Jueves 26 de Septiembre de 2013
Victoria Rodríguez
Diario UNO de Santa Fe
Pocos movimientos sociales han logrado tantos cambios en los últimos ocho años como el colectivo de la diversidad sexual. En 2005, cuando Diario UNO de Santa Fe salía a la calle, hablar de la lucha por los derechos de las personas gays, lesbianas o trans era poco habitual en los medios pero también en los hogares, los lugares de trabajo, las escuelas o los bares. Sin embargo, gracias a la unidad y a la lucha sostenida de los militantes no sólo comenzó a hablarse del tema sino que también se consiguieron leyes centrales que posicionaron a la Argentina como un país de avanzada en el respeto y la aceptación de la diversidad.
Hubo dos hechos concretos que consolidaron el cambio: la ley de matrimonio igualitario y la ley de identidad de género. La primera no sólo significó que las personas pudieran casarse sin importar el sexo de cada una sino que también abrió un abanico de derechos civiles para las parejas del mismo sexo –pensión, licencia por enfermedad, herencia, posibilidad de acompañamiento en situaciones específicas, entre otras. Y la segunda le dio a las personas trans el derecho más básico, el reconocimiento de su identidad autopercibida; pero también les posibilitó el acceso a la salud, al trabajo y a la educación.
De todas maneras, para los militantes la lucha no ha terminado y los avances van mucho más allá de las leyes. Alejandra Ironici, Gerardo Picotto, Silvina Sierra, Alfredo Pissoti, Emmanuel Theumer, Virginia Monzón, Matías Bustamante y Alexis Santa Cruz, referentes locales del movimiento LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y trans), analizaron los pasos dados y los cambios que se dieron.
“Considero que si el colectivo de la diversidad sexual tuvo alguna conquista más allá de las legales ha sido que se instale el tema y llevarlo a todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana. Cuando empezamos a hablar de esto, en la casa se comenzó a discutir, todos nos dimos cuenta que en la familia había alguien que tenía una pareja del mismo sexo o que en el trabajo tenemos un compañero gay o se empezó a ver diferente a las chicas trans que están en una esquina porque no les queda otra opción”, evaluó Piccoto.
Y Pissoti agregó: “Lo importante de la lucha es que fueron dos causas que se manejaron de manera colectiva, que requirió el esfuerzo horizontal de muchas asociaciones, donde participaron no sólo lesbianas, gays y trans sino también heterosexuales que son amigables. El tema estuvo instalado en los medios de comunicación y eso permitió que se diera un debate de temas que habitualmente no se hablaban y que, de algún modo, mucha gente tome posición”.
Sin embargo, no fueron tiempos fáciles. La proximidad del debate de la ley de matrimonio igualitario mostró la cara más dura de los grupos conservadores, fundamentalmente ligados al catolicismo, quienes movieron todo su aparato de poder para evitar que el proyecto se apruebe. De hecho, en la ciudad de Santa Fe organizó una multitudinaria marcha anunciando el final de la familia –el lema era “Porque los chicos quieren papá y mamá”– y para la que muchas escuelas convocaron compulsivamente a las familias de su alumnado.
“Los días de lucha por la ley de matrimonio igualitario fueron muy fuertes. No voy a olvidar el día que hicimos una marcha desde la Plaza de Mayo hasta la peatonal y el contraste fue muy fuerte. No éramos más de 200 personas y la contramarcha eran unos 10.000. Ellos se basaban no sólo en un credo religioso sino en apelaciones a la naturaleza, era un discurso muy básico y fundamentalista”, evocó Theumer.
Al respecto, Monzón aclaró que no se trataba sólo de lograr la firma de un papel sino que toda la ciudadanía tuviera las mismas posibilidades. “Ojalá el resto de los países entiendan esa necesidad ciudadana de tener derechos civiles”, resaltó, ya que sólo 14 naciones lo reconocen.
La ley de identidad de género fue el segundo gran paso. Y se consiguió con mucha lucha pero con menos resistencia de los grupos conservadores que habían caído ante la decisión del Congreso sobre el matrimonio. De todas maneras, la tarea no ha finalizado y todos se cuidan mucho de dormirse en los laureles.
