Domingo 08 de Septiembre de 2013
Lucía Elizalde
Diario UNO de Santa Fe
La cineasta local Dolly Pussi visitó su Santa Fe natal para participar de un importante Festival de Cine y para ser reconocida junto a Fernando Birri, aunque ella afirma que “el presente era para su amigo y maestro, y no para ella”. Pero, ¿cómo no iba a ser merecedora del obsequio? Demasiada humildad en sus palabras.
Realizadora audiovisual y partícipe activa de los acontecimientos más importantes del cine latinoamericano desde los años 50, hechos trascendentales para las generaciones siguientes, Dolly tiene una historia de vida más que interesante.
Con sosiego y ojos cargados de experiencia y sabiduría, y acomodada en una de las salas de conferencias del Hotel Castelar, fue relatando en exclusividad a Diario UNO distintos hechos que para ella son pedacitos de su historia personal, pero que algunos significaron inmensos avances y apertura de puertas para la cinematografía. Aquí está la segunda parte del diálogo con la cineasta local, continuación de la nota de la edición anterior de Ser UN@.
—¿Por la dictadura militar, se tuvieron que ir del país?
—No. Pero porque no nos quisimos ir, aunque nos fueron a buscar. Fueron a la que era mi casa acá en Santa Fe donde vivíamos, y una vecina que era una adepta fiel a Eva Perón y tenía fotos de ella por toda su casa, pero con la cual nunca habíamos hablado de política, les dijo a los que nos fueron a buscar que nos habíamos ido del país. Y a Buenos Aires por suerte no nos fueron a buscar. Transcurrieron años duros porque además teníamos ya dos hijos y la situación financiera y política era horrible. La persecución de compañeros, la desaparición de personas, de amigos y el exilio de muchos otros, fue difícil. Entonces en esos años yo no hice más nada de cine, porque no se podía hacer nada hasta que llegó la democracia. Estábamos en las listas negras, éramos buscados, entonces tuvimos que empezar de cero. Arrancar desde abajo.
—¿Y qué hiciste?
—Hacer películas no era fácil porque en aquel momento el cine se hacía con película virgen y era muy caro, no había dónde exhibirlo y no había posibilidades de recuperar nada de lo que habías invertido. Un documental costaba en ese momento, lo que valdría hoy un departamento de uno o dos ambientes. Entonces decidí empezar en el cine profesional en Buenos Aires. Tenía una gran amiga de hace muchos años, Lita Stantic, que durante el tiempo del proceso ella continuó haciendo producciones. Tenía una productora con María Luisa Bemberg, con la que estaban trabajando muy bien, y la fui a ver para volver a trabajar. Le dije que me gustaba la producción porque ser asistente de dirección en ficción no me interesaba. Distinto hubiera sido si eran documentales…
—Con la ficción te ibas de la idea del “cine como medio de transformación”…
—Exactamente. Así empecé a hacer producción con la película Camila (1984) y empecé una carrera en ficción como profesional, hasta hace poco. La última película que hice, fue una que realicé para la televisión pero también se llevó al cine, una ficción sobre San Martín que se llama La Revolución: El Cruce de Los Andes (2010), con Rodrigo de la Serna en el papel del prócer, y la presentamos en San Juan.
—También hiciste otra película histórica, que presentaste acá en Santa Fe…
—Sí, ése fue un documental y se llama La Nación Desmembrada. Cuando cierra la escuela de Santa Fe yo estaba haciendo con mis compañeros una serie de documentales sobre historia argentina con la idea de proyectarlas en las escuelas. Esta primera película recorre el período de 1810 a 1820, ya estaba prácticamente terminada, pero cuando cierran la escuela, esta película quedó guardada. Yo la conservé por muchos años y al cumplirse el bicentenario la recuperé. La pasamos a digital y la terminamos.
—¿Cómo continuaba la serie?
—Luego de éste, seguía uno sobre José Artigas, del cual teníamos el guión escrito. Pero ahora lo desmenucé, escribí cuatro capítulos sobre ese mismo guión, y la idea es presentarlo al Instituto de Cine. Veremos la posibilidad de hacerlo con la escuela de Santa Fe, con el Conejo López.
Más y más acciones
—¿Y en qué etapa fuiste parte de la creación del Primer Festival de Cine Latinoamericano en Viña del Mar?
