Santa Fe
Sábado 28 de Octubre de 2017

Natalia

Sale de su casa en Santo Tomé, mira hacia atrás y piensa en que sería tan lindo si pudiera tirar abajo ese tapial tan alto y poner unas de esas rejitas bajas que tienen los vecinos de la cuadra. Vuelve la cabeza al frente y se sube a la moto (todavía no llegaba a juntar para el Ford K que tanto quería). Antes de "patearla" para encender el motor abre el bolsillo derecho de su campera de cuero y saca el celular. Se le enredan las extensiones de pelo en uno de los anillos. Decide enviar un mensaje en vez de llamar: "Mamucha, estoy yendo. Decile al papi que prepare un estofado rico y levantá a la Mona".

El cruce a Santa Fe esta vez es rápido. Por milagro, el puente Carretero no está tan cargado de autos. En 15 minutos llega a Villa Centenario. Un mate dulce y medio "lavado" la espera sobre la mesa. La pava se enfrió mientras llegaba y la verdad es que los mates de Mary nunca son tan buenos como los de Ariel, que ahora cocina el plato preferido de su hija del medio.


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"Natalia era así, el eje de la familia. Ella mandaba a todos y, a la vez, era la que nos unía, la que organizaba para juntarnos, la que veía qué había para cocinar o qué faltaba. Puro amor, ella quería a todo el mundo. Llegaba y se iba a los besos y abrazos con nosotros y sus hermanos, no solo con los que tenemos en común como pareja si no también con los de la familia ensamblada, que son siete más en total", cuenta María Cristina Balán, su mamá, o Mary como la conocen todos.

El vendaval que generaba ese metro setenta de energía movilizaba la casa hasta que se escondía el sol. A la tardecita, pegaba la vuelta para prepararse y salir a trabajar. "A tu edad –los 17– yo ya laburaba", retaba Natalia a Carmela, la Mona. Sin embargo, nunca dejaría que la más chica de la casa entrara en el negocio ni nada parecido, es más, hizo un escándalo –por ejemplo– cuando se enteró que la adolescente se había hecho un tatuaje.


Los primeros 15


Los Acosta llegaron a la casita junto a la Circunvalación –sobre la calle Raúl Tacca– hace 30 años, uno antes de que naciera Natalia y con Rodolfo en brazos. Ella, separada y con tres hijos de su matrimonio anterior. Él, Ariel Acosta, recientemente viudo y con otros cuatro hijos, de los cuales al menos dos vivían con él. Un inescrupuloso les había vendido un terreno en Villa del Parque y, a la vez, el mismo lote a otras dos familias. A fuerza de reclamos a la Municipalidad y en pleno surgimiento del Movimiento Los Sin Techo, consiguieron una parcela cuadrada, de cuatro metros de lado, y unas chapas para armar el rancho detrás del barrio Centenario.

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"Nosotros decimos que vivimos en la última calle de la ciudad, aunque también podría ser la primera", se ríe Mary. Tacca bordea el extremo sur de la ciudad de Santa Fe. Si se observara el plano desde el aire, se vería la curva cerrada de la Circunvalación; a un lado, el río; al otro –con unos metros de basural de por medio– la calle de tierra. Hace 30 años, el barrio llegaba unos doscientos metros atrás. Se interrumpía en la cava que quedó cuando sacaron tierra para construir la ruta. Entre esa depresión geográfica y el pavimento que circunvala el barrio, en unos pocos metros más elevados, se asentaron los ranchos.


Natalia Liliana Soledad Acosta. Así quedó registrado su nombre en el acta de nacimiento. Como toda identidad, tiene su historia y la relata la mamá: "Natalia lo elegimos porque cuando recién empezamos a salir yo le tenía que planchar el guardapolvo a los nenes. Teníamos una plancha de marca Naty y todos los días hacíamos la misma broma, con bronca yo decía: «¿Cómo anda la Naty hoy?» y todos se reían. Liliana se llamaba la primera mujer de mi marido, la que falleció. Y Soledad fue porque uno de los hermanos propuso el nombre".

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"Los chicos eran chiquitos cuando pasó una cola de tornado y nos voló el techo. Nos quedamos sin nada. Fuimos a hablar con el padre Atilio Rosso, de Los Sin Techo, y ahí construimos la primera piecita de material, donde dormían Naty y sus hermanos hasta que ella se fue de la casa. Después fuimos construyendo a pulmón las otras partes", recuerda Ariel Acosta.


Natalia fue al jardín de infantes más cercano a su casa, el de Nuestra Señora de Itatí. Cursó la primaria en la escuela N°20, la Quiroga, sobre calle Zavalía. "Justo le tocó lo del Polimodal, así que hizo hasta 9° año", explica Mary. Llegó una sencilla fiesta de 15 para la mayor de las hermanas y después, la inundación del Salado, en 2003. Ese fue un quiebre.



La inundación fue el principio de un cambio rotundo para la organización familiar. "El 29 de abril todo el barrio estaba alborotado. Parecía una guerra, todos corrían y se chocaban. Yo lo agarré a mi marido y le dije: «Se viene el agua, saquemos a las chicas». Natalia y Carmela armaron sus bolsos. Guardaron las fotos de los 15 de Naty y los documentos. Las subí al 8 y las mandé a lo de una tía. Nosotros nos quedamos levantando muebles, aunque después el agua pasó hasta por arriba de los postes de la luz", cuenta Mary.


Pasaron más de cuatro meses hasta que la familia pudo regresar a casa. Tras el retorno, Naty nunca volvió a la escuela. Salía unas horas por la noche, con la excusa de que se juntaba con amigas o con su pareja. A media mañana, se levantaba a tomar mates con su papá; ayudaba a limpiar y a ordenar; y se encerraba en horas de confidencia con su hermana menor. El oído aguzado de la madre le tiraba pistas a la cabeza para empezar a ver lo que pasaba.

