Memorias del Salado
Sábado 28 de Abril de 2018

A 15 años de la inundación: entre listas y centros de evacuados, perdidos en la misma ciudad

Los relojes se paralizaron. Las historias de miles de santafesinos se detuvieron durante minutos, días o años. Nunca fue fácil volver, ni a los hogares, ni a la vida.

Desde la vereda de calle Solís, en pleno barrio San Lorenzo, se la ve, allá en el fondo del pasillo, sentada en un patio de cemento. Corre hacia atrás la silla blanca de plástico y se levanta para saludar. Siempre cálida, atenta, junta los papeles de una pequeña mesa redonda; mientras cuenta que ahora tiene un programa en Radio Chalet. Ve las cámaras y pide gancho antes de empezar la nota para cambiarse de remera. Y vuelve para sentarse a hablar.

Pasaron 15 años y Gisela Martínez Galiano –mujer hacedora, imponente, referente de su barrio– aún se estremece al revivir el dolor que le produjo la inundación que llegó desde el Salado. Su historia quedó cruzada para siempre por ese río impetuoso, al que una obra pública sin terminar le abrió la puerta a un cauce habitado en plena crecida. Ella es una de los cientos que se acuerdan de ese intendente, Marcelo Álvarez –fallecido semanas atrás, que le dijo por radio que su barrio no se iba a inundar.

"Estaba embarazada de cinco meses. Esperaba a mi hijo Milton y ya tenía otros dos hijos... Estuve más de 50 horas sin sentir movimiento en la panza. Pensé que lo había perdido. Estaba desesperada porque no sabía dónde habían llevado a mi mamá, que andaba en silla de ruedas. Después de dos días, la localicé en la escuela Sarmiento. En el mismo momento en que escuché su voz en el teléfono, Milton volvió a patear", cuenta la actual presidenta de la vecinal San Lorenzo.

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Gisela y su hijo Milton, a 15 años de la Inundación de 2003.
Gisela y su hijo Milton, a 15 años de la Inundación de 2003.

Como todas las historias, la de Gisela tiene sus puntos suspensivos, sus idas y vueltas, sus puntos y aparte. Los recuerdos brotan y se encadenan unos a otros al contarlos en voz alta, no siempre en orden cronológico. Así ella reconstruye de a retazos el recorrido de su familia durante esas horas. Por momentos fluye acelerada, se detiene, llora, calla, sigue, sonríe, se ríe, aprieta el puño y habla de nuevo, una y otra vez.

Su 29 de abril tuvo una particularidad, ella logró salir de su casa esa madrugada –mucho antes de que llegue el agua–, pero se inundó a las pocas horas, en el primer lugar "seguro" al que la llevó el Cobem: la escuela Monseñor Zazpe. "Viene esa madrugada un vecino, que trabajaba en Casa de Gobierno, y nos dice que nos vayamos de ahí, que la cosa venía fulera. Mi mamá me explica y decidimos irnos. Yo entendía que había que llegar a avenida Freyre, porque ahí nos salvábamos seguro", relata.

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Cuando llegó el Salado, la mayoría no sabía no solo dónde ir o cómo actuar en la emergencia, sino que a ciegas cada quien alzó lo que pudo –si pudo– y salió a la calle a buscar ayuda. "Mi mamá manotea un bolso, mete champú, desodorante, dos remeras, ropa interior, tres pares de medias y se pone la casaca de la Municipalidad, mirá qué cosa. Todavía me pregunto para qué la casaca...", rememora Gisela y continúa: "Llama al Cobem, les explica que ella está en silla de ruedas, que tiene una hija embarazada y dos chicos, y le dicen que preparen lo mínimo para salir".

El chofer de la ambulancia que sacó a su familia de San Lorenzo era un vecino del barrio, Cocho. Cuando llegan a avenida Freyre y Mendoza, le preguntan adónde los llevaban. "Cuando me dice que a la escuela Zazpe, le contesto: ¡¿a una cuadra del río?! Me acuerdo patente... Llegamos a la Zazpe y Ana María Salgado nos recibe con los brazos abiertos. Voy a los sanitarios de la escuela y veo que empiezan a rebalsar. La llamo a Ana María y le muestro. Salimos a la puerta y el agua ya estaba a una cuadra. Así nos inundamos en Santa Rosa de Lima, antes de que se inunde San Lorenzo, nuestro barrio", describe la entrevistada.

Sensaciones y desencuentros
En la inundación de 2003, el agua en las calles estaba muy sucia –a diferencia de la de 2007, por lluvias, que castigó por segunda vez a los barrios. Con los pantalones arremangados a la rodilla, con calzado y medias (una de las únicas recomendaciones que repetían a quienes se metían a las zonas anegadas), todo el tiempo se sentían cosas que chocaban contra la piel. Ramas, papeles, bolsitas, residuos; imposible detectar qué había debajo. Por debajo y por encima del agua, todo se sentía de forma intensa. Con los cinco sentidos, pero con el alma también.

"Recuerdo que Ana María Salgado, la directora de la escuela, estaba recibiendo a todas las familias... A las 11.30 de esa mañana el agua rompió los vidrios. Se escuchaban los gritos de los vecinos y muchos se empezaron a subir a los techos de la escuela. Me acuerdo cómo gritaba un chancho que había llevado un vecino. La gente trataba de subir a los perros, para salvarlos", dice Gisela.

A partir de ahí, comenzaron las evacuaciones y los desencuentros de las familias. Muy pocos usaban celulares, ni hablar de redes sociales. A Romina, la mamá de Gise, la sacaron en una piragua desde la Zazpe y la llevaron a las vías del ferrocarril Mitre. Ella y los hijos se quedaron en el techo de la escuela, a esperar.