—En realidad el que trabajó profundamente en eso fue mi marido. Se llamaba Edgardo Pallero, era productor de cine latinoamericano, y quien más trabajó por eso. Yo lo ayudé. En una época con mi marido nos fuimos a Brasil a vivir unos años y volvimos, y trajimos de allá cuatro documentales de San Pablo, que en ese momento no tenía cine. Los trajimos a Córdoba donde había un festival de cine y los proyectamos. Ahí conocimos a alguien que venía de Chile porque había un Cine Club en Viña del Mar que hacía un festival, y nos comentó que el próximo año querían hacer uno pero que ya fuera internacional. Entonces charlando y discutiendo, mi marido propuso hacer un Festival de Cine Latinoamericano diciendo que siempre los europeos nos estaban tratando “como padres a hijos”, entonces la idea era hacerlo latinoamericano. Pero entre los hacedores audiovisuales, no nos conocíamos mucho, excepto cuando habíamos estado en Brasil unos años y entablamos relación con todo el cinema nuevo brasileño. También de Uruguay conocíamos algo y de Chile, pero del resto de América latina no sabíamos nada. Y en 1967, esta gente del Festival de Viña del Mar, cuyo director se llamaba Aldo Francia, otros que trabajaban con él, mi marido y yo que colaboraba como podía, armamos el primer festival en el que vimos cine de toda América latina. En ese tiempo no había internet, a excepción del teléfono que era carísimo. Pero a través de embajadas y otros contactos armamos el festival, y por primera vez salieron de Cuba las películas cubanas y vimos un cine extraordinario para aquella época. Ellos hicieron la revolución en 1959 e inmediatamente uno de los primeros decretos que salió fue la creación del Instituto de Cine, porque había gente que había estado estudiando en Europa y tenía una impronta cinematográfica muy fuerte, al igual que Fernando Birri y todos los compañeros de él en la escuela de allá. Así en el Festival de Cine Documental Latinoamericano del 68 en Mérida, Venezuela, nos conocimos entre todos, y en el 69 se realizó el segundo Festival de Viña del Mar. Éstos fueron tres eventos importantísimos donde nos conocimos y mutuamente nos congregamos. Discutimos mucho de la sociedad, del cine, de la política….
—Fue una apertura de barreras muy grande…
—Sí, realmente, al punto que se creó un Comité de Cineastas de América Latina, representado por dos cineastas de cada país de Latinoamérica y con sede en La Habana. Pero a partir de ahí vinieron los años negros, el golpe de Brasil ya había sido, luego fueron los de Bolivia, Perú, Chile, Argentina, Uruguay… Y todos los cineastas, como todos los artistas y los que estaban comprometido con una idea progresista, tuvieron que dejar de trabajar o que exiliarse. En esos tiempos duros el Comité de Cineastas de América Latina lo que hizo fue pedir continuamente, con firmas de cineastas importantísimos de Europa e incluso de Estados Unidos, por la vida de las personas del cine que desaparecían. No logramos nada, pero al menos lo intentamos.
—Y a partir de la democracia, ¿cómo seguiste la carrera por la apertura de fronteras en América latina?
—Bueno yo empecé a producir como te conté, y creamos entre todo el Comité la Primera Escuela de Cine Internacional en San Antonio de los Baños en La Habana, y se hizo ahí porque ningún país nos ayudaba. Cuba sí lo hizo, determinando que el edificio de una escuela secundaria que se desocupaba y quedaba vacía porque se había hecho una nueva, fuera destinado para esta Escuela Internacional de Cine, y el gobierno cubano apoyó ideológica y financieramente para crearla.
—¿Vos diste clases allí?
—Sí, fui en 1992 como directora de Producción de la escuela y me quedé casi tres años trabajando allá.
—¿Cuál fue la finalidad de esa escuela “internacional”?
—La idea era preparar y hacer un cine propio, un cine latinoamericano, incluso cuando lo que se llamó Nuevo Cine Latinoamericano estaba desde hacía unos años en formación. Y ese nuevo cine tenía que ver con uno que se basara en la realidad de Latinoamérica y no fuera solo de estudio o basado en ideas de libros internacionales que luego adaptaban y demás. Pero ese nuevo cine que buscaba un lenguaje propio y contenidos propios comenzó a gestarse en los años 70 y en los 80 ya existía sólido, con una fuerza cultural bastante interesante. Además, se trabajó mucho con el Comité para que en los diferentes países se crearan leyes que apoyaran el cine de sus propios países. Acá en Argentina teníamos leyes desde los años 50 pero otros países no tenían nada, y acá dependíamos del gobierno hacia dónde iba el dinero.
—Gracias a esas bases, hoy hay muchas normativas defendiendo el cine local...
—Sí, hoy hay cantidad de leyes que apoyan el cine propio, acá y en todos los países latinoamericanos. De esa escuela internacional egresaron muchos chicos que volvieron a sus países de origen y crearon escuelas de cine, productoras, ayudaron a hacer leyes de cinematografía. Entonces esta escuela en La Habana, fue realmente un motor importantísimo para el cine latinoamericano.
—Y vos también fuiste y sos parte importante de ese motor...
—(Risa tímida)... ¿Vos crees...?