Muchas veces pensamos que una decisión correcta es aquella que nos trae buenos resultados, por eso, cuando pasa el tiempo y el desenlace esperado no llega, comenzamos a cuestionarnos: "¿habré tomado la decisión correcta?". Lo cierto es que no es por los resultados que determinamos si una decisión que tomamos fue o no una buena decisión, sino por dos parámetros o niveles. Analicemos cada uno de ellos:

En primer lugar, para saber si una decisión que tomamos es la correcta tenemos que evaluar nuestro nivel de satisfacción. Cuando hablo de satisfacción no me refiero a ver si estamos contentos o alegres por haber tomado esa decisión, sino de analizar si lo que decidimos es lo que verdaderamente queremos, lo que nos satisface. El segundo parámetro se refiere a la aceptación de las consecuencias que implica la decisión que tomamos.

El primer nivel al que hicimos referencia es la satisfacción, saber si lo que decidimos es lo que realmente deseamos. Por ejemplo, es posible que alguien diga que quiere estudiar una carrera, pero en verdad lo que siente es curiosidad por ver si puede entrar a la universidad. Estudiar una carrera, entonces, no era su verdadero deseo, lo que iba a causarle satisfacción. Esta es la razón por la que es importante que nos preguntemos: "¿Es esto lo que realmente quiero?".

Es fundamental que evaluemos si esa decisión que estamos por tomar nos trae satisfacción. Tal vez pienses que tu satisfacción pasa por ser independiente, por lograr cierto cuerpo, por casarte, por cambiar de carrera, pero detenete a pensar si es eso lo que realmente anhelás. Es imprescindible que sepas si esa decisión te trae satisfacción, porque una decisión satisfactoria siempre es aquella que te permite asumir el costo, las consecuencias de haberla tomado.

Si decís: "Bueno, tomo la decisión y después veo...", si no asumís las consecuencias, muy probablemente tu decisión sea incorrecta. Tenemos que aprender, como personas maduras, que somos responsables, y por lo tanto, debemos hacernos cargo de las decisiones que tomamos, de lo contrario, cuando las cosas nos vayan mal, siempre le vamos a echar la culpa a alguien, cuando la decisión la tomamos solos.

Para tomar decisiones que nos traigan satisfacción debemos aprender a negociar con nosotros mismos, de lo contrario, siempre vamos a ser personas impulsivas que actúan en forma irreflexiva, tal como lo hacen los niños y los adolescentes. Pero nosotros somos personas maduras. No podemos decir "quiero a este hombre" y lo tomamos, "quiero dejar de trabajar" y renunciamos a nuestros empleos. Muchos piensan: "Bueno, yo lo hago, ¡la vida es una sola! Después veremos cómo sigo, pero por ahora, ¿quién me quita lo bailado?". ¡Salgamos de esas actitudes infantiles! Necesitamos unir la satisfacción a la negociación interna, es decir, preguntarnos si estamos dispuestos a pagar el costo. Si así lo hacemos, entonces sí estaremos tomando una decisión correcta.

Supongamos que querés hacerte una operación estética. Pensás, por ejemplo: "me gustaría levantarme la punta de la nariz" o "quiero hacerme un lifting que me saque las arrugas". Lo meditaste bien y estás seguro de que esa operación te dará satisfacción. Ahora es tiempo de que evalúes los costos: el valor de la operación, el riesgo quirúrgico, el posoperatorio, el tiempo de licencia en tu trabajo, las críticas de la gente, etcétera. Tenés que ver si querés pagar ese costo aunque sea muy alto, porque si la satisfacción que obtendrás a partir de tu decisión es más alta que el costo, entonces el costo será poco y lo pagarás con gusto.

Una mujer me contaba: "Alejandra, a mí me gustaría estudiar en la universidad, pero mis hijos son muy chiquitos". Ella veía la satisfacción de tener una carrera, de alcanzar un título, pero al compararla con la satisfacción de ver a sus hijos crecer, la carrera no era lo más importante. Esta mujer evaluó el costo de estudiar y decidió dejar el título para más adelante.

Siempre tenemos que evaluar el costo, ver si estamos dispuestos a pagarlo o no.

En conclusión, lo más importante para tomar una decisión correcta es que podamos negociar con nosotros mismos, y que la decisión la tomemos porque aceptamos pagar el costo. Si aprendemos a negociar internamente no vamos a volver atrás con ninguna decisión. Por otro lado, es importante que recordemos que en el futuro podremos cambiar esa decisión y negociar nuevamente con nosotros mismos para tomar una nueva.