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General Urquiza

A 150 años del asesinato del general Urquiza

La muerte también suma a su historia. Tan rica como la vida, el destino de su cuerpo encierra una cantidad de hechos de gran interés.

Viernes 10 de Abril de 2020

Después de un siglo y medio, la muerte de uno de los caudillos más importantes de la provincia de Entre Ríos sigue generando historias, no solo en torno a los hechos que marcaron el enorme rol político de Urquiza en la vida institucional de la Argentina, sino también por las circunstancias de su muerte, ocurrida el 11 de abril de 1870, y el interminable derrotero de su cadáver a lo largo de las décadas posteriores.

Justo José de Urquiza es un prócer para la entrerrianía, y a lo largo de su vida tejió un enorme entramado de relatos que con el tiempo mezclaron la realidad con el fanatismo de quienes lo exaltaban, y el odio de quienes lo combatieron.

Asesinado en su Palacio San José, enclavado en medio del monte, frente a su familia, y traicionado por gente de su confianza, murió dando batalla con un balazo en la cara y cinco puñaladas que aseguraron su final.

“Todo fue tan rápido, tan violento, tan deslumbrador, que nos sorprendió como el relampagueo de un rayo. Estábamos en Semana Santa, a la melancólica hora de la oración”, relata Doña Justa Urquiza de Campos, hija del General y testigo del crimen.

En los archivos del Colegio Urquiza de Concepción del Uruguay se guardan los recortes de muchos diarios y revistas que dieron la noticia. El New York Tribune, un periódico norteamericano, da cuenta en su edición del 21 de mayo de 1870, sobre la valentía de las hijas de Urquiza, contando: “(…) Lola, la hija, al darse cuenta del asesinato, se arroja sobre su padre, ya sin vida y lo abraza, manchándose con su sangre (…) Con cobardía, los asesinos disparan a los presentes pero, por alguna extraña razón, ni un solo disparo alcanza a la heroica niña, mientras que todos los tiros sí aciertan en el cuerpo del padre. Mientras tanto, otra de las hijas del General ingresa a la escena y con su propia mano, dispara, derribando a uno de los asesinos y logrando herir a otro (…)”.

El velorio no fue menos dramático. Se hizo en un clima cargado de miedo. Ricardo López Jordán, el hombre al que todos señalaban entonces como el autor intelectual del asesinato, había asumido la gobernación, y la persecución a los urquicistas se hizo sentir en las calles de Concepción del Uruguay como en ningún otro lado.

Su hija Ana se llevó el cadáver a su casa para rendirle los honores finales. No fueron muchos a despedir al General. Ellos fueron los últimos en ver el cuerpo del caudillo.

La persecución se intensificó, y aún un año después del asesinato, seguía latente la idea de una posible profanación de la tumba que había sido ubicada en el cementerio local.

Dolores Costa, la viuda, ordenó secretamente trasladar el féretro a la Iglesia y a partir de allí nunca más se supo del destino del cuerpo de quien fuera el vencedor de Caseros; 80 años más tarde se intentaría, por segunda vez, dar con el féretro del caudillo. El primer intento de búsqueda se había hecho la Basílica Inmaculada Concepción, en una cripta donde la viuda había dejado una lápida. La mayoría pensaba que el ataúd estaba detrás de aquella piedra, sin embargo, en 1901, con motivo del centenario del nacimiento de Urquiza, se buscó sin éxito en aquel lugar.

El hallazgo

Pero en 1951 se retomó la búsqueda y se resolvió pedir permiso al párroco de entonces para realizar una segunda constatación del lugar.

El historiador entrerriano y miembro de la “Asociación Justo José de Urquiza”, Darío Garayalde, investigó sobre la marcha de los trabajos realizados tras el hallazgo, y remarca en una de sus publicaciones, que el 5 de abril de 1951, la Comisión accedió a lo solicitado. Así fue como finalmente Antonio P. Castro, miembros de la Comisión y los descendientes hallaron el único nicho sin identificación. Levantada la tapa de este se encontraba un ataúd sobre cuya tapa de madera se hallaba una cruz de metal, con la inscripción «Gloria Deo». Desclavada esta tapa de madera, apareció una caja de zinc, dentro de la cual se hallaba un cadáver cubierto con una mortaja, esta última en excelente estado de conservación. Estaba reducido a estado esquelético, hallándose vestido con pantalón de brin, camisa, chaleco, saco, medias de lana y botines de color negro con elásticos en la parte superior.

Descanso final

El 24 de marzo de 1955 se dio por finalizada la investigación y se procedió al traspaso de los restos del General Urquiza al cofre que hoy descansa en el mausoleo construido en la Basílica Inmaculada Concepción que comenzó a planificarse algunos años más tarde. La inauguración fue el 7 de mayo de 1967 con la presencia del Presidente Juan Carlos Onganía.

Hoy, a 150 años de la tragedia de San José, este mausoleo sigue siendo un punto de interés donde la muerte no deja de generar un atractivo especial que incita a conocer más sobre la historia de este hombre que marcó el camino hacia la organización institucional de la Argentina.

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