Domingo 15 de Septiembre de 2013
No hay nada peor que las Leyes de Murphy. Porque son caprichosas, carecen de asidero científico, y lo peor de todo, son infalibles. “Si algo puede fallar, va a fallar”, reza la número uno, la más popular, la que más dolores de cabeza le ha dado a los optimistas que creen que con voluntad, un plan y corrección basta y sobra para llegar a buen puerto. Y no es así, por más que las Leyes de Murphy sean una porquería y que, como pueden fallar, van a fallar. El buen hombre es divorciado, se pasó la vida ahorrando para hacer ese viaje con sus hijos a Disney, hizo los deberes, tramitó con tiempo los pasaportes, pidió los permisos de rigor, fue amable, educado y responsable con su ex mujer, avisó a las tarjetas de crédito que iba a salir del país, contrató el seguro médico, armó la valija, cargó un abrigo, una campera
de lluvia y una muda extra en la el bolso de mano, por las dudas, y pensó: “Ya está, ahora a disfrutar”. Gran error.
Nunca hay que festejar antes de tiempo. Ni siquiera cuando, por obra y gracia de un milagro, se consigue un vuelo a Orlando desde Rosario, o sea, sin tener que sufrir el calvario de ir en combi a Buenos Aires, con el corazón en la boca por miedo a que un piquete le haga perder el avión, esperar mil horas en Ezeiza y encomendarse al cielo para que un paro sorpresivo de alguno de los gremios de la industria aeronáutica no lo deje en tierra. Una aclaración: previsor y temeroso como todo buen hombre que se precie de serlo, había revisado con lupa el permiso que, ante escribano público, le firmó su ex para que pueda viajar con sus hijos fuera del país, leyó cada nombre, cada dirección, cada número impreso con letras de molde en la documentación. Pero no fue suficiente, su suerte esquiva le jugó una mala pasada en el último momento, en el mostrador de la compañía aérea, al hacer el check-in.
¿Qué pasó? Lo de siempre, se cumplieron las malditas Leyes de Murphy. Al presentar los papeles y ver que la empleada de la aerolínea tardaba más de la cuenta en aprobarlos, preguntó con un hilito de voz: “¿Está todo en orden?”. La respuesta fue tajante: “No”. Y era así, realmente, el número del pasaporte de su hijo, que había renovado en tiempo y forma pero que su ex le había entregado un día antes del viaje, no coincidía con el del permiso. Para evitar malos entendidos: lo que estaba mal no era el permiso, que el buen hombre había revisado y vuelto a revisar y vuelto a revisar otra vez, sino el pasaporte, que había sido mal confeccionado, habían impreso un “9” donde debía ir un “6”, un detalle, una pequeñez, que obligó al buen hombre y a sus dos hijos, con los ojos llenos de lágrimas, a dar la media vuelta, pedir un remise y volver a casa, sin sueños que se hacen realidad, sólo pesadillas.
El problema se arregló y finalmente pudieron viajar, no sin antes tener que sufrir el escarnio de lidiar con la burocracia, valija en mano, niños apenados, nervios crispados, y pagar una fortuna para cambiar los pasajes. Y se cumplió otra de las Leyes de Murphy, la que asegura que “todos lo que se rompe tiene arreglo, pero no queda igual”. Desde este episodio, el buen hombre sufre una fobia incontenible a los controles aduaneros que le dura hasta el día de hoy. Y no le pasa a él solamente, hoy los argentinos que viajan al exterior la padecen aquí, allá y en todas partes. Antes el temor se reducía al momento de hacer los trámites de inmigración en Estados Unidos que, después del atentado terrorista a las Torres Gemelas, se endurecieron. Las historias que cuentan los viajeros que vivieron la experiencia de pasar al “cuartito” son escalofriantes, aunque en la gran mayoría de los casos tienen final feliz, nadie quiere vivirlas. Barajas, que en los buenos viejos tiempos, supo ser la puerta de entrada de los argentinos a Europa, se convirtió en un cuco.
