Por: Martin Schneider (*).

Sin dudas en este último período hemos asistido con una inquietante expectativa a la mayor caída -en los últimos cinco años- de los mercados financieros mundiales, por lo que si hablamos de inversiones y especulación, el mercado de las criptomonedas no podría ser ajeno a esta situación y así por enésima vez estaría explotando esta denominada burbuja.

Claramente, por su propia dinámica y genética financiera, los criptoactivos sufren de una mayor volatilidad y es por ello que un desplome con porcentajes en el orden de hasta un 20% diario puede resultar normal pero no menos alarmante para cualquiera de sus incipientes inversores.

Para unos esta nueva caída tiene relación con la decisión de la SEC (la Comisión de Valores de EE UU) de tener más control sobre las plataformas de intercambio (exchanges) de criptomonedas; para otros más bien está relacionada con los problemas de seguridad informática y rumores de hackeo a estos sitios. Lo cierto es que cualquier noticia parece infundarle inseguridad al inversor de este tipo de intrumento y provoca reacciones inmediatas sobre este mercado.

En este orden, durante el encuentro de ministros de finanzas y presidentes de bancos centrales del G20 desarrollado en la Argentina durante el mes de marzo pasado, se emitió un documento donde resuelven necesaria una respuesta multilateral a los desafíos que presentan los criptoactivos y se debatieron sobre las oportunidades de la tecnología subyacente a los mismos, la novedosa y prometedora blockchain (cadena de bloques) que propone una revolución económica en términos de eficiencia, transparencia y confiabilidad para las transacciones. Asimismo, hubo consenso respecto de la necesidad de monitorear los potenciales riesgos que estos instrumentos presentan en términos de lavado de dinero y financiamiento del terrorismo, así como también para la protección de inversores y consumidores. En resumen, quedó evidenciado que estos activos digitales, aún no constituyen un riesgo sistémico para la estabilidad financiera por su pequeño volumen, pero inexorablementtte se requiere monitorear su desarrollo.

No obstante, cuando se hace referencia al volumen del mercado de criptomonedas debe concebirse un mercado con una capitalización que alcanza en la actualidad unos 210.000 millones de dólares, equivalente -por ejemplo- a la suma conjunta del valor de marca de Amazon y Google. Esta cifra resulta significativa si se tiene en cuenta que a comienzos de 2017 esta capitalización apenas alcanzaba los 20.000 millones de dólares (Fuente: https://coinmarketcap.com/es/).

Así, los avances en términos de regulación -en lugar de prohibición- denotaría una mayor madurez del sistema financiero tradicional y los gobiernos respecto de su postura sobre las criptomonedas; ya no se piensa en ellas como una amenaza para la estabilidad financiera sino por el contrario, intentaría promoverse un mayor ordenamiento sobre este tipo de instrumentos de inversión.

El futuro de la adopción de las criptomonedas, ya sea como medio de pago y/o como opción para los inversionistas (particulares e institucionales), parecería depender en gran medida de un acercamiento coordinado de los reguladores globales y de lograr consolidar la confianza de los mercados financieros.

En tal contexto, el desafío radicará en la viabilidad de poder amalgamar múltiples factores, como pueden ser la experiencia de la banca tradicional con la tecnología que incorporan los criptoactivos. Sin dudas ese objetivo propone la supervivencia de sectores que -a la luz de los hechos- parecen tener intereses contrapuestos pero que podrían verse mutuamente beneficiados a niveles superlativos, dejando de lado esa infructuosa disputa entre civilización y barbarie financiera.