A un año del accidente
Sábado 24 de Febrero de 2018

Sobreviviente de la tragedia de Monticas rememora el antes y el después del choque

Nicolás Spoto se dirigía a Zavalla en el colectivo al que se le averió una rueda y se estrelló contra el otro. Hubo 13 muertos y cuantiosos heridos.

El chofer Aníbal Pontel supo a último momento que el colectivo que manejaba con unos 15 pasajeros a bordo se estrellaría contra otro que venía de frente por la ruta 33, entre Pérez y Zavalla. Después de varios intentos desesperados para controlar la marcha del micro por el reventón de un neumático, el coche se le cruzó de carril y entonces vio venir al otro vehículo. Alcanzó a gritarles a los pasajeros que se agarraran de donde pudieran y agitó las manos con angustia. Fue lo último que hizo.


Quien describe las dramáticas maniobras de Pontel para evitar una tragedia es Nicolás Spoto, quien viajaba en uno de los asientos del lado derecho del colectivo de Metropolitana (pertenecía a la empresa Monticas y el otro micro también era de esa empresa). Spoto es ingeniero agrónomo desde 2015 y cursa el doctorado de esa carrera becado por el Conicet. Desde el 24 de febrero de 2017 es también un sobreviviente. En la tragedia de la que fue involuntario protagonista murieron 13 personas y muchas otras sufrieron heridas de consideración. Algunas quedarán con secuelas para toda la vida.



Spoto es una de esas personas: se fracturó dos vértebras cervicales y tuvieron que fijárselas con prótesis. Tiene 11 tornillos en la columna, todavía hace rehabilitación para recuperar la movilidad del cuello y mientras tanto lucha contra los molinos de viento para tratar de que la Justicia identifique y sancione a los responsables de un drama que tanto el Estado provincial como la empresa propietaria de los dos micros siniestrados pudieron y debieron evitar.


El viaje


Aquella mañana Spoto tomó tarde el colectivo para trasladarse a Zavalla a cumplir con sus tareas como becario del Conicet y avanzar en sus estudios para obtener el doctorado.


Esperó el micro en la plaza Sarmiento, en el centro de Rosario, y volvió a sentir la misma bronca de siempre cuando este se demoró. Pero tuvo una pequeña recompensa: quien estaba al volante era Pontel, un chofer nuevo en el tramo Rosario-Zavalla muy querido por los pasajeros habituales de Metropolitana. "Era amable, simpático y jamás lo vi mirando su teléfono móvil mientras manejaba, cosa que la mayoría de sus colegas hacen", cuenta Spoto.



El becario sabe de qué habla porque desde hacía tiempo estaba muy atento a las graves deficiencias del servicio que prestaba Monticas y sus otras empresas e incluso lo había denunciado.


El viaje fue normal hasta pasar la curva de la muerte, a la salida de Pérez. En el colectivo iban unos 15 pasajeros y como el calor era asfixiante, la mayoría —si no todos— se habían ubicado al lado de una ventanilla. Spoto iba atento a cada detalle de lo que ocurría a bordo y en la ruta. "Pasamos la curva de la muerte y unos tres kilómetros más adelante, cuando el colectivo llegó a su velocidad crucero, se reventó una rueda".


El ingeniero agrónomo recuerda que el coche se inclinó hacia adelante y hacia un lado, y que el rozamiento de la llanta contra el pavimento producía un ruido infernal. "El colectivo coleteó y Aníbal (Pontel, el chofer) trató de estabilizarlo, pero no pudo", cuenta. Entonces vio cómo el vehículo se fue hacia el carril opuesto y el chofer advirtió durante un instante dramático la tragedia inminente.



Spoto, que iba del lado derecho, terminó apretujado entre los asientos del lado izquierdo del coche. Cree que se salvó de morir precisamente porque quedó en el suelo y los hierros retorcidos impidieron que saliera despedido hacia adelante. No perdió la conciencia y fue el primero en levantarse después del tremendo impacto.


Recuerda con nitidez esos momentos: "Me sacudí para todas partes porque el colectivo sufrió tres golpes: el de frente, otro de costado y al final al caer a una cuneta donde desagotaba un canal clandestino". Lo atajaron los hierros retorcidos. Lo primero que hizo fue mirarse. Tenía sangre en la boca. Movía las piernas y los brazos sin dificultad, pero sentía un dolor intenso en las cervicales, "como si tuviese una gran contractura". Llamó al 911 para dar cuenta del episodio, aunque no le respondieron. El siguiente llamado fue a su mamá, que estaba en una sesión de rehabilitación. Le contó lo que había sucedido y le pidió que llamara a los bomberos y los servicios médicos. El tercero y último fue a una compañera de la facultad llamada Carolina: "!Chocamos, chocamos!", le gritó varias veces. La chica no entendía nada.