Fue después del éxodo que provocó la crisis del 2001, cuando sin trabajo, sin futuro, sin fuerzas para seguir peleándola, los jóvenes partieron en busca de nuevos horizontes. Nadie que no fuera con boleto de ida y vuelta, alojamiento y una billetera abultada lograba pasar el duro bloqueo a la inmigración “sudaca” que puso la Madre Patria. Si hasta una abuela, con más cara de buena que la ancianita que cuida de ese “lindo gatito” al canario Tweety, terminó deportada porque no supo explicar cómo, cuándo y por qué había decidido ir a visitar a sus nietos para las Navidades. Llevaba los documentos en regla, tarjetas de crédito, una bolsa repleta de euros discretamente oculta bajo la falda y la dirección, número de teléfono y correo electrónico de su hijo, su nuera y un vecino, por las dudas. Antes, cuando el fantasma que recorría Europa era el IRA, el aeropuerto que ponía los pelos de punta a los turistas era Heatrow, los controles eran estrictos; las miradas de los agentes de Scotland Yard, intimidantes; los nervios de los pasajeros, inevitables.
Al buen hombre, que no se distingue por su fortuna, vivió un incidente en Londres. Fue años atrás, cuando era alegre y joven y viajaba por el mundo sin más equipaje que el pasaporte y na mochila. Aún no tenía hijos, así que le llevaba regalos a los sobrinos. Le había comprado un Babar de peluche, a la niña, y un robot a pilas, moderno, de última generación, al varón. Al pasarlo por el escáner sonó una alarma y varios uniformados, con las manos cubiertas por guantes de latex, llegaron para revisar el juguete. Le hicieron mil preguntas, lo miraron con desconfianza, a él y aún más al robot, que imaginaban un prodigio capaz de volar el avión, y finalmente lo dejaron ir. En esos tiempos, el gran temor en las profundidades del subte de Londres era quedar atrapado, en medio de la multitud de la hora pico, con las puertas de los vagones bloqueados, porque un distraído se había dejado olvidado un bolso.
Eso, después del atentado de Atocha en Madrid, cambió, los miedos son otros. Como los de los argentinos, que vuelven de Miami, con las valijas a punto de explotar, y tiemblan de sólo pensar que les descubran las compras en los outlets. Está el asustadizo, que suda como si acabara de correr el maratón de Nueva York porque le trae a su hija adolescente un par de remeras de Forever 21 y el temerario, que se planta con cara de póker ante el oficial de aduana, con más valijas que las que un porteador bengalí es capaz de cargar en su cabeza, una tablet escondida entre las revistas que robó del avión y tantos teléfonos inteligentes como caben bolsillos en su chaleco nuevo de explorador. Los hay que sufren y los hay que disfrutan la adrenalina de esos cinco, diez, veinte minutos de cola antes de pasar por por la ruleta rusa del escáner, mientras hacen cálculos sobre cuánto tendrían que pagar si les descubren lo que compraron y que ni a punta de pistola van a declarar.
Y el cándido que, cuando le pidieron que llevara esos veinte ositos de peluche, los metió en la valija sin sospechar que podían tener algo escondido en sus pancitas regordetas. Hay uno más, el valiente que a punto de embarcar rumbo a Cuba acepta el pedido de una mujer para que lleve un bolsón enorme, repleto de pañales descartables, para un familiar internado en una clínica de la isla. Lo hace sin dudar, desafiando el consejo de oro que le dan a los viajeros cuando van a salir del país: nunca llevar un bulto de un desconocido. Y su gesto solidario tiene premio, no sólo es el primero que sortea los controles sino que además hace el bien sin mirar a quién.
Datos útiles
• Qué se puede traer: Para conocer el régimen de equipaje, franquicias, tax free, circulación de vehículos y egreso de valores, consultar en www.afip.gob.ar/ turismo.
• Qué documentación se requiere: Para saber qué documentos y trámites se requieren para viajar al exterior, consultar en www. migraciones.gov.ar.
• Importante: En caso de llevar artículos de electrónica - cámaras de video o fotos, computadoras, tablets, teléfonos inteligentes-, declararlos en el mostrador de la Afip del aeropuerto.
Fuente: Ricardo Luque / La Capital (rluque@lacapital.com.ar).