Mientras Gisela y sus hijos aguardaban ayuda, su mamá volvió desde el ferrocarril Mitre a la casa del barrio San Lorenzo, junto con su esposo y con el padre de Milton, para intentar sacar algunas pertenencias. Alrededor de las 14, empezó a salir agua de las alcantarillas y alguien gritó que había "explotado el terraplén". A Romina la sacó del barrio Hugo, un vecino que salía en un camión junto con su familia. La dejaron en Blas Parera al 8300.

En la casa de calle Solís, a los hombres los alcanzó el río mientras trataban de sacar un bolso con ropa. Salieron con el agua a la cintura. "Cuando llegan a General López, que era la calle más alta del barrio en ese momento, revienta el paredón del Mitre. Casi se los lleva un remolino", vuelve a ahogarse Gisela entre sus palabras.

"A nosotros como a las cuatro de la tarde vinieron a sacarnos. Nunca le pude dar las gracias a El Chino, que fue quien sacó a los chicos en canoa. Todavía recuerdo su cara, si lo cruzo en la calle. Nos llevaron hasta Juan de Garay y la vía. Y la canoa siguió con mis hijos, porque la idea era salvar primero a los chicos. Con otras dos mamás, nos metimos al agua y seguimos la canoa. Salimos como pudimos", recuerda.

Y cuenta con detalles una de esas tantas fotografías que capturó en la memoria: "Cuando me sacaban de la escuela, por calle Aguado, había un viejito agarrado al galvanizado de la luz, arriba del techo. «Don Ordóñez ya lo vengo a buscar», me acuerdo que le dijo El Chino»... Me quedé con esa imagen, pensando en qué iba a pasar si el agua seguía subiendo antes de que lo rescataran. A los dos días y medio, nos reencontramos con mi familia en la escuela Sarmiento, y Don Ordóñez apareció, a salvo, en la misma sala que nosotros. Justo él. Coincidencias, ponele...".

El reencuentro
En 2003, Gisela tenía dos hijos. Renzo, de cinco años, y Rocío, de tres. Luego de que la canoa los sacara del agua, ella –con su panza, los chicos, bolsas y bolsitos– llegó al club República del Oeste. El lugar estaba repleto de evacuados y ya no entraban más familias. Caminó hasta avenida Freyre y La Rioja y una persona le preguntó hacia dónde quería ir. Como su mamá trabajaba en la Municipalidad de Santa Fe, imaginó que ahí podía encontrarla y pidió que la lleven.

"Llegamos y la gente de seguridad no nos dejó entrar. Eran cerca de las seis de la tarde. Sí me dieron ahí café y agua caliente para prepararle leche a mis hijos. Yo me había llevado leche en polvo y un equipo de mate. Mirá qué insólito –se ríe y sigue. Podría haber llevado cualquier otra cosa, pero agarré el equipo de mate y la radio de mi papá. Los chicos se durmieron ahí, en la Municipalidad, con una frazada".

Desde el Palacio Municipal, angustiada porque no sentía movimientos en su panza y sin hallar a su mamá, Gisela partió junto a sus hijos hacia la Universidad Tecnológica Nacional. Ese improvisado centro de evacuados –término casi desconocido en Santa Fe hasta ese entonces– tampoco tenía más lugar. Los trasladaron a la vecinal de Guadalupe Oeste. Y brota otro recuerdo: "Me acuerdo que habían prendido una tele y muestran la cancha de Colón, toda inundada, y la cámara enfoca J. J. Paso al oeste... Ahí yo dije: «Si la cancha y J. J. Paso están así, mi casa no existe más...»".

Las palabras vuelven en el espiral al inicio de su relato, al momento del encuentro con su madre, a la imagen que más la marcó en 2003: "Revisábamos las listas de evacuados, pedíamos teléfonos fijos prestados para averiguar dónde estaba mi mamá. Hasta que me dicen que la habían llevado a la escuela Sarmiento. Llamo por teléfono y, después de dos días de búsqueda, la vuelvo a escuchar...Y con ella, a Milton en la panza".

Milton
Una vez reunida toda la familia en la escuela Sarmiento, fue necesario atender el embarazo de Gisela, como el de otras tantas mujeres que se encontraban en la misma condición y que también habían enfrentado el frío y el agua. "Ahí estaban la ginecóloga Cecilia Fábbrica y el pediatra Emiliano Mesa. La mamá de ella era vicedirectora de la Sarmiento. A todas las embarazadas nos llevaron a hacer ecografías al Cullen", señala la entrevistada.

Dos meses después, la familia volvió a su casa. Milton nació por cesárea en el Hospital Cullen. Pesó 4,650 kilos. "Era un bebote enorme. Un gringo hermoso que cumple 15 años el 17 de julio", se emociona la mamá. Y más allá de los abriles, asegura que se acuerda del Salado en cada cumpleaños de su hijo. "Lo celebro porque lo tengo conmigo, porque fueron difíciles los días en que no lo sentí. Verlo crecer, con sus logros, que sea una excelente persona, muy capaz y solidario...", lo describe Gisela y se toma un respiro para no volver a llorar.

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Milton va a cumplir 15 años el próximo 17 de julio<div><br></div>
Milton va a cumplir 15 años el próximo 17 de julio


En su casa se habla poco y nada de lo que pasó en 2003. Los chicos poco recuerdan de sus días fuera de casa. Milton menos aún, porque nació cuando lo peor ya había pasado. La familia sobrelleva a su modo lo vivido. "La inundación del Salado es el dolor de nosotros, de los grandes, de los chicos no", sentencia Gisela, mientras sonríe a su hijo menor.