Opinión

Madre, ¿hay una sola?

La reflexión de la licenciada en Psicología Laila Tomas para UNO Santa Fe en el Día de la Madre. 

Domingo 21 de Octubre de 2018

Mamás, abuelas, bisabuelas, festejos que vienen con varios títulos este día de la madre donde no solo se celebra el maternar sino también el abuelar. El contener. El compañar. El amar.

Fechas como estas implican invariablemente un balance en el que uno puede desplegar la mirada hacia lo hecho y hacia lo que faltó por hacer. Mirar también lo que nos gustaría ser, y aquello en lo que de ninguna manera nos gustaría caer. Cuestiones para repetir y perpetuar desde el afecto, aspectos que generan un deseo de no caer en ello, casi como una identificación negativa donde quisiéramos no posicionarnos.

Que difícil entonces, este rol tan importante como el de ser mamá, mamá y abuela, y otras varias combinaciones mas.

Cuando escucho en el consultorio los principales enojos de aquellas madres incipientes -y me escucho-, encuentro hijas ofuscadas ante las observaciones recurrentes de sus propias mamás, ahora devenidas en abuelas.

Comentan que éstas llegan de visita y durante la estadía no pueden dejan de realizar observaciones en las que -seguramente con la mejor intención-no hacen mas que adoctrinar y hacer notar "la falta", o "la falla" que estas hijas deben corregir para mejorar.

  • Que lo estas mal acostumbrando con tanta upa.
  • No le des teta cada vez que llore, que se acostumbre.
  • Tiene muchos juguetes.
  • No lo retes por eso, no es para tanto.
  • Trabajas mucho, bajá un cambio.
  • Tu nene te tomo el tiempo.
  • Esta casa esta muy desordenada.
  • La ropa no se cuelga así.
  • ¡Pobrecito! no ves que lo retas demasiado, vení con la abuela!
  • Esa nena está siempre afuera de tu casa. 
  • Yo a tu edad...

Y ahi, en un segundo y a raíz de un comentario desafortunado se encuentran esas mujeres enfrentadas por críticas que no las dejan ponerse en la misma vereda.

Ahí se encuentran esos dos vínculos tan importantes enfrentados por la "única manera en las que las cosas deben hacerse".

Ahí se excluye el reconocimiento de que existen múltiples recetas para hacer las cosas y se gestan emociones que no construyen, ni acercan.

Ahí se expone una adulta que pareciera que se olvidó que también fue madre de hijos pequeños, que le tocó arrancar un hogar con miles de aciertos y muchos errores, y se opone una hija que se siente atacada, vulnerada en sus mejores intenciones, donde al cansancio físico de los primeros meses y años de maternidad se le suman las observaciones del entorno que, a veces sensibilizada por las múltiples obligaciones y responsabilidades, las percibe amenazantes, juiciosas, dañinas.

En mi opinión, son varias las aristas que hacen que muchas mamás y abuelas no terminen de entenderse, de disfrutarse ni de acompañarse en un rol común hoy.

Empezando por las diferencias históricas y culturales que fueron gestionándose en las últimas décadas (desde el empoderamiento de la mujer y la salida de ella al mercado laboral, la co-responsabilidad paterna que -como debe ser- fueron adquiriendo los padres de familia, el aumento de la duración de las jornadas escolares y la multiplicidad de ofertas recreativas, la optimización de recursos y tiempos en los que a limpieza y seguridad de refiere); como también el paso por diversas recomendaciones médicas que las generaciones fueron transitando, donde profesionales de la salud recomendaban procederes según las escuelas y teorías a las que respondían, y es así que por ejemplo, donde antes los bebés dormían boca abajo para evitar la muerte súbita, ahora lo sugieren hacerlo boca arriba e infinidades de modificaciones más.

Estas cuestiones, no hacen otra cosa que mostrar diferentes maneras de maternar. Ni mejores ni peores.

Ni siquiera habría que compararlas, mucho menos juzgarlas.

Si pudiéramos entender esto, nos pararíamos en un lugar más saludable y seguramente como abuelas analizaríamos si es necesario o estratégico expresar o no una observación, o evaluaríamos en cada situación en particular si no es más asertivo acompañar desde la colaboración y el despojo de mandatos. Como hijas, ubicándonos también en ese lugar mas sano, podremos ejercer la tolerancia al comentario, entender la historia de quien habla, expresar de buena manera si lo dicho por el otro no es del propio agrado, o si la crítica no es bienvenida. Podríamos permitirnos pedir consejos valorando la sabiduría del que ya lo pasó.

Hoy, que también es mi día me permito hacer mi propio balance, donde me siento a reveer mi rol de mamá, y de hija.

Y entiendo así que aún tengo tanto que aprender, tanta tolerancia y paciencia por aplicar. Tanta calidad y cantidad de tiempo por optimizar. Y tanto, tanto, tanto que agradecer.

Mi mamá fue la primera en ayudarme y mostrarme como ser mamá. Bañó por primera vez a mi hija enseñándome como sostener con seguridad esa pulga mojada que lloraba apurada por volver a unos brazos secos. La calmó en sus pocos y primeros cólicos, cuando yo no supe hacerlo.

Planchó nuestra ropa y limpió mi casa mientras yo dormía, permitiendo reponerme de noches ajetreadas post-primeras horas/días de maternidad.
Aún hoy me habilita para desarrollarme profesionalmente, como mujer y como persona al cuidar a su nieta cuando yo lo necesito. Y debo decir que no es tarea fácil ante semejante terremoto de cinco años.

Y si bien no nos ponemos ni pondremos de acuerdo en un millón de cosas, debo reconocer que hay algo especial de ella que me gustaría tener y desplegar con los míos, y es su infinita generosidad.

Seguramente, todas las hijas podremos resaltar una virtud de esa madre adulta que tenemos hoy, y podremos agradecerle por eso.

En todo lo bueno hay algo malo, y en todo lo malo hay algo bueno. No hay maternidades ni abuelazgos perfectos, no hay recetas únicas para criar.

Si hay mil maneras de vivir ¿como no habría mil maneras de Ser Mamá?

A todas las madres en su día, ¡que sean felices!

Por Laila Tomas, Licenciada en Psicología, Mat. Prof. 1175
Asesoría en adultez, mediana edad y vejez
lailatomas@hotmail.com

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