Viernes 21 de Septiembre de 2018
Por Laila Tomas - Licenciada en Psicología
Con el correr de los años y las mejoras integrales que la sociedad ha ido adquiriendo, la expectativa de vida en el mundo aumentó significativamente al punto de duplicarse en los últimos 200 años. Mientras en 1850 lo esperable era vivir hasta los 45 años, se estima hacia 2050 lo normal será alcanzar las nueve décadas.
Sin embargo, mayor longevidad no necesariamente es sinónimo de buena salud, ya que al mismo tiempo de ir sumando años, se incrementa la incidencia de trastornos neurodegenerativos, antes considerados dolencias poco frecuentes, como es el caso de la enfermedad de Alzheimer (EA).
A nivel mundial, existen actualmente 35,6 millones de personas mayores de 60 años con demencia y se prevén 81,8 millones para el 2050, lo que hace el mote a las demencias, y especialmente a la EA, como la "epidemia del siglo XXI". Otro dato importante es que el 60% de los pacientes vive en los países de bajos ingresos, y es allí donde se producirá el mayor aumento de casos en los próximos años.
En nuestro país se estima que los casos de personas que padecerán demencias de tipo Alzheimer irán en aumento exponencial, puesto que la pirámide poblacional se encuentra envejecida (al igual que muchos otros países envejecidos).
Los datos disponibles de estudios locales epidemiológicos muestran que un 26.4% de la población mayor de 60 años tiene deterioro cognitivo y un 8.3% demencia.
De acuerdo con estos datos y los resultados de censo de 2010, se estiman aproximadamente 1.300.000 sujetos con deterioro cognitivo y 600.000 con demencia.
No hace falta ser un erudito para hacer números rápidamente y advertir que los costos que la enfermedad y su tratamiento conllevarán a nivel comunitario serán altísimos, y el estado deberá -ya debería- estar trabajando en políticas de salud que contengan el tratamiento y la prevención de las demencias en la agenda de salud pública.
Dentro de las demencias, el Alzheimer es la forma más común de ellas, donde existe un deterioro en aumento de las capacidades intelectuales, y conductuales. La pérdida de memoria y otras habilidades cognitivas interfieren con la vida cotidiana desde los comienzos de la enfermedad.
Los característicos olvidos patológicos, (deterioro de la memoria reciente) la ausencia de denominaciones y palabras (anomia) y la no conciencia de la enfermedad por el paciente mismo, es una característica de alarma donde la familia debe comenzar a poner atención sobre ello, y buscar ayuda profesional.
Desafortunadamente, en la actualidad, el Alzheimer no tiene cura, aunque si se está investigando para descubrirla (se trabaja a nivel mundial para encontrar mejores formas de tratar la enfermedad, retrasar su inicio y evitar su desarrollo).
Si bien los tratamientos actuales para el Alzheimer no pueden detener el avance del deterioro, si pueden ralentizar el empeoramiento de los síntomas y mejorar la calidad de vida de las personas con Alzheimer, sus familiares y cuidadores.
Lo primordial en el abordaje, es considerar a la persona afectada por la enfermedad como el eje en torno al cual han de girar absolutamente todos los esfuerzos e intervenir en todos los pasos que hayan de darse para mejorar no solo su calidad de vida, sino también la de quienes coviven con ello, los atienden y cuidan cada día.
Por lo tanto, es prioritario y vital no sólo conocer, sino analizar en profundidad cuáles son las principales necesidades de la persona afectada, saber qué es lo que necesita, lo que le gusta, lo que disfruta, las dificultades que ha de afrontar para satisfacer sus carencias, el funcionamiento de su vida diaria, la dinámica familiar y social, etc.
Sólo conociendo esto se podrá definir un marco de apoyo e intervención adecuado, efectivo y eficaz, trabajando desde una única forma operativa: la interdisciplina como equipo de trabajo sinérgico y actualizado.
Poder distinguir entre los síntomas del envejecimiento normal y patológico es toda una necesidad para envejecer con dignidad, siendo un cuidadoso diagnóstico diferencial la herramienta que lo posibilitará.
Existen así olvidos patológicos que predicen la enfermedad (olvidos o anomias que no mejoran con facilitaciones, reiteraciones frecuentes y desorientación temporal o espacial que se vuelven imposibles de recordar ante pistas, volviéndose lagunosos) y olvidos propios del envejecimiento (aparecen espontáneamente o ante cualquier estimulo más tardíamente).
Para realizar un adecuado diagnostico precoz, los profesionales formados en geriatría, gerontología, neurología y neuropsicologia son claves dado que son quienes están en contacto habitual con la población de esta edad y además es a quien la familia le va a consultar primariamente para saber si el pacientes debe ser o no estudiado.
Los recursos diagnósticos actuales son un minucioso interrogatorio del paciente y de alguien de su entorno, un adecuado examen clínico neurológico, una evaluación de las funciones cognitivas para determinar la presencia o no y el tipo de deterioro, rutinas de laboratorio y neuroimagenes.
De todas ellas, la evaluación neurocognitiva es la herramienta que personalmente más indico, ya que posee un aporte integral y exhaustivo de detección precoz y medición del estado general del paciente a nivel biopsicosocial.
Poder hacer uso de las herramientas que las neurociencias nos brindan, es un recurso que nos permite no solo conocer, sino actuar lo antes posible, y de la mejor manera.
Si tenés miedos, dudas, o inquietudes propias o de algún familiar, podés escribirme a lailatomas@hotmail.com.