En la escena un hombre atrincherado, un arma reglamentaria y cinco personas asesinadas. Un calor de 35 grados a la sombra azotaba el último viernes del año cuando la sangre de Mariela Noguera corría por la vereda de su hogar en Monseñor Zazpe al 4100. La mancha alcanzaba su ropa, la de trabajo, y estaba fuera de su casa porque volvía de cumplir su horario para comenzar a disfrutar el fin de semana de año nuevo.

"La Cuqui - por Carmen Lozeco de Noguera, de 70 - me dijo que ya tenía los sánguches para el domingo", fueron las palabras que pudo expresar horas más tarde entre lágrimas sobre su abuela una sobrina de Mariela a la que le arrebataron su familia entera. El deseo de un ratito más de normalidad.

Al pasar el patrullero con el asesino detenido, el casi centenar de vecinos que esperaba respuestas a metros de los cuerpos gritaban del dolor. Lo inexplicable llevó a la tensión. Un cuadro de ojos rojos, de manos mezcladas, palabras de enojo o de amor. Piedras también. El calor del asfalto y el sol de la siesta hacía que los presentes, perdidos en la impotencia, se amontonaran en la sombra de la vereda sur. Un barullo interminable fue el pulso de una tarde que contenía tristeza, preguntas e indiscretos clics de cámaras.

Antes del caos, el ex marido de Mariela buscó pasadas las 14 a los dos hijos pequeños que tenían en común y los llevó a la casa de sus padres, a un kilómetro y medio de distancia. "Lo llamó a mi hermano para que venga a las 15 porque quería hablar con él. Se ve que quería hacer una masacre completa", relató Alberto Noguera, excuñado del asesino.

Viudo e hijos se preguntaban "¿Por qué a la Pelu?", entre sollozos al buscar a Sonia Noguera - hermana de Mariela e hija de Carmen-, como así la conocían. "Joel no tenía nada que ver", decía su padre al abrazar a la mujer policía que le comunicó la noticia cerca de las 17. Se trata del novio de Ailén - la hija de Mariela -, que murió dentro de una de las casas junto a la joven segundos después de la ejecución del primer proyectil.

Los disparos empezaron cerca de las 15; las cuatro mujeres y el hombre que los recibieron murieron en el acto. Pero la agonía todavía continúa. En la cara hinchada de los hijos, sobrinos, esposos, tías y vecinas de barrio Alfonso. En los abrazos con los policías que restringían el acceso a las tres casas en que murieron sus familiares. En el brazo del hijo adolescente de Sonia, que sobrevivió después de ver a su mamá con un balazo en la cabeza se abalanzó para protegerla y fue atacado.

El 3 de diciembre Mariela denunció a quién sería su asesino, Facundo Solís. Por violencia de género, se acercó al Ministerio Público de la Acusación y dejó sentado que era víctima, que era hostigada y que necesitaba ayuda del Estado. El agente penitenciario, Solís de 33 años, continuó con sus tareas de funcionario público, sosteniendo su arma reglamentaria y mostrando su poder a sus sometidos, los Noguera.

"Esto viene de hace rato, siempre la amenazaba que la iba a matar, la golpeaba", cuenta Cristian García, el policía y amigo de Mariela que reconoció los cuerpos y agrega: "tenía tres o cuatro denuncias, ya". Lo mismo confirmó el hermano, Alberto: "a todas las tenía amenazadas de muerte. Como era guardiacárcel, tenía contactos y a las denuncias las hacía sacar. Pero se hizo gran cantidad".

Y no se puede llegar a este punto del relato sin hablar de machismo. El temor a pronunciar la palabra femicidio, solo prolonga especulaciones de índoles casuales, de violencia genérica y no de un tipo de odio particular a un sector de la población, las mujeres. Un odio que alecciona a través de las demostraciones de poder. Como el que Solís mostraba a toda hora por las calles de sus vecinos con el arma alzada. Un arma que poseía por ser un agente penitenciario. Un arma que nadie le sacó.

Un poder habilitado por sectores lleno de hombres que no están dispuestos a ceder sus privilegios. Hombres que temen. Hombres que ocupan altos rangos en el Estado, en medios de comunicación, en organismos culturales, privados, sociales o políticos. Hombres que odian. Que eligen pensar y pronunciar que el feminismo es lo contrario a su inmunidad, y no que es una ideología que lucha por la igualdad. El feminismo no les conviene.

Mariela más de una vez se sumó a las marchas de "Ni Una Menos". Con o sin cartel caminaba entre mujeres y pañuelos violetas en busca de justicia, de una reivindicación, de tranquilidad. Sostenía, según sus amigos íntimos, que había que hablar y denunciar la violencia de género en todas sus formas. Como tantas otras santafesinas.

Como un eco resuena, su ex "mujer". Varias veces y retumba. Como si esas palabras no fueran una construcción social desigual. Como si no significara que Solís asumió así que era suya. Que la vida que podía tener o no Mariela la decidía él.

La respuesta de la resistencia machista fue una masacre al cierre del 2016 y otra al cierre del 2017. Avalada por el Estado Nacional, con sus bajos presupuestos, y por el Estado Provincial por su indiferencia. A Mariela ni siquiera le dieron un botón de pánico. El MPA aclara que sólo hubo una denuncia. ¿Es poco?, ¿cuántas tenía que hacer Mariela?, ¿qué más tienen que hacer las santafesinas?.

Temen que las mujeres están organizadas, que luchan, que no callan y cuestionan. Pero los terrenos ganados ya no se sueltan. Y por todo esto, muchachos, van a tener que responder.