Para empezar hay que detallar qué es el perdón. Se trata siempre de un proceso que, de ninguna manera, justifica un daño (en algunos casos, grave) que alguien nos haya hecho. Sin embargo, nos ayuda a comprender por qué pasó lo que pasó y, sobre todo, el hecho de que tenemos el derecho de sanar nuestra herida y la habilidad de avanzar a pesar de esta.

Mucha gente reacciona primero, ante una ofensa seria, con ira, rencor y deseos de venganza. Pero cuando cultivamos la espiritualidad, podemos sentarnos a reflexionar con un plus: hacerlo a nuestro favor. Contestarse ciertas cuestiones, como si la venganza nos dará paz y nos permitirá construir hacia adelante, nos brinda la esperanza de un mañana mejor.

A través del perdón, podemos lograr dos cosas: abrir nuestra mente y calmar el cuerpo (y seguir con nuestra vida a pesar de lo sucedido); y deshacer el conflicto (para no quedar anclados en el sufrimiento). Entonces la resiliencia no es solamente hacerle frente a la adversidad sino, sobre todo, aprender las lecciones y evolucionar. Es en realidad una actitud de facetas variadas que nos conduce a conocer nuestra fuerza interna y las herramientas con las que contamos y, muchas veces, ignoramos. Es un fenómeno único que incluye el aspecto emocional, cultural y educativo y nos permite adaptarnos eficazmente a circunstancias desfavorables.

La fe es aquello que nos lleva a buscar algo más elevado y un propósito por qué vivir, todo lo cual colabora para transformarnos en humanos resilientes. La fe también está profundamente relacionada con el bienestar de un individuo o de varios. Según los expertos, ser espiritual influye en nuestra salud, ya que esta nos habilita para cambiar una perspectiva negativa frente a un hecho doloroso y, sobre todo, para dejarlo en el pasado y avanzar.

Todos somos seres espirituales pero cada persona sobre la faz de la Tierra ve y practica su fe de una manera especial y única. Y si bien la vida espiritual varía en cada persona, esta nos conduce a todos por igual a la resiliencia en momentos de nuestra vida en los que, por diferentes motivos, podemos desear no seguir adelante.

La fe entonces tiene el poder de activar en nosotros la resiliencia: la capacidad de superar situaciones estresante y de gran presión que nos debilitan. Sin esta, ciertamente algunos no sobrevivirían a semejantes circunstancias. La resiliencia es fundamental para lograr reinsertarnos en la sociedad, después de un trauma como un abuso, un accidente, un duelo o una guerra, con la esperanza de un futuro promisorio.

Como ejemplo de esto, podemos mencionar a dos personas que pasaron a la historia como resilientes: Víctor Frankl y Ana Frank. Ambos fueron víctimas del horror que un ser humano puede infligir sobre otros. Ambos le encontraron un sentido a su vida, a pesar de atravesar dificultades tan grandes, desarrollando la resiliencia: la fuerza interna e ignorada por muchos que nos transforma por completo.

Tal vez estés pensando que a ciertas situaciones traumáticas, no es posible hallarles un sentido. Pero esta fuerza que todos llevamos adentro nos permite, por lo menos, entender y dejar de preguntarnos "por qué" (y mantenernos en amargura), para empezar a preguntarnos "para qué" (y soltar la ofensa y al ofensor). En esto desempeña un papel crucial el perdón, que nos hace ver lo sucedido de forma realista y tener esperanza de algo mejor en el futuro. También nos permite ayudar a otras personas en la misma situación. Nada mejor que la ayuda al prójimo para sobreponernos a lo negativo.

Para concluir, diremos que la resiliencia puede abarcar toda la vida y es un proceso de interacción entre la persona y su ambiente que, no solamente le permite superar la adversidad, sino además convertirse en su mejor versión.