
La prueba de fuego llegó de la mano del entusiasmo del tío de Ailén cuando durante la estadía del circo en Villa María la empujaron a estrenar su número. “Fue mi mayor desafío junto a Gastón, artista y mi profesor, fue un honor y un desafío”, recuerda. 
Sin lugar fijo
Permanecer en un solo lugar durante un largo tiempo es extraño para la joven que desde chica viajó y hasta el día de hoy pasa la mayor parte de su tiempo en una casa rodante.
 La rutina escolar de Ailén, al igual que la mayoría de los niños y adolescentes que se acoplan a la vida de sus padres artistas, se caracterizó por haber transcurrido en las diferentes escuelas de todos los lugares en los que el circo decidía instalarse. “Se me complicó con el tema de las amistades, porque uno está acá adentro, ensaya, estudia”, admite.
A pesar de haber viajado mucho no recuerda haber permanecido un largo período en un lugar fijo. “Tampoco me encariñé con alguien como para querer quedarme en un lugar. Nunca me ha pasado”, cuenta.

En torno a los desafíos que se imponen en la vida de circo Ailén tiene en claro lo que desea y lo resume en términos claros y sencillos.
“Lo que me queda es ensayar constantemente”, dice con confianza, para finalizar proyectando que quiere llevar su arte a España o Italia”. La “chapa” que le da el circo y de quienes aprendió, le sirven a tal fina. “Me gustaría poder exhibir mi arte para que me vean en lo que yo hago, porque representa mucha fuerza y disciplina”.
A volar
Volar alto, desplegar su cuerpo en acrobacias que dejan a los espectadores mudos de admiración es la especialidad de Vicente Ventura quien por herencia y gusto se dedica al trapecio volante desde muy pequeño.
Corría el 2011 cuando empezó a trabajar en el Servian, luego de haber pasado cinco años de su vida estable en la compañía del Circo du Soleil en Japón. Antes, su vida había estado marcada por diversos destinos.
Heredero del renombre de su familia de la cual es quinta generación de trapecista desconoce una forma de vivir que no sea ésta, la nómade. A pesar de haber trabajado por cinco años en un show estable del Soleil en Tokio, no logró acostumbrarse.
“Estoy habituado a esto: estar un mes acá luego cambiarme de lugar, conocer diferente gente y tener muchos amigos”. Eso, dice,  lo llevó a dejar el Soleil, una de las compañías más reconocidas del mundo.
La tragedia marcó los inicios y la continuidad de Vicente en su carrera. A los 13 años su padre falleció mientras armaba un trapecio. “Le dio electricidad a once metros de altura cuando estábamos trabajando en Estados Unidos.Fue lo más triste que pasé a lo largo de mi vida en el circo”, recuerda.
La pérdida lo alejó del ámbito. “No quería saber nada con el circo, era como si me hubiera quitado todo”, agrega quien es mayor de sus hermanos y tuvo que trabajar fuera del circo. Cuatro años más tarde Vicente decidió volver en honor a todo lo que su padre le había enseñado, afirma. “Gracias a Dios y a su sacrificio, yo tengo una buena condición de trapecista”, puntualiza el artista.
“Mi meta fue volver al circo, ponerme en forma de nuevo y volver a hacer lo que me enseñó mi padre además de volver a reunir a todos mis primos para poder seguir con la tradición de los hermanos Ventura y continuar el legado”, relata con voz pausada y tranquilo.
Al poco tiempo desembarcó en el circo del padre de Jorge Servian que en ese entonces se llamaba el Poderoso Circo Australiano. Al poco tiempo y junto a sus primos, viajaron hasta México en donde participaron de un importante festival en el que lograron el tercer puesto. 
Más tarde, llegó el contrato del Cirque du Soleil para trabajar en Montreal. Ocho meses después llegó el anuncio del traslado a Tokio.
Al ser consultado sobre los desafíos que le restan encarar en un futuro cercano Vicente asegura que a sus 33 años “ya está logrado”. “Todo lo que quise hacer, lo más importante, era que el nombre de mi familia siguiera en pie: una vez que mi papá falleció el nombre se vino abajo y nosotros no estábamos vigentes. Esa era una de mis metas más grandes: subir el nombre”, confiesa.