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Natalia se fue a vivir con Eduardo, su pareja, a Santo Tomé, pero su rutina diaria incluía el almuerzo y los mates de la tarde en la casa de sus padres. Cada tanto, ella también los invitaba. "Siempre cocinaba lo mismo cuando íbamos para allá. Hacía un estofado seco, un «mazacote», le decía yo, porque siempre le faltaba líquido. Tenía una ollita chiquita, como un hervidor. Siempre parecía que iba a ser poquito, pero nos llenábamos todos", describe Mary la escena.


"Yo sospechaba de su trabajo, pero nunca se habló del tema en la casa. La mayor confirmación fue en una discusión con el padre, cuando ella le gritó que hacía lo que quería con su plata porque para eso trabajaba en la calle. Y después, empezaron los viajes a otras provincias con su novio", dice la madre.


"Nunca nos dimos cuenta de que ellos no traían fotos de los viajes, no se sacaban ellos, pero tampoco a ningún paisaje. Habían ido a Chaco, a San Luis, a Entre Ríos, a Córdoba; incluso nos enteramos que había estado en localidades del interior de la provincia, en Armstrong, por ejemplo", reflexiona Ariel.


El esquema de trabajo


Natalia tenía su propia parada en la esquina de 25 de Mayo y Suipacha, la de la florería que está enfrente de la sala de velatorios. Siempre eran tres: ella, su cuñada (hermana de su pareja) y la mujer de un primo de su pareja. Por regla, se cuidaban entre sí y sabían los movimientos de las demás. A más tardar a las 3 volvía cada una a su casa (a no ser que la noche se prestara para un último "pase" de buen valor).


Si bien las declaraciones de numerosos testigos refieren que ella se había iniciado en un circuito prostibulario, hacía tiempo que se había "independizado" y solo trabajaba en la calle. No le convenía compartir ganancias con nadie y, en pocos años, se había convertido en una de las más reconocidas de la zona. Las que recién comenzaban la admiraban. Las que compartieron carrera con ella envidiaban sus ingresos, porque era quien más recaudaba en la calle. Cuando faltaba a trabajar, alguna que otra se mudaba a su parada, que siempre "traía suerte".


Un par de veces fue invitada a bailar a Místico, pero siempre se negó a trabajar allí, a pesar de ser el club nocturno elegido por los más poderosos de la capital provincial. Solo estuvo allí de paso, incluso en la penúltima noche. Sus compañeras y su familia la describen como "muy bicha", inteligente para administrar su dinero y, también, para reconocer situaciones de riesgo para ella y para las demás. No era fácil de embaucar.


De cal y de arena

En la casa de los Acosta se mezclan las buenas anécdotas con otros momentos más crudos, en los que no alcanzaba ni para comer. Ni la cucharada de azúcar que endulza el mate alivia el trago de los amargos recuerdos. Mary y Ariel aprendieron a poner el pecho a fuerza de golpes. "Yo hacía trabajos de costura, vendía lo que podía. Él trabajaba como coordinador de Los Sin Techo. Íbamos al comedor comunitario con los chicos y ayudábamos a construir las casitas del padre Rosso en distintos barrios. Nunca tiramos manteca al techo", expresa la mujer.

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La situación económica familiar no cambió con los años. En el último tiempo, cuando Natalia llegaba a la casa de los padres y veía que Ariel empezaba a sacar restos de comida de la heladera para hacer unas "torrejitas" con el rejunte, le pedía a su mamá que la acompañe al súper. "Las primeras veces le creí, pero después me di cuenta que solo me hacía ir con ella para comprar comida para nosotros. Nunca le pedimos nada, pero Naty veía que faltaba algo en la casa y se encargaba", cuenta Mary. Natalia estaba siempre tan presente que para todos era como si siguiera viviendo ahí.


El último día


El 29 de mayo de 2009, a eso de las ocho y media de la mañana, la cuñada de Natalia entró sin golpear a la casa de calle Tacca. Se topó con Ariel, que tomaba mate junto a la cocina. En una actitud muy extraña, preguntó por Naty, porque supuestamente habían quedado en encontrarse. Al recibir una negativa como respuesta, se fue. Minutos más tarde, se presentaron la pareja de Natalia junto a su madre. "No volvió a casa, no llegó", escupió las palabras que paralizaron el corazón de Mary. Los últimos testigos la habían visto en la esquina de Suipacha y 25 de Mayo. En 2017 se cumplieron ocho años desde ese día.


"En ocho años de investigación, de idas y vueltas con la causa, nunca tuvimos un solo llamado o mensaje de alguien que nos dijera que vio algo. Pero si hay algo de lo que jamás dudamos es que Naty nunca se puede haber ido voluntariamente", remarca Ariel pensativo, mientras recorre con la yema de los dedos el nombre de su hija, tallado en el marco de madera de un mural de fotos viejas.


Años después de la desaparición de Natalia, falleció Cristian, uno de los hijos de Mary, de su primer matrimonio. Ella habla y su esposo pierde la mirada en la silla vacía ubicada a su derecha. Cuando la escucha, se nota en la nuez de su cuello que traga saliva y se oye que respira profundo, para pelearle a las ganas de llorar. Mary levanta la voz y dice: "¿Sabés qué pasa con esto? Cuando yo extraño a mi hijo muerto o necesito estar cerca suyo, compro una flor y voy a su tumba en el cementerio; pero mi Naty desapareció y hoy yo no tengo dónde encontrarla ni para llorarla".

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