“Apuntamos al cambio social y a la generación de igualdad de oportunidades. A que los varones y las mujeres trans no tengan que irse de sus pueblos para poder ser ellos mismos. Si bien los avances jurídicos son importantes la finalidad de todo esto es la igualdad social, el reconocimiento legítimo”, subrayó Bustamante.
A lo que Ironici añadió: “Yo creo que las compañeras siguen viviendo la misma realidad que hace ocho años, hemos avanzado en cuestiones que legitiman los derechos pero no en la cuestión real de acceso a determinados derechos. Ahora vamos a empezar a focalizarnos en el pedido de trabajo real para las compañeras trans. Queremos hacer una campaña masiva para solicitar que las empresas y el Estado empiecen a tomar a las compañeras”.
El dolor de la discriminación
Los militantes reconocieron que la época más dura que les tocó vivir fue durante la discusión de la ley de matrimonio igualitario pero remarcaron que aún persisten señales de homo, lesbo y transfobia que están naturalizadas.
“Fue un momento de mucho aprendizaje, donde viví cosas muy fuertes. Nosotros teníamos una postura política, fundamentalmente, y tratábamos de que sea eso. Pero, necesariamente, terminaba surgiendo la cuestión personal, lo íntimo y se empezaba a mezclar todo”, recordó Piccoto y agregó: “A mí me quedó un sabor muy amargo porque la pasé muy mal cuando ciertos sectores de la sociedad, fundamentalmente los de la Iglesia, se juntaron para ir en contra de un derecho que era nuestro. La pasé muy mal, me sentí aturdido por las jugadas sucias pero, por suerte, tuvimos la inteligencia de poder llevar la discusión a un plano de derechos que era prácticamente indiscutible. Teníamos todas las de ganar y se pudo salir adelante”.
En tanto, Bustamante reconoció que “hoy hay mucha más aceptación. Cuando salí del clóset no se veía, en la ciudad, parejas del mismo sexo caminando por la calle o dándose un beso. Hoy es mucho más cotidiano. Pero también esa visibilidad ha generado situaciones de violencia, con casos de parejas lesbianas que han sido expulsadas de bares por darse un beso”.
Y Pissoti sostuvo: “Hay más visibilidad pública y hay un poco menos de agresión pero se sigue utilizando algunas palabras que muestran que la homofobia sigue internalizada. Por ejemplo, las calles están llenas de grafittis que dicen «Fulano de tal puto». Ésa es una forma de ofensa que es difícil de erradicar. Básicamente la homo, lesbo y transfobia tiene que ver con el prejuicio y la falta de conocimiento; eso se modifica con educación. Pero como todo proceso educativo y cultural lleva mucho tiempo”.
Por su parte, Sierra indicó: “Creo que hay desinformación. Se ridiculiza al gay y al trans y se invisibiliza a la lesbiana. En nuestro caso hay doble discriminación, se muestra a las lesbianas sólo para la fantasía del varón”.
Cómo lograrlo
El cambio cultural es siempre el más difícil, pero todos están de acuerdo con que la clave para lograrlo es la educación. Pero también destacan que eso no depende sólo de la escuela sino toda la sociedad.
“Creo que han habido muchos cambios importantes en la sociedad al momento de aceptar la diversidad sexual. Pero considero que falta educación, desde la casa y hasta la escuela.
Es la única manera en que vamos a lograr una inclusión real”, analizó Santa Cruz y siguió: “Por ejemplo, mi sobrina va al jardín y ahí la señorita le dijo que la familia es mamá, papá y los hijos. Cuando llegó a casa, mi hermana le explicó que no, que hay muchos tipos de familias, con dos mamás o dos papás, con una sola mamá, con el papá y los abuelos. Pero cuando la nena le dijo eso a la maestra ella le volvió a decir que no. Entonces las cosas empiezan por casa pero se necesita el apoyo de la escuela”.
En tanto, Ironici marcó: “Obviamente, nos falta un montón de camino que tiene que ver con la cuestión cultural y la educativa. A donde debemos apuntar las compañeras trans es a poder capacitarnos para así poder pelear más cambios”. Por último, Sierra agregó que “tiene que haber un trabajo en conjunto ya que las organizaciones trabajan con esfuerzo pero el Estado también se tiene que sumar. Por ejemplo en las campañas nunca se habla de la transmisión de mujer a mujer del VIH, ni en la educación sexual se aborda claramente el tema. El Estado se tiene que involucrar y acompañar toda la lucha”.