Lunes 06 de Enero de 2014
Mariano Ruiz Clausen
Diario UNO de Santa Fe
El lunes por la mañana se conoció la noticia de que una niña de dos años y seis meses y su mamá fueron atacadas por su propio perro, un dogo argentino. Ambas fueron trasladadas a los servicios de guardia del Hospital Alassia y Cullen, respectivamente, para ser evaluadas y asistidas.
“La madre recibió una mordedura de importancia en el hombro superior derecho y en la parte blanda, en el antebrazo, por lo que luego de las curaciones y de aplicársele la vacuna antitetánica en el Cullen, fue derivada a Traumatología, y le dieron el alta a las pocas horas”, informaron desde el hospital.
Por su parte, el doctor José de Jorge, de la Guardia del Alassia, indicó que “la niña recibió las curaciones y atenciones de rigor ya que tenía una herida en el muslo e iremos viendo cuando la traigan a la consulta cómo evoluciona la cicatrización”.
Según se informó, el hecho ocurrió en una vivienda de calle San José al 8.130, en barrio Pompeya. Allí, el perro de la familia, un dogo, atacó a la nena. Su mamá al ver la situación buscó separarlos y en ese momento también resultó atacada por el animal.
El hecho pone en agenda el debate sobre los “potencialmente peligrosos” y el vínculo con quienes los adquieren, por lo que Diario UNO consultó a una especialista, quien hizo un análisis general aunque riguroso de la cuestión, dado que se desconoce el contexto en el cual el perro se habría puesto agresivo, la edad del mismo, entre otras variables que son de importancia para la profesional a la hora de dar una opinión más concreta.
Se trata de la doctora en psicología Gabriela Barrera, investigadora del Conicet, integrante del Grupo de Investigación del Comportamiento en Cánidos de Buenos Aires y del Icivet (Instituto de Ciencias Veterinarias del Litoral), UNL Conicet.
Inicialmente y como se dijo, explicó que no puede hacer un análisis acabado del caso al desconocer el contexto, entre otras variables intervinientes o determinantes de la conducta agresiva del animal.
Posteriormente, relativizó la idea de “perros peligrosos” explicando que las razas así señaladas –en su estado puro– han sido creadas o modificadas genéticamente con fines específicos y que el problema surge, entre otras cuestiones, porque se los toma como animales de compañía.
“El caso del dogo argentino es un perro preparado para la caza, de gran porte, y su mordida puede provocar un traumatismo importante, por eso es que los casos son más conocidos o mediáticos por el impacto que provocan”, comenzó diciendo.
“Es verdad –consideró la doctora en psicología– que la raza predispone a ciertos rasgos y características de la personalidad del perro, sociabilidad, etcétera, pero no es determinante. Por eso, tenemos que evaluar el individuo en sí y su medio y las experiencias durante su ontogenia (durante su vida)”.
Volviendo al punto anterior, profundizó en que “hay diferencias en la presión de la mordida de diferentes razas, diferentes tamaños y portes de cada perro y eso determina la intensidad y daño y por consiguiente puede generar más impacto en los medios de comunicación. Aunque lo cierto es que un simple caniche puede tener una conducta agresiva y su mordedura no saldrá en los diarios”.
Modos de prevención
—Doctora, ¿cuáles son las medidas básicas para evitar que los perros de compañía tengan comportamientos agresivos como el descripto?
—En general, la clave es el modo en que se lo trata al animal los primeros cuatro meses, que es el período de ventana o socialización. Es fundamental que en esa instancia tenga el mayor contacto con niños y adultos a través del juego y con otros perros, también en condiciones estimulantes, preferentemente cachorros y no adultos que puedan intimidarlo, agredirlo o infundirle temor. El perro debe poder en ese momento explorar todo lo más posible, conocer, vincularse en clima cordial y afectuoso. También es recomendable que en ese contexto, se le brinden pequeñas cantidades de comida para que asocie el movimiento de las manos –que incluya caricias y mimos– como algo gratificante y no atemorizante.
—¿Cuánto tiempo dura y cómo debe ser ese período de socialización?
—Esta fase de socialización temprana denominada período sensible, en los perros comienza alrededor de las 2 1/2 a 3 semanas y concluye alrededor de las 12 a 13 semanas, siendo el momento de mayor receptividad la séptima semana. Los perros comienzan su socialización una vez que pueden caminar, lo que en promedio ocurre alrededor de las tres semanas de edad, y continúan formando relaciones sociales primarias hasta por lo menos las 12 semanas. Estas relaciones pueden formarse tanto con otros canes como con otras especies, y entre éstas se encuentran los humanos. Esta fase temprana del desarrollo es definida como el período sensible de socialización y resulta fundamental para la formación de lazos sociales y prevenir problemas de conducta en un futuro como la agresividad con otros animales o con el hombre, la temerosidad, entre otros rasgos.
—¿Cómo se educa a un perro?
—El tema es muy complejo, técnico y excede la posibilidad de responder en esta instancia. Lo que puedo decir a grosso modo es que gran parte de los problemas de obediencia, agresividad y de comportamiento no suelen ser producto de que el perro quiera demostrar su jerarquía, sino, más bien, son resultado de la falta de educación adecuada, falta de utilización y comprensión de los principios básicos de la conducta y las leyes de aprendizaje, falta de socialización (importantísima para la cual se pueden prevenir muchísimos comportamientos disruptivos), falta de inhibición de la mordida, de la correcta enseñanza de reglas hogareñas, falta de estímulo y muy frecuente y penoso, por falta de contacto con el grupo familiar. Todo eso puede resolverse buscando el asesoramiento profesional adecuado a tiempo.