El reto que ahora Vicente tiene por delante es poder preparar a sus hijos de 18, cuatro y dos años. Y es que en la vida de circo todos los artistas pasan por una preparación que comienza con actos de acrobacias en el suelo, luego se pasa al trampolín y por ultimo subir al trapecio. “A mi hijo más pequeño le encanta el payaso, él trabaja y sale al final de show. Mi hija le tiene mucho miedo a las alturas, hace poco descubrió que quería hacer hula hula, mi hijo más grande es acróbata en trampolín y está empezando a subirse al trapecio”, cuenta orgulloso. 
El encargado de las risas
Fabián “Paquito” Moscoso es el encargado de disparar las risas a lo largo de las funciones. De personalidad histriónica, el personaje del payaso Paquito se gana de forma rápida y divertida las sonrisas de los espectadores.
Al igual que muchos de los integrantes de la compañía del Servian, Fabián debe su trabajo a la herencia familiar. Con una formación que comenzó en casa y de la mano de su viejo, se supo cultivar con diversos elementos que van desde los aprendizajes callejeros hasta lo teatral.
Junto a su familia pasó la mayor parte de su vida recorriendo los continentes. Lo difícil empezó cuando al momento de iniciar la secundaria su papá decidió instalarse en el país para que él estudiara. de golpe y porrazo, y luego de haber pasado una gran parte de su vida realizando giras en Centroamérica, Estados Unidos, México con circos grandes, la familia se instaló en un punto fijo.  “Estábamos en Panamá, terminó el contrato y nos volvimos. Compró la casa, nos instalamos y a la escuela”, enumera la secuencia.
Al principio pensó que era algo temporal, pero más tarde entre charla y charla descubrió que la idea era estar fijo por uno o dos años. “Me agarró la locura...¿cómo íbamos a estar estables si nosotros veníamos de circo?”, se preguntaba.“Así y todo iba a la secundaria, al instituto de música, en el medio a mi viejo le empieza a ir mal con su parque. Y volvimos al circo”. Sin dejar los estudios y junto a su papá, trabajaban de viernes a domingo en aquellos circos que estaban en gira por Buenos Aires. “Volvíamos en tren o colectivo para que yo fuera a la escuela de lunes a viernes”.
Pasaron muchos años, hasta llegar al cuarto año del secundario ¡en Mendoza! Allí pudo terminar los estudios. En coincidencia, la vida de circo se complicaba. Ni los internacionales siquiera llegaban al país.  “Llegó un momento en el que el sueldo del circo no le alcanzaba a mi papá, como yo solo estudiaba empezó a buscar otros recursos fuera del circo”, cuenta Paquito, para, a paso siguiente, recordar que su padre fabricaba todos los productos que se vendían en el circo como las narices, los yoyós chinos, los payasitos. “Mi viejo empezó a dedicarse solo a eso. Le iba mejor que actuando”, se acuerda.
Empezaron a trabajar en la calle cuando su papá empezó a vender sus productos en una plaza. “Iba vestido de payaso con unas marionetas que fabricaba. Le iba muy bien”, describe, con algo de dolor. “Era como ver a un payaso que vende globos en la peatonal, que para mí era triste, aunque le iba bien y alcanzaba, estábamos bien”, recuerda.
Sus primeros pasos en el escenario callejero llegaron tras la insistencia de su padre. De a poco pudo vencer la vergüenza y hacer algo que su padre nunca logró: pedir a la gorra. Algo que al principio había generado pudor pasó a ser una tarea sencilla. El trabajar en la plaza le facilitó conocer gente, artesanos, teatro, y de esa manera empezó a transitar el camino del teatro. “Todo como jugando, descubriendo otras cosas y conociendo gente amiga. Muchos trabajaban en otros países”, recuerda.
Su trabajo callejero lo ayudó para que más tarde pudiera conjugar los elementos de ambos mundos: calle y circo. De a poco se fueron dando los hechos, llegaron los personajes que él creaba tomando como punto de referencia las herramientas que tenía. Lo cual lo llevó al teatro de revista como cómico y de allí a la carpa de los circos, su trabajo de hoy.
Así, entre sueños, ensayos y aplausos transcurre la vida de estos artistas nómades, que por estos días recalan en la capital provincial, para dar rienda suelta a sus creatividad, que día a día celebran los cientos de concurrentes de toda la región el Circo Servián.   
Romina Elizalde / relizalde@uno.com.ar

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