Una pesadilla


"Recordarlo es como ver una película. En ese momento no imaginé que sería tan grave, pero sé que el chofer se dio cuenta porque lo estaba mirando", rememora . Todo lo que vivió después fue de pesadilla. Lo primero que vio fue una zapatilla con un pie adentro y personas apiladas. "Ahí me di cuenta de que el choque había sido grave". No podía llegar hasta la puerta delantera por los cuerpos que tenía adelante, ni a la trasera porque un niño pequeño que estaba inconciente lo dejó en shock.


En segundos vio a Pontel muerto en su asiento, a una chica a la que un hierro le había atravesado un brazo y una imagen que golpea su memoria con fuerza: el cuerpo de un hombre que se había quedado literalmente sin rostro. Spoto cree saber quién era y eso aumenta su aflicción.


La parte delantera del colectivo no existía más. "La imagen más fuerte que tengo es un montón de panzas apiladas", expresa. Eran pasajeros que viajaban más adelante que él y estaban muertos o gravemente heridos. Recuerda con precisión "a una viejita" que, según supo después, perdió la vida.


"Había una mujer que me pedía auxilio. «Vos, el de rojo, ayudame»", recuerda que le dijo. También una nena que estaba tendida con la cabeza hacia arriba y al verlo lo llamó. "Le quité el pelo de la cara y tenía sangre. Me dijo que no sentía el cuerpo, me preguntó qué pasaba. Quise sentarla, pero tenía el brazo quebrado en varias partes. Entonces le dije que ya llegaban los Bomberos, que no se preocupara".


Quiso tomar uno de los martillos rojos que se usan para romper las ventanillas en caso de emergencia, pero no pudo porque estaba atado con alambres y precintos.


Lo que más recuerda ahora son los quejidos. "Nadie gritaba. Lo que se escuchaban eran apenas lamentos", cuenta. Sintió que se desvanecía y se sentó a esperar. Enseguida se acercó gente que transitaba por la ruta para tratar de ayudar. "De mi colectivo creo que fui el primero al que sacaron", cuenta. Fue una pareja de viajeros mendocinos. "Me preguntaron si podía caminar, me bajaron y me acostaron en el pasto". Recuerda el tremendo calor ("sentía que me deshidrataba"), el llanto de algunos bomberos mientras hacían su trabajo y otras imágenes desgarradoras.


Desde el lugar del accidente lo llevaron al hospital de Casilda. Allí, cuando diagnosticaron la gravedad de sus lesiones en la región cervical, decidieron trasladarlo a Rosario. Lo internaron en un sanatorio y le fijaron las fracturas con dos guías y once tornillos. Estuvo un mes en cama y luego le dieron el alta, aunque más tarde tuvo que pasar otros treinta días hospitalizado por una infección de la cirugía en las cervicales.


Afirma que cuando salió del sanatorio estaba "muy bajoneado", que su vida entró "como en una pausa" y que no quería contactarse con nadie. Muchas veces en el pasado había pensado en la posibilidad de que hubiese una tragedia por el pésimo estado de los colectivos que abordaba para ir y venir entre Rosario y Zavalla. Es más, lo había advertido varias veces y acostumbraba documentarlo con fotos y videos. Ahora había ocurrido y él era una de las víctimas.


Un grupo de "autoayuda" entre los que siguen vivos


Después de la tragedia, comenzó otra historia para Nicolás Spoto. Las curaciones, la rehabilitación que todavía sigue, el tratamiento psicológico para superar el trauma. Cuenta que lo que más lo ayudó fue ponerse en contacto con otros sobrevivientes. "Empezamos a hablarnos por WhatsApp y terminamos reuniéndonos una vez por mes. Es lo que más me ayudó. Hablamos mucho de lo que nos pasó y hasta hacemos humor negro, eso nos funciona. Así logré que se me fueran los miedos, las culpas, que se terminaran las pesadillas".


Él lo llama "grupo de autoayuda" y confiesa que para su sanación es fundamental. Es el único momento en el que apenas sonríe.


Su objetivo es que la causa judicial se destrabe. Admite que no sabe bien cómo conseguirlo y cuenta que cada vez que intenta saber algo choca contra una pared. Para mí la causa está frenada por algo o por alguien", sostiene con amargura. Su meta es que se haga justicia.


Presente y futuro


Una vez logró hablar con Miguel Lifschitz, aunque no fue porque el gobernador respondiera a sus pedidos de audiencia, sino porque lo abordó en un acto de la campaña electoral de 2017. El mandatario le informó que había designado a alguien del gobierno para que asista a las víctimas, pero las ayudas fueron mínimas (3 mil pesos inmediatamente después del accidente) y hay víctimas que todavía esperan ser contenidas por el Estado santafesino. "La gestión hasta ahora no se corresponde con la urgencia de esas personas", comenta.


Spoto sigue con licencia médica y no sabe qué pasará cuando deba volver a su beca y a cursar el doctorado. "No imagino cómo haré para ejercer la profesión que amo y para la que me preparé, con las limitaciones que me quedaron: no puedo agacharme, subirme a un caballo o manejar un tractor, cosas elementales para un ingeniero agrónomo. Estudié ocho años y no sé si voy a ser competitivo". Pensar en eso lo angustia tanto como los recuerdos de la tragedia.


Fuente: La Capital